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Yoga interior, yoga exterior



Por Joaquín García Weil

Yoga interior, yoga exterior

¿Existe un Yoga físico y otro espiritual?

Hace algunos días se produjo un momento humorístico en el recibidor de la sala donde enseño Yoga. Entro una persona que dijo estar buscando un Yoga que no fuera físico. No habían pasado ni dos minutos cuando entró otra persona que también indagó sobre el tipo de Yoga que enseñamos, pues procuraba un Yoga que sólo fuera físico.

El caso es que me pareció entender lo que cada una de estas personas quería. Una, buscaba una práctica que no fuera un mero ejercitarse mecánico y repetitivo como el de los gimnasios, por muy saludable que pueda ser. La segunda, quería un método que tuviera los pies en la tierra, que no fuera una divagación metafísica con tintes exóticos.

Y ahora yo tenía que responderle a ambas al mismo tiempo. Si el Yoga fuera una mera gimnasia no me interesaría. Es revelador que los griegos alejandrinos llamaran "gimnosofistas" a los yoguis. La sonoridad del término me hace gracia, porque sugiere algo así como unos sabios (sofistas) que hacen gimnasia. Como es conocido, era tradición de los antiguos griegos ir a los gimnasios a ejercitarse y filosofar. En realidad, el término “gimnasia” significaba en griego “desnudez”, de donde pasó a designarse de tal modo a los ejercicios que en la Grecia de aquella época se practicaban sin ropa. Desde entonces el ejercicio y la sabiduría quedaron hermanados en occidente, comprendidos dentro de un mismo ámbito educativo. Todavía en Alemania a los institutos de bachillerato se les llama “Gimnasium”.

Me gusta definir el Yoga como una “gimnasia”, pero como una “gimnasia de la mente”. Igual que los ajedrecistas utilizan las piezas y el tablero para ejercitar la mente, durante la práctica del Yoga se ejercita la mente a través del movimiento y posiciones del cuerpo. Aunque esta explicación tal vez no sea del todo exacta, sin embargo me parece que es bastante ilustrativa. La diferencia que establecían las dos personas que vinieron a preguntarme acerca del tipo de Yoga que enseño, que si físico o de otro tipo que supuestamente sería espiritual o mental, está bastante extendida no sólo en Occidente, sino en la India mismo, a mi parecer debido a la influencia occidental. He leído no pocos libros antiguos y contemporáneos sobre Yoga y tal distinción no aparece hasta tiempos recientes. Aun así todavía prevalece la ausencia de conflicto. Por poner un ejemplo, en “Death must die” de Atmananda, donde recoge su aprendizaje de la prestigiosa líder espiritual india Anandamayee Ma, nos encontramos lo siguiente:

“Mataji me mandó aprender asanas de Pushpa y hacerlas todas las mañanas antes de la meditación. Pushpa me enseñó Surya Namaskar y otras asanas…”.

En los relatos de otros yoguis célebres, y celebrados como “maestros espirituales” la práctica de las asanas aparece sobre todo en relación con la meditación, principalmente como preparación a ésta. La devoción, los cantos y la meditación, es decir, lo que se suele llamar el “Yoga espiritual” en ningún momento figura como algo contrario o enfrentado al llamado “Yoga físico”, o sea, la práctica de las asanas y los pranayamas. Más bien ambas prácticas aparecen cuanto menos como complementarias. Es lo que puede aprenderse en los escritos de Yogananda, Shivananda y Muktananda, por citar sólo a tres de los más prestigiosos líderes espirituales de la India contemporánea.



Yoga interior, Yoga exterior

Pero lo que es más interesante no es la supuesta distinción entre las prácticas físicas y las así llamadas “espirituales”, sino las diferentes maneras en que se pueden practicar las asanas y los pranayamas. A este respecto, sí que podemos distinguir entre dos tipos de Yoga: el interior y el exterior, o si se prefiere, el espontáneo y el aprendido. Éste es un asunto que está relacionado con el nacimiento del Yoga. Por lógica, tuvo que haber alguien o algunos que practicaron el Yoga por vez primera de un modo espontáneo para que luego pudieran enseñárselo a otros. Una persona aplica su concentración a mover su cuerpo de todas las maneras posibles según su intuición le dicta. Resultado: las yogasanas o ejercicios yóguicos.

El célebre profesor de Yoga B.K.S. Iyengar dice en sus libros que para él la práctica del Yoga es como una oración. La oración, el canto, la lírica se expresa en palabras, el Yoga en movimientos o figuras que el cuerpo adopta como una manifestación de una profunda concentración. Hay pasajes de Swami Muktananda en “Play of Consciousness”, que ilustran este Yoga Interior:

“Algunos movimientos tuvieron lugar en mi cuerpo; diferentes clases de posiciones yóguicas, que nunca había hecho antes, ocurrieron con mucha facilidad”.

(...)

“La amada Shri Kundalini (deificación de la energía corporal), que es el alma verdadera de mi Gurudev (maestro), adoptó muchas formas para expandirse a través de mi cuerpo y para ocasionar estas kriyas (purificaciones). Algunas veces ella me sentó en la posición del loto y puso mi cabeza en el suelo frente a mí, manteniéndome por largos periodos en el yoga mudra (nombre de esta posición). Todos esos movimientos sucedieron espontáneamente; yo estaba aprendiendo Yoga a través de mi inspiración interior”.

También se ilustra este Yoga interior en la biografía de Shree Anandamayee Ma, en su juventud, durante el periodo de su sadhana leela o prácticas espirituales, tal como lo recoge Bithika Mukerji en “The Life of Sree Atmanandayee”, excúsese lo hiperbólico del estilo hagiográfico indio:

“Durante esa época sus días no estaban divididos en mañanas, tardes y noches, había sólo un periodo de dicha indescriptible. Algunas veces, cuando estaba realizando intrincadas asanas de Yoga, sus largas crenchas negras se enredaban con sus extremidades y el pelo se le arrancaba de raíz pero ella no acusaba dolor físico”.

La intuición en los orígenes del Yoga

Además de que el Yoga, plausiblemente, fuera creado de este modo intuitivo hace miles de años en las riberas del Indo, tal vez haya sido recreado de igual manera antes o después innumerables veces. Puede pensarse que esta recreación constante del Yoga sólo es posible en el entorno cultural indio o pre-indio, donde la presencia de modelos más o menos cercanos se convierte en una enseñanza constante. Sin embargo, la lógica natural y algunas noticias nos empujan a pensar que tal reinvención del Yoga es posible en otros entornos culturales, en diversas épocas y lugares, aunque siempre a cabo de personalidades excepcionales. Como muestra, voy a citar el caso del creador o recreador de una de las diversas religiones sincréticas del Brasil contemporáneo José Gabriel da Costa, tal como se recoge en el libro “Estrela da Minha Vida de Edson Lodi”, según testimonio de su hermano Antonio hablando de su infancia:



“José Gabriel tenía mucha habilidad y destreza, un equilibrista nato. Se movía con los pies en alto y la cabeza hacia abajo (...). Parecía que José no tenía huesos. Hacía lo que quería con las piernas, los brazos y la cabeza”.

El hecho de que podamos distinguir entre un “Yoga interior espontáneo” y un “Yoga exterior o aprendido” no quiere decir que ambos tipos de Yoga sean contrarios o contradictorios, como ya hemos apuntado. El Yoga espontáneo, intuitivo o inspirado es el origen del Yoga aprendido. Los visionarios o rishis, cuyos nombres conocemos por la designación de algunas asanas o por leyendas (Matsyandra, Vashishtha, Marichi, etc.) traen mediante su destacada comprensión un modo de autoconocimiento que sus seguidores o discípulos puedan aprender. Lo más interesante del Yoga aprendido es que sobrepase la mera doctrina, las formalidades y, a su vez, se convierta en un Yoga intuitivo, en una comunión con su propio centro, que es a la vez personal y universal. O sea, se trata de una sabiduría que puede ser descubierta y experimentada dentro de sí y, a la vez, compartida con otras personas, pues cada cual puede tener la misma experiencia y conocimiento. Lo descubierto se expresa y lo expresado se aprende. De este modo, Yoga interior y Yoga exterior son en realidad dos momentos o dos caras en la evolución de algo único. A este respecto en el diario de Atmananda aparece un fenómeno revelador: Ananda Mayee Ma (y su marido Bolanath) cuando entran en Samadhi (iluminación o comunión interior con el universo) adopta de manera espontánea una posición sedente completamente erguida y firme. Lo que es más, adoptar esta posición es para sus seguidores presentes signo de samadhi, del mismo modo que deshacer esta posición es señal de salida del samadhi. Lo cual concuerda con el dicho zen: la postura de zazen (sentarse erguido sobre un cojín con las piernas cruzadas, las rodillas en el suelo y la nuca extendida) es satori (iluminación). Es fácil observar que los meditadores experimentados adoptan durante la meditación una postura firme, quieta y erguida, algo así como enérgicamente relajada o relajadamente enérgica.

Inteligencia del cuerpo

Hoy en día, en el Yoga se les suele llamar a todas las posiciones corporales “asanas”, preservándose la palabra “mudra” para los gestos que se hacen con las manos. En los textos antiguos, la palabra “asana” designaba principalmente las posiciones sedentes (la palabra “asana”, por el parentesco indoeuropeo está relacionada con nuestro término “asiento”). Y “mudra” designaba otras posturas corporales. “Mudra” en sánscrito significa literalmente “lo que da la felicidad”. De tal modo, determinadas posiciones corporales son gestos que simbolizan las cualidades o elementos naturales que representan y cuyo nombre reciben: “montaña”, “árbol”, “león”, “héroe”, etc.

Como los gestos son un lenguaje, un medio de comunicación entre dos partes, nos toca ahora averiguar cuáles son estas dos partes que se comunican a través de las posiciones o ejercicios yóguicos. Igualmente en nuestro lenguaje hablamos de posición o postura refiriéndonos no al cuerpo sino a la persona toda como sinónimo de actitud o punto de vista, lo cual nos indica que la postura o posición física de una persona expresa o semeja su posición mental. A diferencia de la danza donde las posiciones y el movimiento del cuerpo son un vehículo artístico o festivo para que una persona comunique arte o música hacia fuera, el Yoga (que en la cultura india está emparentado con la danza) no se concibe como exhibición sino que es como una danza sin público, una danza para que la persona se comunique consigo misma. Aunque el Yoga puede practicarse en grupo, que es lo que hoy en día acostumbra a hacerse con la guía de un profesor, sin embargo ha sido y es un trabajo personal, no tanto individual o individualista, sino más bien de unión (que es lo que significa Yoga, “Unión”) con el universo.

Dentro de este trabajo personal sigue habiendo una comunicación y, por tanto, hacen falta todavía dos partes que se comuniquen. Estas dos partes son en principio mente y cuerpo. Durante la práctica del Yoga el cuerpo se “anima” adquiere “ánima” o alma, deja de ser algo inerte. Supera su “tamas” (inercia) mediante la acción (“rajas”) y alcanza una vivacidad serena (“satvas”). De la misma forma, aunque la posición exterior del cuerpo esté en quietud en lo interior, la mente se mueve con agilidad realizando una auténtica “peregrinación” dentro de sí.

Es interesante observar que, fuera de la práctica del Yoga (que es la realización de posiciones y movimientos corporales conscientes) en la vida laboral, social o familiar, siempre, aunque sea de modo inconsciente (o precisamente de modo inconsciente), estamos adoptando alguna posición corporal. Nuestro cuerpo es el inconsciente. Esta afirmación parece rotunda y arriesgada, pero no es fruto de un razonamiento sino fruto de una experiencia subjetiva, pero compartida, es algo que los yoguis y los meditadores experimentados conocen. Nuestro cuerpo es el almacén de memoria (sobre todo memoria emotiva), es el lugar donde se materializan, donde se concretan y “solidifican”, el espacio donde se realizan las vivencias y los sentimientos relativos a esas vivencias. Entonces la realización de posiciones y movimientos conscientes, el recorrido mental por el cuerpo se convierte en una exploración del inconsciente. Y lo que es todavía más interesante, a diferencia de otras introspecciones psicológicas o indagaciones psicoanalíticas que procuran traer lo subconsciente a la consciencia, la práctica del Yoga (y también de la meditación) es una exploración del inconsciente.

Desde una perspectiva intelectualista parece que formular verbalmente lo inconsciente es siempre una actividad superior. Pero, dando una vuelta de tuerca más en la relación del consciente con el inconsciente, quien decide psicoanalizarse lo hace movido por la desazón y espera como resultado un alivio. Ambas sensaciones son corporales más o menos sutiles que, en la mayoría de los casos, por mucho que se manifiesten, permanecerán inconscientes, pues su naturaleza no es verbal, y es hasta difícilmente verbalizable, es física. La práctica del Yoga y la meditación enfocan y sondean directamente este aspecto sensorial y corporal del inconsciente.

El resultado de la exploración corporal del inconsciente que realizan el Yoga y la meditación es una liberación de la mente. El cuerpo se descubre, y descubriéndose se relaja. La mente abandona sus condicionamientos (corporales), se abre con frescura a nuevas situaciones, se siente libre para adoptar nuevos puntos de vista y recorrer sentimientos más sutiles. El neurofisiólogo Antonio Dama-sio, en libros como “El error de Descartes”, ha señalado el carácter imprescindible que las emociones y sentimientos, el cuerpo, en resumidas cuentas, tienen para el pensamiento. Hay, por así decirlo, una inteligencia corporal. Deshacer nudos o tensiones físicas, a través de la exploración yóguica, libera la mente de viejos hábitos. Abre puertas a los callejones sin salida que nos podamos hacer con nuestros acostumbrados juicios y razonamientos. Y no me refiero a razonamientos teóricos o especulativos. Me refiero a pensamientos relativos a nuestra vida práctica en los ámbitos de trabajo, relaciones sociales y familia. También sucede lo mismo en los grandes objetivos vitales.



El cuerpo en Oriente y el cuerpo en Occidente

Conviene recordar aquí antiguas opiniones de Occidente donde, desde Platón, se concebía que el cuerpo era una especie de cárcel para el alma, cuya única liberación posible consistía en la salida de este cuerpo (y, en consecuencia, de este mundo). En las tradiciones filosóficas orientales la liberación no sólo es posible en este cuerpo y en la tierra, sino sólo en la tierra y en este cuerpo es posible la liberación. Cualquier hipotético paraíso de las almas o “Topus Uranos” (mundo de los “devas” que se diría en la filosofía oriental), no deja de ser una jaula de oro. Dentro del pensamiento budista y yóguico la tierra y el cuerpo humano no son un accidente o una maldición, sino que son un instrumento precioso de conocimiento “espiritual”.

En las tradiciones filosóficas de Oriente ocurre que tanto el concepto de mente como el de cuerpo tienen un sentido distinto a los habituales de Occidente. Para empezar, la persona o la esencia de la persona no se identifica con la mente, sino que ésta tiene un rango no tan elevado. En la teoría de los “Pancha-Kosas” o cinco capas, se entiende que la persona está constituida por una sucesión de envoltorios, a la manera de capas de cebolla. El cuerpo (físico), así como la mente (emocional) y el intelecto son tres de estos estratos. Los otros dos son la energía y la dicha espiritual. Por otra parte, también se habla de diferentes “cuerpos”: el “burdo”, el “sutil” y el “causal”, donde, aproximadamente, el primero sería el cuerpo físico, el segundo el conglomerado emoción/intelecto y el tercero lo que podríamos traducir como “espíritu”, llamado “causal” porque es la causa de los otros dos.

Como la relación entre mente y cuerpo no deja de ser problemática, en los principios de la filosofía occidental también se estableció una división en el alma o espíritu, respecto a las funciones que desempeñaba o a las partes del cuerpo con que se relacionaba, tal como sucede en Aristóteles y Platón. El motivo original de esta partición era lo que podemos llamar el “diálogo de la mente” (más concretamente el diálogo socrático o platónico de la mente). ¿A quién le habla una persona cuando se habla a sí misma? Por lógica, cuando una persona habla consigo misma lo que en realidad ocurre es que al menos dos partes suyas se comunican entre sí. Lo que se dice del lenguaje verbal también puede decirse del lenguaje simbólico.

La enfermedad como símbolo

Hoy en día las teorías como las de Dethlefsen y Dahlke respecto a la “Enfermedad como símbolo” tienen una creciente aceptación. Según estas teorías, las enfermedades son símbolos sobre carencias, disfunciones anímicas, sociales o familiares que antes que curar hay que comprender o interpretar (para que finalmente así se curen).

Esta simbología de las enfermedades suele coincidir con las metáforas del lenguaje popular, por ejemplo: el corazón roto (es decir, los problemas del corazón) simboliza algún problema relativo al sentimiento. Los ejemplos pueden ser muchos: dolencias de vesícula biliar para asuntos relativos a la ira, trastornos de estómago por dificultades para “digerir” algún problema, etc.

La pregunta es: ¿quién o qué se está comunicando a través de esos símbolos que supuestamente serían las enfermedades? La importancia de esta comunicación debe ser mucha pues el precio (la enfermedad, la disfunción incluso la muerte) es muy alto.

Otra posibilidad consistiría en que las enfermedades más que símbolos fueran manifestaciones, del mismo modo que las huellas de un oso en un bosque no son símbolo del oso (por más que luego podamos usarlas como tales), sino que simplemente manifiestan que un oso anduvo por allí. La simbología o la significación las pone quien trata de descifrarlas.

Estas teorías de “la enfermedad como símbolo” y también otras como las del doctor Edward Bach (relativas a las causas emocionales o caracteriológicas de las enfermedades), que en principio parecen fuera de los límites de la ciencia, en realidad lo que hacen es secundar de un modo más estricto uno de los principios de la ciencia: la causalidad, en contra de la casualidad. Es decir, procuran encontrar una causa (en este caso psicológica), en vez de mencionar a la suerte o el azar, o sea, desentenderse de la causa y centrarse sólo en el hecho.

Por poner un ejemplo: ¿Por qué a una persona le duele la espalda en tal o cual sitio, por qué no en otro lugar? ¿Por qué una persona padece de dolores llamados psico-somáticos en una determinada zona? ¿Por qué luego surge en ese lugar un daño físico? Todo tiene una causa, por más que no nos interese conocerla o creamos imposible o acientífico conocerla. La psicología así como la propia psique humana tiene un pie en lo físico y otro en lo misterioso.

Sea como fuere, lo que parece claro es que existe en cada persona la necesidad de reunificarse, de comunicar las distintas partes o estratos que la componen, se llamen cuerpo, alma, o los diferentes lugares dentro de éstos. Considero evidente que la incomunicación o el desconocimiento dentro de la persona conduce a algún tipo de trastorno. Precisamente las terapias van encaminadas a la revelación o el descubrimiento. Las dolencias lo que hacen es manifestar el cuerpo de una manera brusca.

La importancia de la intuición en la práctica del Yoga

En resumidas cuentas, en la práctica del Yoga es posible la comunicación simbólica a través de las figuras (asanas y mudras) que adopta el cuerpo. Esta comunicación conecta los distintos estratos o las distintas partes que cuerpo, mente o espíritu, en suma que la persona pueda tener. Esta comunicación puede establecerse a través de un aprendizaje de posiciones y secuencias siempre que se encaminen a un ulterior ejercicio intuitivo de los mismos. La intuición es imprescindible porque se trata de estructuras y conexiones psico-físicas, anatómicas y fisiológicas que la mente consciente y racional ni conoce ni, aún conociéndolas, alcanzaría a controlar o manejar. También se trata de fenómenos psicológicos, en muchos casos inconscientes que sólo de manera espontánea y no preconcebida es posible manifestar. Han de liberarse de lo preconcebido para ser reveladores.

Así expresa la importancia de la intuición en la práctica de las yogasanas Sree Anandamayee Ma, tal como lo recoge Atmananda en Death Must Die.

“Para la puja (ritual hinduista) se usan particulares asanas, mudras y mantras de acuerdo al aspecto particular de la manifestación divina a la que uno ora. Uno ha de comprometerse con la puja de modo que la puja real pueda surgir. Igual que uno adopta sanyasa (ordenación, renuncia) para que la verdadera sanyasa pueda surgir. ¿Cuál es la puja real? Entregarse uno mismo al objeto de oración. Entonces las asanas y mudras apropiados surgen espontáneamente. El propósito de la puja es el darshan (manifestación) de Aquél a quien uno adora. Cuando la propia dedicación llega a ser completa, entonces Él se revela a Sí Mismo. Encontrarle a Él significa encontrarse a Sí Mismo y encontrarse a Sí Mismo significa encontrarle a Él. Se dice que el orador ha de aunarse con el objeto de oración para poder realizar la puja verdadera. (...) Cuando una asana surge espontáneamente como expresión natural del estado interior, será perfecta, esto es decir la posición de las piernas, manos, brazos, cabeza, mirada, todo será exactamente como debe ser. Realizar una asana por esfuerzo nunca puede tener la misma perfección. Las asanas están conectadas con el ritmo de la propia respiración y la respiración con el propio estado de la mente en cada momento determinado. Cuando las asanas se hacen como práctica yóguica, o sea, con el propósito de alcanzar la revelación de la unión con lo Único que existe eternamente, entonces conducirán al resultado que se desea. Si uno lo hace como ejercicio físico, proporcionarán salud y buena forma, pero eso es todo, no la verdadera unión (yoga). Incluso cuando uno ha alcanzado la perfección en una asana particular y su esencia ha sido plenamente revelada, uno debiera sentir: lo he alcanzado plenamente, pero ¿y qué? No es la meta última. Esta es la actitud de ‘vaigragya’ (discriminación inspirada). Uno sigue esforzándose para alcanzar el siguiente estado y sigue de este modo más y más lejos. Uno debiera mantener esta actitud hasta que nada permanezca por alcanzar, entonces sólo lo Último será alcanzado. De otro modo uno es apto para permanecer por un tiempo prolongado antes que seguir rápidamente hacia la menta final. (...) Cuando este cuerpo (ella misma, Ananda-mayee Ma) realizaba asanas, éstas surgían espontáneamente, las piernas asumían la posición correcta espontáneamente, accionadas por una energía interna que no era otra sino Atama Shakti (la energía divina). En una ocasión moví voluntariosamente una pierna, a consecuencia de lo cual me la lastimé”.

A este respecto el cuerpo es más sabio que la mente consciente. Si tuviéramos que controlar de un modo racional y consciente todos los procesos fisiológicos, desde la digestión y la secreción hormonal hasta el hipido o el estornudo, nuestra mente sería desbordada por la dificultad y la multitud de las tareas. Igual cabe decir de la coordinación muscular necesaria para actos físicos habituales como caminar. Algo semejante puede decirse del movimiento físico que se ejerce en la práctica del Yoga. La doctora Sulochana D. Telang ha estudiado en Understanding Yoga Through Body Knowledge la interrelación que existe entre el movimiento físico de las asanas con el efecto que tienen en nuestra fisiología. Dice que el movimiento y la posición de músculos y esqueleto tiene un primer efecto reflexológico sobre las vísceras. Ejercen también una acción mecánica de estiramiento, compresión, expansión., etc., directamente sobre las vísceras que supone, por así decirlo, un “masaje interior” de las mismas. Y, por fin, el cambio de posición respecto a la fuerza de la gravedad en diferentes posiciones, mueven también los fluidos dentro de estos órganos.



Respecto a la primera acción reflexológica, las asanas y ejercicios yógicos estimulan los puntos de energía de todo el cuerpo, principalmente situados en las articulaciones que son estirados, contraídos y, en fin, movidos en todos los sentidos posibles. Igual cabe decir de las líneas de energía. Estos puntos y líneas de energía (en sánscrito “marmas” y “nadis” respectivamente) coinciden aproximadamente con los de los puntos de acupuntura o digitopuntura. Sulochana Telang habla además del efecto que el movimiento directo de la columna vertebral a través de la acción muscular voluntaria tiene sobre el sistema autónomo, en principio involuntario, estimulando los conductos nerviosos espinales tanto del sistema simpático como parasimpático.

En el nivel físico o fisiológico la intuición se hace necesaria para que la interacción entre el sistema muscular y esquelético por un lado y las vísceras y la fisiología por el otro sea más efectiva. Para poner un ejemplo simple pero bastante gráfico es como el movimiento de desperezarse y bostezar, responde a una necesidad fisiológica y tiene el consiguiente efecto, y todo de un modo espontáneo. De un modo más complejo algo semejante ocurre con los movimientos y las posiciones yóguicas y su necesidad y efecto fisiológico cuando se practica de un modo intuitivo y espontáneo.

Aunque sólo sea como hipótesis o como supuesto teórico, desde el punto de vista espiritual o espiritualista, si las almas llegan a este mundo para habitar un cuerpo, bien sea como oportunidad de liberación (visión oriental) o como cárcel o castigo (visión occidental), es necesario que el alma o espíritu investigue a fondo estas condiciones corporales y terrestres.

Desde el punto de vista metafísico, aunque sea también meramente como hipótesis o juego conceptual, bien que existan otros planos o mundos posibles, esta nuestra existencia corporal y terrestre tiene tanta realidad y merece tanta atención como cualquier otra.

Más información en:
http://yogasala.blogspot.com




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