

Por Jordi Santandreu Lorite
Las Cuatro Nobles Verdades
El budismo es una de las mayores religiones del mundo, con alrededor de 350 millones de seguidores, de acuerdo con algunas fuentes. La mayor concentración de fieles está localizada en países del centro, del este y del sudeste asiático (Indochina, Tibet, Nepal, China, Japón, Corea y Ceilán), aunque en Europa y en América se encuentra en franco crecimiento. Incluso la Iglesia católica ha reconocido públicamente el aumento del número de personas que se acercan a esta tradición, síntoma del malestar que existe en las sociedades de Europa Occidental y que hace tan atractiva la espiritualidad oriental.
Pero, ¿por qué será que el budismo nos atrae tanto? Por un lado, es natural sentir curiosidad por una tradición cultural tan diferente y exótica: los llamativos rasgos orientales, las túnicas naranjas de los monjes, las majestuosas estatuas doradas del Buda, los templos decorados con lienzos de multitud de colores o el extraordinario misticismo de los Himalayas o del río Ganges. Además, este interés está alimentado por la influencia de la información que nos llega con cada vez más frecuencia y a través de diferentes medios, incluido el cine, con películas tan conocidas como Siete años en el Tibet o Kundun. También es realmente impresionante el papel del Dalai Lama, que está realizando un gran esfuerzo por divulgar las enseñanzas del Buda en todo el mundo. Por otro lado, la ocupación China del Tibet, una de las grandes sedes del budismo y patria del Dalai Lama, ha provocado no sólo el interés sino también la solidaridad de la sociedad occidental.
Sin ninguna duda, otro de los motivos por los que el budismo ha sido tan bien acogido entre nosotros, tal vez el más importante, es porque responde a un vacío existencial presente en el interior de todos nosotros. Puede tratarse de una búsqueda intelectual con el fin de conocer los aspectos teóricos de la doctrina, puede responder a la voluntad de profundizar y aplicar las enseñanzas del Buda o puede ser que nos acerquemos al budismo para comprender y superar un momento de inestabilidad psicológica, la pérdida de un ser querido o algún revés de los muchos que la vida nos tiene reservados.
El budismo es una doctrina eminentemente práctica, en la que predomina el razonamiento lógico y la experiencia personal sobre el dogmatismo ciego que caracteriza a algunos credos. No postula la existencia de un dios, sino que se preocupa, sobre todo, en mostrar el camino que conduce a la superación del sufrimiento humano.
Uno de los principios budistas más elementales sostiene que en la vida nos vamos a encontrar, tanto si queremos como si no, cara a cara con el sufrimiento, palabra a la que dan un significado muy amplio y que se extiende desde una simple incomodidad hasta la misma muerte, incluyendo la aversión, la frustración, la ansiedad, el dolor y otros estados físicos y mentales que nos provocan algún tipo de malestar.
Además del dolor que podamos sentir directamente en nuestro cuerpo o en nuestra mente, existe lo que denominan el sufrimiento del cambio, que afecta a las personas que depositan su felicidad en el consumo de bienes y servicios que atañen a los sentidos, o en la satisfacción que obtienen al ser reconocidas o al imponer su voluntad.
El problema de basar nuestra felicidad en este tipo de cosas, es que tras la fase del enamoramiento, tras el entusiasmo inicial que nos despiertan las cosas nuevas y excitantes, los objetos de nuestro deseo suelen perder su gracia con relativa facilidad y pronto dejan de interesarnos o incluso pasamos a rechazarlos. Tras esta decepción, nace el deseo de un nuevo y apasionante objeto, capaz de proporcionarnos, como mínimo, la misma intensidad de placer. Y así, vamos cambiando constantemente de objeto en un ciclo interminable, que oscila entre el momento del encantamiento inicial y el desengaño posterior.
Para el budismo existe, además, un tercer tipo de sufrimiento, de naturaleza latente, omnipresente, inherente al hecho de vivir y que perdura, por lo tanto, desde que nacemos hasta que morimos. La definición de este tipo de sufrimiento es más compleja, pero está relacionada con la falta de libertad a la que estamos sometidos desde el momento en el que tomamos conciencia de pertenecer a este mundo: aquí nos encontramos y nos vemos fatalmente inclinados a luchar por sobrevivir, pase lo que pase.
En cierto sentido, este tipo de sufrimiento también está relacionado con nuestra naturaleza dependiente: desde el momento de la gestación dependemos de un conjunto de elementos que proceden del exterior, de nuestro entorno, sin los que la vida no sería posible o no sería tan fácil y cómoda como lo es ahora. Existen cosas que son absolutamente imprescindibles y cuya carencia nos provoca arduos sufrimientos e incluso nos lleva directos al más allá: los alimentos, el agua, el oxígeno y el calor. Necesitamos además construir edificios en donde protegernos de la intemperie, vehículos para desplazarnos, también cierta educación y una preparación específica para desarrollar una actividad profesional, el teléfono e internet para comunicarnos y obtener información y un sinfín de artefactos y servicios que aunque no son imprescindibles para mantener nuestras funciones vitales, son necesarios para desenvolvernos con cierta libertad y seguridad en la sociedad contemporánea.
Para conseguir y mantener la mayoría de estas cosas tenemos que trabajar, que realizar un esfuerzo continuado durante años y años para pagar las facturas, los impuestos, la gasolina, el colegio de los niños, las vacaciones, etc. Incluso en Occidente, donde gozamos del privilegio de poseer amplios recursos, una economía aventajada y numerosos avances tecnológicos, no dejamos de estar obligados a saciar aun las necesidades más elementales de nuestro cuerpo.
Esta dependencia puede ser interpretada como una pesada carga de la que no nos podemos liberar y, consecuentemente, un elemento más que contribuye a la insatisfacción inherente a la condición humana.
La causa reside en el excesivo apego hacia las personas y hacia las cosas.
Es frecuente entre las personas, y hasta cierto punto natural, desear mejorar la propia situación y la de quienes nos son más queridos: mejorar en el trabajo o en los estudios, tener más dinero, un automóvil mayor o más veloz, un cuerpo más bello y saludable o disfrutar de una vida social floreciente. Sin embargo, también es cierto que la gran mayoría de nosotros nunca está satisfecha con lo que tiene, no importa lo que ya hayamos conseguido. Siempre queremos más y nos resulta extremadamente difícil mantenernos firmes y resolutos ante la tentación de perseguir siempre un poco más. Cuanto más dinero tenemos, más gastamos; Además, solemos pensar muy a menudo: si tuviera esto... sería mejor. A veces pasamos las noches en vela repasando mentalmente una y otra vez, todo un conjunto de historias relacionadas con el objeto que nos provoca el deseo o la aversión, después pasamos el día ausentes, ansiosos, se nos va el apetito y el buen humor.
(...)
(Extracto del artículo publicado en Dharma 7).