revista dharma

Visita a un centro: Luz Serena



Por Agustín Araque

El silencio interior

Cercano y a la vez recóndito, el Templo Zen Luz Serena se halla a escasos sesenta minutos de Valencia en coche, fuera de todas las rutas habituales. Quien pasa por delante de Luz Serena es porque ha ido hasta allí a propio intento o porque es vecino de Casas del Río, el pueblo que se encuentra cinco kilómetros más abajo.

Treinta hectáreas de un cerrado valle mediterráneo que desciende hasta el río Cabriel, cubierto enteramente por los pinos, que lo visten y protegen con su manto verde musgo al amanecer, esmeralda antes del cénit, azul bruma con las últimas luces de la tarde y oscuro terciopelo al caer la noche; y donde, si uno se fija bien, puede encontrar entre sus matorrales todo tipo de especies: sabina, madroño, espino negro... Y, más a ras de tierra aún, una rica diversidad de yerbas aromáticas y medicinales que le ha valido el título de Microrreserva de Flora concedido por la Comunidad Europea.

Tras dejar el coche en la zona de parking, camino de la oficina de recepción, la primera característica que llama la atención es el profundo silencio del lugar. Tal vez los perros hayan venido a recibirnos ruidosamente, pero solo para que nadie les reproche no haber cumplido; enseguida se callan y nos escoltan en paz. Una atmósfera zen nos envuelve de forma inmediata: sencillez y quietud, simplicidad y hondura. El tiempo se ralentiza en esta ausencia de agitación y algarabía, la atención se agranda.

Pegadas a la casita de recepción hay otras cuatro más, las únicas construcciones de obra, aparte de la vieja casa original y el dojo (sala de meditación) que hay al lado. Si nos internamos hacia arriba del valle tropezaremos con una casa prefabricada de aire vagamente oriental, la casa del maestro.

El primer edificio de lo que será la futura hospedería está siendo construido. De momento, las tres carpas de lona iniciales, que en su día fueron adquiridas de segunda mano a un circo, y a las que nadie auguraba una larga vida, siguen albergando los dormitorios comunes. Una generación entera de practicantes del zen ha meditado o dormido a su abrigo, sufriendo las inclemencias del invierno y los rigores del verano, en un ejercicio añadido de abandono de los apegos mundanos.

El Templo fue fundado en abril de 1989 por el maestro Dokushô Villalba, y el nombre se lo dio el maestro japonés Shuyu Narita Rosshi en la primera visita que hizo a España, en junio de 1990: ‘Bansho San Wako Zenji’ (Templo Zen Universal de la Luz Serena), es lo que rezan las caligrafías que adornan los dinteles de la entrada, que fueron realizadas por el maestro Takuzo Igarashi.

Durante la época inicial, fue monasterio, con una comunidad estable en torno a las diez personas, algunas de las cuales llegaron a recibir la formación completa y a ordenarse. Finalmente, y al hilo de un activo proceso de reflexión sobre la forma adecuada de adaptar a nuestro país el modelo heredado, evolucionó hacia simple comunidad de practicantes. En la actualidad la comunidad está formada por unos diez residentes, quienes, junto al maestro, siguen una vida cotidiana basada en la meditación, el trabajo, el estudio y la atención a los cada vez más numerosos grupos que acuden durante los fines de semana para los retiros, las jornadas de voluntariado, los seminarios de estudio y los talleres de crecimiento personal agrupados en el Programa Sinergia puesto a punto por el maestro Dokushô Villalba y un grupo de psicoterapeutas.

La otra actividad a reseñar es el Programa de Estudios Budistas (el PEB), puesto en marcha hace ya diez años, y del que la editorial Miraguano publicará próximamente una edición divulgativa. Esta formación, plan de estudios budistas pionero en nuestro país, la puso en marcha el maestro Dokushô Villalba, y su responsable inicial fue Aigo Castro (primer monje ordenado en Luz Serena, y discípulo hoy en día de Tsugen Narazaki Rosshi, de quien ha recibido la transmisión).

Actualmente el responsable es Francisco Mesa, maestro zen, profesor de literatura española y autor de dos libros de poesía.



Conocí al maestro Dokushô cuando acababa de recibir el siho (la transmisión del dharma o grado de maestro espiritual) y recuerdo que estaba muy preocupado por transmitir con fidelidad la tradición que se le había confiado. Hubo unos meses en que se dedicó en cuerpo y alma a escribir un tratado sobre la costura del kesa (el hábito del monje budista), aún tengo en mis estanterías aquel viejo libreto ciclostilado: en él se explicaba desde cómo elegir la tela, qué tipos existen, cuáles valían y cuáles no, cuáles eran mejores de entre las aceptadas; los colores adecuados (una amplia tipología de negros), los preceptivos, con qué tintes se conseguían; las técnicas de costura, la obligación de coserlos a mano, miles de puntadas que eran (y me recordaba al viejo místico, alemán y zapatero del siglo XVII, Jacob Böhme) un acto de meditación continuo donde cada una de ellas unía la tierra con el cielo.

Me recibe con un abrazo a la española, lejos del hieratismo tradicional japonés, y le hago notar eso que vengo observando a lo largo del día: cómo han cambiado las cosas desde entonces. “No creas –me desengaña- la confección de los hábitos me sigue pareciendo algo fundamental, de hecho seguimos haciendo retiros de costura; precisamente el próximo mes hay uno en Tenerife”. Sin embargo, reconoce que las cosas han cambiado sustancialmente: “Somos una generación de fundadores y nuestra misión es hacer una adaptación inteligente, que sea válida para nuestra cultura”.

Me cuenta, por ejemplo, que ha suprimido el uso del kiosaku. El kiosaku es la ‘estaca’ con la que se golpea a los meditadores que se duermen o se distraen (a juicio del jikido o vigilante). Su origen se remonta a la China del siglo X, época de grandes hambrunas, con monasterios de hasta cinco mil monjes, refugio ideal para menesterosos y hambrientos. Era el palo de remover la comida, y cabe imaginar que cierto día debió de tocarle guardia en la sala de meditar al cocinero; en los templos zen el responsable de cocina siempre ha sido la segunda autoridad, después del abad; harto de tanto monje gandul y caradura, montaría en cólera echando mano de lo primero que se le ocurrió: el palo de remover las ollas. La técnica debió de mejorar sensiblemente el ambiente de las meditaciones y el ejemplo cundió: así nació el kiosaku. Pero hoy en día, me cuenta el maestro Dokushô, “la gente ya no viene a los templos zen para comer gratis, es más, hasta pagan; y, aunque es cierto que un golpe de kiosaku bien dado tiene sus virtudes energéticas, la mayor parte de nuestros contemporáneos lo siente como un castigo, un acto de violencia contra el que se rebelan”. De manera que ha decidido prescindir de su uso.

Y, como eso, hay muchas otras cosas que están en proceso de cambio, por ejemplo me confiesa que tiene serias dudas de que hacerse monje, vivir como monje, sirva para algo en el mundo de hoy, en nuestras sociedades occidentales. Él mismo es un ejemplo de ello: lleva una vida secular, tiene un hijo de quince años y vive en buena medida de su trabajo de fotógrafo.



Hablamos cerca de dos horas. Siento que aquel tumultuoso maestro joven que conocí en los años ochenta está a punto de convertirse en un apacible viejo rosshi.

Hacerse idea de cómo discurre un día de práctica en Luz Serena es fácil si se ha visto algún documental sobre la vida en Eiheiji, en Soyiji o en alguno de esos grandes monasterios japoneses, o para quien recuerde la película ‘Sabiduría garantizada’, de la directora alemana Doris Dörrie: la práctica es exactamente la misma que se viene realizando desde el maestro Dogen, fundador de la escuela Soto Zen, allá por el siglo XIII.Al alba, una insidiosa campanilla de agudo sonido que alguien hace repicar mientras corre nos saca de las profundidades del sueño; recordamos inmediatamente que nos encontramos de retiro en un templo zen y nos levantamos porque hemos venido por voluntad propia. Tras un cuarto de hora, que es el tiempo justo de echarse un poco de agua en la cara y subir hasta las letrinas, acudimos al dojo, la sala de meditar, donde, durante sesenta minutos, nos sentamos de cara a la pared en el más estricto silencio e inmovilidad. Este tipo de meditación recibe el nombre de zazén shikantaza, que significa ‘sólo sentarse’. El trabajo consiste en observar nuestra mente mientras nos concentramos en el ir y venir de la respiración (hay muchas técnicas concretas, pero todas son explicación de estos dos simples actos: concentración y atención a los pensamientos -samatha y vipashana).

Tras esta sesión de meditación, viene la larga ceremonia matinal, donde se cantan los sutras, en un ejercicio que es a la vez comunión emocional con el resto de los meditadores, recuerdo de las enseñanzas del Buda y ofrenda de los méritos generados en la práctica a todas las existencias (nada que ver con la adoración a los dioses de las manifestaciones religiosas). Luego se desayuna la tradicional guen-mai (ver receta en Dharma nº 1), o sopa de arroz, siguiendo el ritual de los cuencos, una desarrollada y efectiva práctica de atención continua.

Acto seguido hay un rato de relax y, luego, se reparte el trabajo del día. Hubo algún maestro ejemplar que puso de moda en el zen aquello de ‘un día sin trabajo, un día sin comida’; de manera que ¡todo el mundo a trabajar! Cuando uno no se resiste, se da cuenta de que, en este contexto zen, cualquier actividad se convierte en una poderosa práctica de despertar, de verse a sí mismo como realmente uno es.

El resto del día sigue un esquema parecido: otra sesión de meditación, comida, descanso, más meditación, enseñanzas verbales del maestro (o tal vez no, dependiendo del tipo de retiro), cena y meditación final del día.

Es algo generalmente admitido que la práctica del zen entraña sus dificultades: la espalda se tensa, las rodillas duelen, la mente se queja de haber sido atrapada a traición. Uno querría no estar allí; pero ¿dónde es allí: en Luz Serena o en la propia piel? Meterse en un retiro zen es encerrarse en la cueva con la bestia y mirarla cara a cara de una vez, sin escapatoria.

El silencio del lugar y la compañía muda de los otros héroes que se sientan en los cojines de al lado ayudan a que uno vaya entendiendo, el corazón se abra y la luz brote de lo más íntimo de nuestro ser. La práctica del zen entraña sus dificultades, pero el resultado es siempre victorioso.

Antes de irme, echo un último vistazo al proyecto del nuevo dojo, que será una sala circular, obra de la inspiración del maestro Dokushô Villalba y el arquitecto valenciano Ángel García. Y observo las obras que hay en marcha: la nueva hospedería, que va muy avanzada; y la estupa que albergará las cenizas del maestro Narita y servirá de mausoleo a futuras generaciones de maestros zen españoles.



Y, ante la estupa, la mente me vuela en recuerdo del maestro Narita. Aquí mismo, en el año 90, estuve meditando junto a él y escuchando sus enseñanzas. Parece que aún le oigo decir: “Somos un misterio. Venimos del infinito y vamos hacia el infinito”. Por entonces tenía setenta y nueve años, le habían extirpado el estómago, había sufrido un infarto y sus médicos le tenían prohibido viajar en avión (aún estuvo entre nosotros hasta el año 2004).

Cuando uno se va de Luz Serena después de un retiro, algo se va con él, el sabor de la sutil enseñanza de mushotoku (no buscar nada), el recuerdo de los compañeros que estuvieron a nuestro lado, el amor de los pinos que ya nunca nos olvidarán, el silencio como una joya en el bolsillo, un fetiche que acariciar cuando volvamos a tener problemas. Subo al coche, salgo a la carretera y todo dentro de mí da las gracias por haber venido.

Más info: Luz Senera




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