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Los paisajes del samsâra



Denkô Mesa, maestro zen

En la práctica de la meditación es fundamental mantenernos siempre presentes en las siguientes preguntas: ¿Quién es éste que está tomando conciencia de lo que sucede ante sus ojos? ¿Desde dónde y cómo lo está haciendo?

La práctica del zen resuelve el enigma al quiénes somos en realidad. A través de la meditación vamos hallando respuesta a encrucijadas tales como: ¿Quién o qué es antes: el objeto creado o el sujeto creador? Para acceder a este conocimiento nos debemos mover en otras coordenadas del espacio-tiempo. Así pues, ahora que leen estas líneas atentamente, tomen contacto con una respiración amplia, fluida y generosa. Al hacerlo así, nos instalamos en una actitud de apertura mental y natural intuición. Con ello estamos creando las condiciones favorables que nos permitirán una mayor comprensión de lo que sucede ante nosotros; ésta es la manera de hacer que enseñamos en el budismo. Como dijo el maestro Machin Labrön:

“Este cuerpo nuestro
es transitorio
como una pluma
en lo alto de un desfiladero;
esta mente nuestra
está vacía y es clara
como la profundidad
del espacio.
Descansa en
este estado natural
libre de invenciones”.

La meditación zen es una didáctica de la conciencia. Todos somos prisioneros de las ilusiones de nuestra mente. Darnos cuenta de esta realidad es el primer paso en el viaje hacia la liberación. A través de la práctica salimos poco a poco de la tiranía condicionada de la mente ordinaria. El objetivo está muy claro, se trata de permanecer más tiempo (y en adecuadas condiciones) en los niveles superiores de conciencia y no vivirlos como algo ocasional. Para ello, vamos más allá de los confines del yo individual y accedemos al concienciamiento de lo universal.

Desde esta atalaya aprendemos a observar los paisajes de nuestra existencia con mejor perspectiva y amplitud de la mirada.

Así como en un árbol ninguna hoja es parecida a la otra, ni ninguna rama, pues todas son diferentes en forma, tamaño y dirección, sin embargo cada una de ellas posee la esencia del árbol. Cabría decir lo mismo de las enseñanzas del Buda recopiladas en los textos de la ‘Prajñâpâramitâ’, especialmente en el ‘Sutra de la Gran Sabiduría’, que tantas veces recitamos en nuestras ceremonias diarias: “Vamos, vamos, vamos juntos, más allá del más allá, hasta la consumación última”. Esta es la canción de escalada de los héroes y heroínas del despertar.

Caminar significa trascender. Trascender significa incluir niveles anteriores e ir más allá.

Dicho esto, podemos indicar que cinco son los pasos hacia la plena realización de nuestra auténtica naturaleza:

1. Identificación:
Tras aquietar nuestro pensamiento discursivo, a la vez que estabilizamos el cuerpo en una respiración tranquila y fluida, reconocemos cada fenómeno que aparece tal y como es, y nos decimos: “Esto es esto y no otra cosa”. Comienza la reeducación cognitiva.

2. Desidentificación emocional:
Desde este espacio de calma interior, nos permitimos equilibrar nuestras reacciones emocionales y mentalmente decimos: “También esto está formando parte de mí”. Este es el inicio de la toma de perspectiva que nos permitirá no involucrarnos inconscientemente y perdernos en todo aquello que se presenta ante nosotros.

3. Diferenciación mental:
Tras la anterior etapa, nos abrimos luego al devenir de los fenómenos, pues como nubes en el cielo, reconocemos que unas van y otras vienen mientras el cielo que las sustenta siempre permanece. Así, decimos: “Por lo tanto, no soy sólo esto”. Es la llamada ‘fase de apertura’.

4. Trascendencia:
Ahora el practicante, con exquisita atención, se sitúa más allá de todo esto que acontece ante su conciencia sin perder de vista todos los paisajes recorridos, porque existe el camino de retorno, la bajada al mundo de lo cotidiano tras las comprensiones conseguidas. Nos espera un último paso.

5. Integración:
Finalmente, desde aquí acepto este otro momento, lo vivo, y sigo fluyendo en la impermanencia, integrando lo que también soy en el ahora, pues todo es al mismo tiempo en este caminar constante.



Debemos reconocer que el ser humano tiene distintos impulsos que expresan su necesidad de satisfacer entornos diversos: necesidades físicas (alimento, agua, cobijo), necesidades emocionales (amistad, ternura, cariño), necesidades mentales (comunicación grupal, capacidad auto-reflexiva), necesidades espirituales (comunicación universal, cósmica, divina). El crecimiento y el desarrollo de la conciencia constituyen simplemente el proceso de adaptarse y aprender a digerir niveles de alimentación cada vez más sutiles. Así, para que el verdadero desarrollo sea auténtico, debe ser integral.

Para conseguirlo, el budismo nos propone una inmersión en toda regla hacia las profundidades del ser; el zen es una indagación sobre la naturaleza existencial del ser humano y sobre la naturaleza impermanente de todos los fenómenos.

De esta manera, aunando la nomenclatura usada por el conocido Ken Wilber para delimitar los espacios de la conciencia, junto con los paisajes y vivencias que recorre un practicante de meditación, podemos distinguir los de la tabla en la página siguiente.
Como vemos, a través de la meditación constatamos ‘la expansión de la conciencia’, por ponerle un nombre a esto, porque en realidad la conciencia no se expande ni se contrae. En la época de la Ilustración, el denominado Siglo de las Luces, el siglo XVIII, la Real Academia de la Lengua acuñó una excelente expresión para defender la utilidad de la Gramática. La frase es esta: “Limpia, fija y da esplendor”. ¡Genial! Deberíamos recordarla siempre los practicantes del Budha-Dharma.

Sin embargo, encerrados en la estrecha jaula de nuestra mente ilusoria, creemos que la realidad es tal y como nosotros mismos la concebimos. En este sentido, en la tradición budista se cuenta el relato de una vieja rana que había pasado toda su vida en un pozo húmedo. Un día fue a visitarla una rana del mar.

- ¿De dónde vienes? –preguntó la rana del pozo.
- Del gran océano –respondió la otra.
- ¿Y es muy grande el océano?
- ¡Es gigantesco!
- ¿Como una cuarta parte de mi pozo, quieres decir?
- Más grande.
-¿Más grande? ¡Cómo! ¿La mitad de mi pozo?
- No, aún más grande.
- ¿Es... es… es tan grande como este pozo?
- ¡Mucho más! No hay comparación.
- ¡No es posible! Eso tengo que verlo por mí misma.

Y las dos se pusieron en camino. Así, andando y andando, llegaron a lo alto de un enorme acantilado que mostraba unas perspectivas bien amplias. Cuando la rana del viejo pozo alzó su vista y vio el océano, sufrió tal impresión que la cabeza le estalló en mil pedazos.

A nosotros nos puede pasar así, podemos acceder a esta experiencia de expansión, a este cambio de percepción de la realidad. Esta experiencia, en realidad, no es fácil ni difícil. Sencillamente sucede cuando las circunstancias han madurado para ello. Si hay una clave en el desarrollo de la atención es la perseverancia, la entrega continuada y correctamente mantenida.

Tendencias durante la meditación

A todos nos une el deseo natural de sentirnos bien y mejor, en pocas palabras, de ser felices. Sin embargo, atravesamos los paisajes del samsâra (léase vida condicionada) en un ciclo interminable de instantes de conciencia perdidos.

Usualmente se contrapone el término samsâra al del nirvana cuando en la experiencia del practicante zen en absoluto se diferencian. Aclaremos estos términos con las tendencias que solemos experimentar cada vez que meditamos:

&mid Sensaciones (agradable, desagradable, neutro).

En esta excursión que estamos disfrutando por la vida de la conciencia, es realmente importante que tengamos bien ancladas las bases de nuestra caseta de campaña. De lo contrario, una ligera ráfaga de viento racheado puede levantarla súbitamente. Permanecer tranquilo y quieto, bien enfocado en la concentración del cuerpo que respira y, a la vez, atento a toda la postura corporal, son los ejes fundamentales de la meditación. La estabilidad y la vigilia, el no movimiento corporal y mental bien combinados, hacen que aumente nuestra capacidad para no distraernos. Ya nos pique la punta de la nariz (desagradable) o nos envuelva el sonido del silencio de la sala y la presencia de los compañeros (agradable), seguimos instalados en la postura estable de un espejo precioso que todo lo refleja naturalmente.

&mid Emociones (atracción y apego, rechazo y odio, indiferencia e ignorancia).

Sea lo que sea que aparece ante nosotros, tomamos conciencia de ello y le permitimos estar sin darle una excesiva importancia. Atamos el mono loco de nuestras pasiones a una estaca bien firme. Le dejamos cuerda, para que vaya y venga a sus anchas hasta que se canse y se siente con nosotros a contemplar tranquilamente qué es lo que está sucediendo. Entonces, no movidos por los impulsos del corazón, podemos acercarnos a todos los contenidos emocionales, aprender de ellos, liberarnos o disfrutar con ellos sin generar el apego o el rechazo hacia ninguno.

En un famoso pasaje zen, un maestro hablaba de darle un ancho prado de fresca y verde hierba al buey que todos somos. El buey representa nuestra agitada mente, la cual necesita de un tiempo y de un espacio prudencial hasta que acaba por agotarse por sí misma. Así, como dije antes, se sienta a descansar y puede contemplar plácidamente todo lo que acontece a nuestro lado.

&mid Pensamientos (lo bueno, lo malo… la dualidad).

El pensamiento dualista siempre opera en base dos, se expresa a través de una visión compartimentada, estrecha, limitada. Fundamenta su poderío ilusorio en el establecimiento de fronteras que le otorgan separatividad, y por tanto, autosuficiencia. Este es el error del perceptor, su creencia en repetirse. El ego no escapa a la ley del cambio pero se auto-sustenta con una imagen engañosa que crea de sí mismo. Así, cuando la realidad no coincide con sus expectativas, lo sufre claramente. Su error radica en el exceso de análisis y en una carencia de síntesis integradora.

Durante la meditación no tomamos partido ni por ni contra nada, sea lo que sea. Practicamos desde la objetividad. El zen reequilibra naturalmente esta capacidad que todos tenemos de discernir con comprensión y sabia claridad.

A un nivel más profundo, incluso podemos ver emerger durante la meditación el egocentrismo colectivo, la memoria filogenética de todos los seres humanos y reconocer también la neurosis de los distintos entes que se crecen en sus individualidades.

&mid “No te apegues a lo sagrado”.

“Ahora que te has desapegado de lo vulgar, no te apegues a lo sagrado”, expresó el maestro Sekito Kisen. La vanagloria del practicante espiritual es uno de los mayores peligros en los que podemos caer como egos. “El hábito no hace al monje”, reza un clásico refrán popular español. Huir del samsâra en un intento por acceder al despertar es tan tonto como salir a la calle en una tarde de lluvia y darle palos a las nubes, enrabietados porque se nos ha mojado la ropa.

Conclusiones

Llegados a este punto, creo que ya estamos en disposición de aceptar que con la meditación aprendemos a reconocernos en un espacio sin fronteras y a no caer en las estrechas rigideces, categorías, conceptos, juicios de valor y pensamientos ilusorios que nos hemos inventado. Así, consideramos al universo entero como un espacio propicio de práctica; ahora bien, ¿desde dónde lo estamos haciendo?

Hay un territorio invulnerable en nuestro interior donde se manifiesta naturalmente la verdadera Talidad. Es el vacío creador lleno de posibilidades, un todo lleno de nada. Es la experiencia de la plenitud total, es la sanación absoluta, una energía fértil para el bienestar de todos los seres.

Por ello, cuando meditamos no nos sentamos para, nos sentamos desde este estado de presencia. Cuando nos dejamos estar y no dependemos de nada, se es naturalmente libre. Como dice el maestro Nâgârjuna: “Sin esfuerzo de tu parte, se realiza la naturaleza de Buda”.

Así, cuando el desorden tiene su fin, la conciencia percibe la igualdad de los fenómenos, la identidad de todos los seres. Practicamos como un espejo inmóvil que no se apropia de nada, que no rechaza nada, simplemente refleja las cosas tal cual son. Ve pero no mira, porque cuando el mar está ahí es inútil llevarse la caracola a la oreja para escuchar su sonido.

La iluminación es un proceso permanente de darse cuenta, de hecho, es el desarrollo de esta actividad. No es un estado definitivo que se alcanza y ya está. No, el acceso al despertar (nirvana) se presenta en cada momento ante nuestros ojos.

Vivirlo como un infierno, como un repetido cúmulo de desaciertos en los que damos vueltas y vueltas, una y otra vez en el río de la vida (samsâra), sin capacidad de maduración, o por el contrario experimentarlo con la ecuanimidad, la apertura y la libertad que te otorga verlo todo desde una perspectiva prudencial es, ante todo, una cuestión de actitud.

Ustedes, ¿cómo lo están llevando?


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