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El
rincón sagrado
Enrique Carriedo
Todos necesitamos
un lugar donde nadie ni nada nos moleste y cuya atmósfera contribuya
positivamente a nuestra transformación y nuestro crecimiento
personal. Puede ser sólo un cojín o sólo una alfombrilla
y una vela encendida. Puede ser una ventana y un horizonte. Puede ser
santuario de nuestros antepasados o grito de modernidad y de progreso
hacia el futuro. Puede ser el lugar donde ubiquemos las representaciones
de nuestras creencias y paradigmas o puede representar la armonía
cósmica en cualquier objeto cargado de energía, simbolismo
y poesía: una caracola, una estrella de mar, una piedra, un cristal
de roca, flores secas o frescas, una rama y unas hojas.
Allí, en nuestro rincón, nos sentamos y nos sentimos,
nos apaciguamos y nos quitamos de encima las penas o al menos las mitigamos.
Con un gesto sosegado encendemos una vela, prendemos una varilla de
incienso o vertemos agua, con la cual ungimos nuestra frente con los
dedos. Sólo eso, sencillo, recoleto.
Podemos utilizar nuestro rincón cuando queramos pero hay momentos
especialmente adecuados, como cuando regresamos de la jornada, o antes
de salir de casa o antes de dormir y por supuesto durante el crepúsculo
y el alba.
Si además de estar sentados en nuestro rincón podemos
tumbarnos boca arriba, tomar tierra y sentir la fuerza de la gravedad
y el planeta, es también muy útil y eficaz para abandonarnos
a nuestra mente, dejando nuestro cuerpo en el lugar que le corresponde
y en la postura más laxa.
Puede ser la mesilla de noche, unas fotografías, una imagen religiosa
o no. Puede ser una repisa y una esfera de amatista o de cuarzo hialino,
una rosa del desierto o unos claveles del aire. Puede ser muy poco.
Los monjes y lamas del Tíbet viajan siempre con su altar de bolsillo
en la valija. Lama Yeshe decía que su altar de ir de aquí
para allá era una figura de Buda que representaba la sabiduría
y las enseñanzas y un avión en miniatura, porque el avión
había sido el vehículo que le había llevado a predicar
la filosofía budista por medio mundo y le había llevado
a conocer a muchos buenos amigos.
Los chamanes a menudo llevan su altar, su rincón sagrado, en
una bolsita de cuero. Conozco a muchas señoras que de un modo
instintivo hacen lo mismo en sus bolsos. Un rincón sagrado puede
ser muy poco. No hace falta tener una capilla en casa ni un oratorio.
Lo importante es que lo utilicemos y que saquemos el mejor provecho.
Ya sabemos muchas formas de relajarnos y de procurarnos paz y bienestar.
También podemos visualizar, rememorarnos en nuestro rincón
sagrado, estemos donde estemos. Sólo tenemos que ponerlas en
práctica. Sólo depende de nuestra decisión, de
nuestra voluntad y de nuestra constancia. No hace falta tener fe en
nada ni en nadie si tienes fe en ti mismo y no ignoras las más
elementales leyes de la naturaleza humana.
El rincón sagrado debe ser un lugar sin conflictos, como un puerto
seguro, como un paraíso interior amurallado que impide el paso
a todo aquello que no nos beneficie y que no beneficie a todos los seres
que sienten.
Se puede ser creyente o agnóstico. Da igual. La Belleza y la
Armonía, el Arte, la Música, la Ciencia, el Misterio,
nuestros antepasados, el origen, la vida, son motivos -cada uno por
sí solo y todos juntos- más que sobrados para tener un
rincón sagrado donde meditar. No tenemos necesidad, si no nos
parece bien, de creer en dioses o divinidades inciertas y en muchas
ocasiones ajenas a nuestra vida. Yo, personalmente, necesito la certeza.
No me sirve la fe ciega ni la obediencia ciega y mucho menos el vasallaje
o la sumisión. Opino como su santidad el Dalai Lama que la
mejor religión es un buen corazón. Ahora, eso sí,
siempre estoy abierto a aprender con respeto de todo aquello que me
aporte, tanto a mí como a los demás, salud, bienestar
y progreso, provenga de donde provenga. Prefiero en todo caso sumar
que restar y la experiencia me dice que cada cual tiene su parte de
verdad.
Podemos respirar y meditar en silencio y en una postura cómoda,
erguida pero evitando toda tensión o malestar. Pode-mos sentarnos,
sentirnos y observar la naturaleza de nuestra mente, el surgir, transcurrir
y cesar de nuestros pensamientos, espaciarlos para poder ver y sentir
a través de ellos mucho más dentro.
Podemos visualizar y hacer viajes mentales a donde nos plazca. Podemos,
además de respirar, hacer que el aire que sale de nosotros suene
deliberadamente. Podemos entonar, recitar nuestro gorigori o nuestro
mantra o nuestro sonsonete preferido o podemos cantar y hasta acompañarnos
con un instrumento musical sencillo de tocar, como unos crótalos,
un cuenco cantor tibetano, una campanilla o un pandero... ¡hay
tanta variedad! El ritmo nos ritmará y la armonía que
produzcamos nos armonizará.
También podemos escuchar música grabada. Hay muchos trabajos
discográficos fantásticos. Las posibilidades y la variedad
no tienen límite para una sola vida humana. La Música
hace parte del esfuerzo por nosotros. Una música adecuada está
más que demostrado que es un relajante y un ansiolítico
de una gran eficacia.
El doctor norteamericano Mit-chel L. Gaynor, oncólogo, quien
lleva dos décadas trabajando con el sonido de los cuencos tibetanos,
los cuencos de cristal de cuarzo y la voz, dice en su obra Sonidos
que Curan que la música es el camino más eficaz
y rápido que tenemos si no queremos pasarnos veinte años
siguiendo las enseñanzas de un buen maestro de yoga o meditación.
La música afecta nuestras ondas cerebrales lentificándolas
y transforma nuestro estado de ánimo, entre otras muchas repercusiones
en nuestro cuerpo y en nuestra mente.
Hay mil maneras, mil métodos, objetos, técnicas, prácticas,
mil estímulos sonoros, aromas e imágenes... Podemos cerrar
los ojos o perder la mirada en el horizonte o concentrarla en algo:
la llama de una vela, un mandala, el humo de una varilla de incienso,
una imagen, un paisaje, el brillo de un cristal o el sonido de una caracola,
nuestros seres queridos vivos o fallecidos o esos seres humanos enormes
que a lo largo de la historia de la humanidad nos han dejado un buen
mensaje de paz y de armonía como Jesucristo, Buda o Lao Tse.
Todo depende de nuestra voluntad. Si no sabemos podemos informarnos,
pero yo creo que no es necesario saber nada. La mesilla de noche de
una pensión con un retrato y poco más ha sido el rincón
sagrado de muchos inmigrantes. A ese espíritu y a esa intensidad
es precisamente a lo que me refiero cuando digo rincón
sagrado.
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