revista dharma
 

Fátima Carrillo Perea



Recientemente la obispa de la iglesia episcopaliana de Estados Unidos, Katherine J. Sehori, ha sido elegida presidenta de dicha comunidad anglicana. Su elección ha levantado ampollas en los sectores más conservadores y tradicionalistas de esta confesión. Ella expresa cómo: “La vida tiene que ser una aventura”, “Sí, me gustan mucho las desafíos”, y “Dejemos de lado nuestros temores y amemos el mundo; dejemos de lado nuestras espadas y escudos y busquemos la imagen de Dios en aquellos a quienes más difícil nos resulta amar”.

Me he congratulado de este acontecimiento, aun sin compartir sus creencias. Admiro la actitud pionera de quienes la han votado y animado y, por supuesto, su apuesta generosa que abre una rendija hacia el post-patriarcado; algo que se huele muy lejano en casi todas las religiones y vías espirituales.

Así que cuando me sugirieron escribir algo sobre budismo y patriarcado para esta revista, decidí no ‘acoquinarme’, sacar tiempo y ganas, dar un paso adelante y hacerlo. El tema merece la pena.

Puntualizo que reflexionar sobre el patriarcado puede ser sinónimo de cuestionamiento, pero no de enfrentamiento. Lejos de mi mente y mi corazón ir contra los hombres o los patriarcas (aunque no, contrariarlos); o transformarme en una ‘rígida y despechada feminista radical’, de esas que levantan sospechas y sonrisitas en muchos hombres y algunas mujeres. ¡Salud, chicas!

Indagando en la historia
El patriarcado es el sistema instalado como dominante durante estos últimos miles de años. No siempre ha sido así y, ateniéndonos tanto al sentido común como al principio de impermanencia (esencial en el budismo), está sujeto a cambio. La vanguardia de ese cambio ya se ha hecho presente.

El patriarcado asegura la propiedad de los hijos en línea masculina. Garantiza la herencia del territorio y después de los medios de producción, sean éstos herramientas o personas. La dominación de la mujer, su apropiación, ha sido requisito indispensable para que el sistema funcionara tal cual. F. Engels hizo una clara aportación a este tema con su libro “El origen de la familia, la propiedad privada y el estado”, y descifró a grandes rasgos la línea por la que ha progresado este sistema, sean o no sus conclusiones exactas.

Varios autores datan el proceso de gestación del patriarcado entre los años 2.000 y 3.000 a. c., en Oriente Medio, coincidiendo con el ascenso de un joven dios guerrero, Marduk, un superman de la época, y el auge de un nuevo carro de guerra cuyas ruedas ya no eran macizas, sino que tenían radios. La rueda, símbolo del orden y la ley y tan eficaz… sobre todo porque empezaban a llegar las oleadas kurgas, esos hombres feroces contra los que había que pelear.

A la vez que Marduk ascendía, las antiguas divinidades, la diosa y el dios Tiamat y Apsu, declinaban. Éstos simbolizaban las Aguas y el Caos.

Relativamente cercano estaba el olor de Creta y las culturas con vestigios arqueológicos de hace unos 8.000 años, que mostraban un espectro de sociedades agrícolas y artísticas, sin atisbos de guerra. Sin murallas. Se veneraban deidades femeninas -La Diosa-, y parece que los hijos eran hijos de las mujeres, las madres. Sin sello de varón, al menos en la mayoría de los casos.

Platón, abanderado un tiempo del mundo de la Diosa y superintendente de antigüedades en Creta durante bastantes años escribió: “Toda la vida estaba impregnada por una ardiente fe en la diosa naturaleza, fuente de toda creación y armonía. Esto condujo a un amor a la paz (...) Aun entre las clases gobernantes parece haberse desconocido la ambición personal”.

Aclaro que Creta no fue ninguna sociedad ideal, ningún sueño, sino una sociedad real y humana, con problemas e imperfecciones, manejándose en medio de un mundo donde comenzaba a crecer el poder masculino y guerrero.

Consecuencias éticas, filósoficas y religiosas
Aunque hay entre muchos estudiosos la impresión de que ciertamente existieron sociedades matrilineales y matrilocales, no me interesa seguir la línea habitual de pensamiento: matrilineal versus patrilineal o viceversa. Solo quiero resaltar que parece evidente la existencia de unas sociedades y culturas muy asociativas, horizontales, y de otras muy jerarquizadas, basadas en la dominación.

El paradigma dominante viene a decir:
jerarquización = organización = orden y ley

Así la falta de jerarquía y la tendencia a la horizontalidad podría asociarse con:
desorden = caos = desorganización

Ahora bien, caos no es desorden. Caos es vacío, el útero de donde todo surge, imaginación, la danza de los sexos y la naturaleza. El gran juego cósmico. El Caos contiene al Cosmos. Caos, es el estado original de la mente.

Durante miles de años a los humanos se les ha enseñado y grabado que el orden es bueno, así como todo lo que colabora para su existencia: leyes, jerarquías, instituciones… y lo que no sea orden, pues será malo, no deseable, peligroso.

Estos principios han sido defendidos desde todas las tribunas, e incluso con diferentes armamentos según las épocas, hasta conseguir que fueran asimilados como “el orden natural de las cosas” por la mayoría de los seres humanos. El poder androcéntrico ha ordenado, transmitido, legislado, invadido y sacralizado hasta nuestros días. Las religiones, una vez reprimido Caos y transportado a las nebulosas aguas del inconsciente, una vez depuestas las divinidades femeninas o transformadas en entidades menores y dependientes de fuertes dioses masculinos, han asumido con decisión el cetro y la espada para asegurar la jerarquía, la transmisión patriarcal de los valores y el sometimiento de la naturaleza. Al planeta con sus plantas, animales, aguas, montañas... había que dominarlo. El hombre (varón) es el centro del universo. Las mujeres, tan dominadas como la naturaleza, son valoradas exclusivamente como reproductoras. En el abanico religioso, el budismo aparece cuasi desmarcado de esos valores. El budismo cogió el cetro pero no la espada (o muy poco) y por esta propensión a la no violencia, a resistirse a la tentación de guerrear para extender su doctrina o para defender la ideología del poder de turno (ha habido excepciones), es por lo que autoras como Rita M. Gross afirman que el budismo es feminista, sin que el feminismo sea budismo.



Gautama Buda, vanguardia en su tiempo... ¿y hoy?
Carezco de conocimiento para hacer un análisis de la historia de India donde surge la figura humana de Sakyamuni, su práctica, su mensaje, que posteriormente ha cristalizado en un cuerpo doctrinal, generando numerosas líneas y escuelas. Lo que puedo afirmar es que 500 ó 600 años a. c. en India, como en la mayoría de Euro-Asia, el sistema patriarcal ya había arraigado. Aunque los restos arqueológicos del neolítico hallados en China e India muestran pautas de sistemas matrilineales.

Gautama había heredado por vía paterna el reino que su padre poseía, y gobernaba y se esperaba de él los valores personales y ‘profesionales’ necesarios para continuar la obra paterna. Se cuenta que su madre murió en el parto. Así, la herencia materna prácticamente no existió. Puede aventurarse que esa herencia difusa, basada en la gestación y en el alumbramiento, estuvo presente en su inconsciente. Igual que Caos estaba ya en el inconsciente de la humanidad.

La renuncia de Gautama a la herencia paterna, su original búsqueda espiritual, la relativa aceptación de mujeres y varones en la sangha, la valoración de la paz en un tiempo de continuas guerras, la tendencia a la no institucionalización de su camino mientras estuvo vivo, hacen referencia a un ser humano, varón, donde Cosmos y Caos jugaban a danzar en libre equilibrio. Añado que los valores androcéntricos no son lo más llamativo de su vida, a pesar de la época. Posteriormente, a través del ordenamiento institucional y doctrinal, el androcentrismo ha ido tomando peso y espacio en el budismo.

¿Qué creamos, construimos y transmitimos?
¿Qué puede hacer hoy el budismo (de cualquier linaje, escuela o tendencia) para no colaborar en el daño a la naturaleza (la Diosa), para desmantelar el androcentrismo que fomenta la avidez, la destrucción y también el maltrato y la desposesión de las mujeres?

¿Cómo hacer para no seguir privilegiando las ‘realizaciones espirituales’ de varón, dejando a las de mujeres a las sombras de sus tutores, maestros, maridos y monjes cercanos?

¿Cómo hacer de los linajes y las transmisiones un asunto vivo, llano, y no una inversión calculada, administrativa y jerarquizada?

Si leyendo esto pensáis que me alienta un espíritu de trasgresión o disidencia excesiva, aporto en mi defensa estas palabras de G. Orwell: “La postura de la persona disidente siempre es incómoda; pero en el momento que miremos a nuestro alrededor y veamos que ya no hay disidentes entre nuestros portavoces públicos, será el momento de mayor peligro”.

Recientemente, otro hombre aboga por “Un paradigma de pensamiento post-patriarcal… un viraje desde la dominación y el control de la naturaleza a la cooperación y la no-violencia” (Fritjof Capra, en Simposium del Nuevo Paradigma. Instituto Esalen. California 1985).

Cuando los movimientos feministas abogan por la liberación de la mujer, ponen de manifiesto el espíritu más alto y misterioso del budismo, el espíritu-práctica del bodhisatva. Pues la liberación de la mujer supone por ende la liberación o des-presión del hombre androcéntrico y patriarcal; y traería aneja cambios profundos en usos y abusos de tecnología destinada a dominar la naturaleza y a los seres sensibles. Los numerosos brazos de Kwan Yin y Kannon (imágenes femeninas del panteón budista, divinidades de la compasión) manifiestan más una potencialidad horizontal abierta, generosa y cooperativa que un orden vertical, jerarquizado y cerrado.

Lo curioso es que cuando surgen voces que critican, cuestionan, y buscan transformar o mejorar lo mejorable, la permeabilidad institucional suele ser pobre. Así, el cuadro no tiene todos los colores de la paleta. Todo se vuelve más triste, menos expresivo y creativo.

Personalmente, muchos de mis grandes sufrimientos en la práctica zen, durante más de 20 años, provienen de este desgarro, este sentimiento de injusticia con coartada espiritual, más que de las largas sesiones de meditación en que crujen las rodillas y mi espalda algo escoliótica se queda completamente doblada. No me quejo, hoy reflexiono. Y protesto, protesto buscando rendijas, agujeros que rompan o disminuyan las defensas e intentando sumar comprensiones, realizaciones. Sumar, no restar, ni dividir. Tejiendo en horizontal.

Actualmente, un número creciente de mujeres y hombres, herederos de aquella línea del primitivo budismo, las yoguinis y yoguis, practicantes a medio camino entre la vida monástica y seglar, casi siempre desaprobados por la jerarquía de la época, hacen oír sus voces, caminan, multiplican sus brazos y corazones, arriesgando a veces su cordura, para mostrar otras posibilidades, quizás la vía hacia el post-patriarcado (interesante al respecto el capítulo del libro de Rita Bross, pag. 356). Personas que como dice la obispa Katherine, no temen los desafíos.

Confío en que, mejor antes que después, todas estas personas sean bienvenidas al budismo y a todas las religiones y vías espirituales.

Los textos y enseñanzas budistas afirman, por lo general, que el estado de liberación está más allá del género. Entonces, ¿cómo a lo largo de la historia y aun hoy existen tan pocas mujeres que hayan podido hacer pública, visible, esa realización y/o transmitir enseñanzas? ¿Qué o quién tapa, vela, crea invisibilidad, a no ser que se comulgue con la visión androcéntrica?

Estas palabras, como todas, no pueden decir la verdad, pero intentan aproximarse a un mejor entendimiento. No expresan la totalidad del dharma, ni la claridad de la liberación, pero buscan expresar para que se sumen y se multipliquen las aportaciones y poder crear un nuevo paradigma en todas las religiones y vías espirituales. Un paradigma menos androcéntrico. Estamos en camino. ¡Por una vida bienaventurada!

Bibliografía:
“El budismo después del patriarcado”, Rita M. Gross, Editorial Trotta.
“Caos, creatividad y conciencia cósmica”, Rupert Sheldrake y otros, Ellago Ediciones.
“El cáliz y la espada: la alternativa femenina”, Riane Eisler, Editor H. F. Martínez de Murguía.
“La maldición de Eva”, Margaret Atwood, Editorial Lumen.

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Patriarcado y budismo
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