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BUDISMO
Visita a un centro: O Sel Ling



Por Agustín Araque

El mundo entre las nubes

Al cabo de varias horas de conducción, Granada me recibe al abrigo de la imponente majestad del macizo de Sierra Nevada cubierto de nieve. La ciudad me atrae con ese embrujo que emana de ella, pero debo seguir viaje hacia mi destino: O Sel Ling.

Tomo la carretera que conduce a la costa y, a partir de aquí, mis sentidos se ponen alerta para no dejar pasar el desvío a Lanjarón. Siento que estoy en el buen camino.

Lanjarón es una gran factoría en torno al negocio del agua: monumentales balnearios de finales del XVIII y manantiales de principios del XX. Su halo de opulencia, sin embargo, es un estrecho cinturón de dos o tres kilómetros que no llega hasta Órgiva, pueblo de rostro primitivo y ancestral, puerta del profundo valle que se abre a los pies de los gigantes Mulhacén y Veleta. Desde aquí debo seguir hasta Pampaneira, según me han indicado por teléfono. Sin embargo, a mitad camino me encuentro con el desvío que hay frente a la Ermita del Padre Eterno; este es, pues, el punto en que empiezan a fallar las instrucciones recibidas. ¡Magnífico! Uno de los encantos de viajar a lugares remotos es recuperar la posibilidad de perderse, que ha desaparecido en la rutinaria vida que llevamos en las ciudades.

La carretera sigue siendo de asfalto, pero es apenas de la anchura de un coche y hay que ir con cuidado con los socavones. Pronto se convierte en una pista forestal que se interna hacia arriba y hacia adentro de la montaña. A los bordes, unos extraños árboles, chaparros, de follaje extrañamente denso: son hermosas sabinas. A medida que asciendo por esta estrecha repisa y el abismo se agranda, tengo cada vez más la sensación de hacerlo por una línea apenas, un camino ficticio.

A poco más de dos kilómetros surge una desviación a mano derecha con un cartel que informa de que es el acceso a O Sel Ling. Ahora es una auténtica pista de montaña, con el firme de tierra. Bajo la ventanilla y me quito el cinturón de seguridad, mi pequeña ceremonia al cruzar el umbral de la civilización. El camino sube y sube y sube. El coche se ahoga en segunda, debido no solo a la pendiente sino también al mal estado del suelo. El paisaje es árido, de escasa vegetación, solo alguna encina de trecho en trecho pone un punto de agarre a la vista para que no se desplome hacia el vacío. Y llego por fin a mi destino.

Un rústico panel de madera informa de que a partir de ahí no se puede pasar con coche y de que las visitas se atienden de 3 a 6 de la tarde. Son casi las dos. Aparco el coche y sigo a pie. El camino pasa delante de una gran rueda de oraciones y luego se interna montaña arriba. Las rocas brillan como espejos y la arena del suelo procedente de ellas es luz líquida; después del primer deslumbramiento, comprendo que se debe a que todo está lleno de mica. La luminosidad es tan intensa que me impide ver las imágenes en la pantalla de mi cámara de fotos digital. La vegetación sigue siendo de sabinas y encinas, con su olor poderosamente acre y perfumado. A derecha e izquierda del camino principal se abren pequeñas sendas, interceptadas por un cartel de NO PASAR, que conducen a casas extrañamente quietas. Casas levantadas con la técnica milenaria de los refugios de pastores: lajas de pizarra amontonadas unas sobre otras formando gruesos y rugosos muros. Obedezco y me dejo guiar por las señales que van indicando “visitas”.

Llego al edificio central, no hay nadie; rodeo la casa y al final descubro que están en la cocina. Sale un hombre, alto, rubio, desgreñado, en mono de faena; habla andaluz con acento alemán; lleva un cuenco de postre en la mano y me informa de que es la hora del descanso: “vuelve a las tres”, me sonríe.



He estado conduciendo seis horas sin parar, para llegar cuanto antes, y ahora se me vienen encima de golpe el cansancio y el hambre. Y, con ellos, un estado de ánimo nada propicio a la gentileza. Tomo conciencia de ello y me voy a quemar la espera al abrigo de la estupa que me ha llamado la atención al entrar. Una vez ahí, me siento en una piedra plana, cierro los ojos y me dejo acariciar por el sonido del viento, el azote amable de las banderolas de oraciones y la música azarosa de los tubos chinos.

Una hora más tarde, estoy de nuevo en la secretaría; como sigue sin haber nadie, vuelvo a la puerta de la cocina. Allí ha empezado a reunirse todo el grupo de residentes, tras la hora del descanso. Me siento entre ellos como si ya fuera de la casa. Aparece enseguida Paloma, la monja responsable de O Sel Ling, con quien me había citado por teléfono. Me saluda con afabilidad, me pide que la acompañe dentro de la cocina y me pregunta si ya he comido. La cocinera, una bella chica israelí de aspecto élfico, me pone un plato de arroz, y me dejan solo para que coma tranquilamente.

Al acabar, lavo mi plato y mis cubiertos, los dejo en el escurridor, salgo y Paloma me está esperando. Me pregunta si me importa que hablemos al aire libre, sentados en la hierba; le digo que al revés: será un motivo de disfrute en un lugar como este.

Paloma es menuda y delgada, pero fuerte; si las personas estuviéramos hechas de madera, ella sería de raíz de roble. Ágil, inquieta, franca: la antigua hippie que recorría el mundo en bici aún se percibe bajo sus ropas grana y amarillo de monja tibetana. Enseguida me siento cómodo con ella. Acabo de conocerla y ya sé que compartimos un mundo.

- O Sel Ling significa Lugar de Luz Clara –me dice-. El nombre se lo dio el Dalai Lama, cuando estuvo en el año 82. Por entonces apenas se acababa de reconstruir el Cortijo y habían hecho la primera de las casitas de retiros, que es donde se alojó Su Santidad. Le dio este nombre porque le recordaba a Tíbet y porque, según dijo, era un buen lugar para meditar y para realizar la Luz Clara (la naturaleza de la mente). Se había inaugurado oficialmente el 3 de febrero del 80; un periódico de la zona lo acaba de recordar en su sección de efemérides. En el 81 ya empezó a venir gente a meditar. Y desde entonces ha habido épocas más florecientes y épocas más difíciles, pero la actividad se ha mantenido de forma ininterrumpida. Actualmente gozamos de buena salud: somos una comunidad de residentes de nueve personas y las casitas están ocupadas casi al completo.



- ¿Todos los residentes sois budistas?

- No, algunos vienen simplemente por el afán de colaborar, y luego se quedan porque les gusta la atmósfera que se respira. Hay mucha gente que viene aquí confundida: O Sel ling no es un monasterio, ni un refugio para gente cansada del mundo.

- ¿Qué es entonces?

- Es un centro de retiros. Por una parte hacemos una serie de cursos y retiros regulares, uno al mes por lo general; pero sobre todo nuestra actividad se basa en el mantenimiento de las doce casitas individuales que alquilamos a personas que quieren hacer su propio retiro espiritual.

- ¿Es solo para personas de vuestra tradición?

- No, en absoluto, cualquier persona, incluso no budista, que desee hacer un retiro espiritual puede venir aquí.

Me informa del precio, que depende del período de estancia (mínimo una semana), y de las reglas a que hay que atenerse. Las casitas tienen servicio de luz eléctrica y de calefacción a leña. Y todo el trabajo, incluida la comida, corre a cargo de las personas encargadas del mantenimiento del lugar.

- ¿Y si un escritor, por ejemplo, quisiera venir a retirarse para escribir?

- Tendría que hablar antes con él o ella. Si lo que está escribiendo entra dentro de un cierto trabajo interior, a lo mejor existe la posibilidad.

Es un día soleado del final del invierno, un duro invierno que ha dejado aquí nevadas de más de un metro, y gozamos por fin de una atmósfera diáfana y una temperatura agradable. Mientras estamos sentados cara a cara, Paloma mira hacia el oeste y el sol pone en sus ojos brillos de intensa vitalidad.

Hablamos ahora de los inicios del budismo en España, allá por el año 77, en plena época hippie, con la llegada de Lama Yeshe y Lama Zopa a Ibiza (Kalu Rimpoché ya estaba en Francia e hizo también alguna visita a España; y Akong Rimpoché fundaba el primer centro urbano en Barcelona). Paloma se incorporó más tarde, a principios de los ochenta, y llegó a estar al lado del Lama Yeshe, que murió en el 85, y a ayudar a María, la madre del lama Osel, a cuidarlo cuando nació, antes de que fuera reconocido en el año 86 como la reencarnación del lama Yeshe. Tantas cosas, una vida dedicada por completo al budismo desde entonces.

La gente que va a participar en el curso que hay este fin de semana comienza a llegar y Paloma debe incorporarse a sus tareas. Yo me encamino, para dejar mis cosas, hacia la casita que me han asignado. Es una pequeña habitación sin más mobiliario que cuatro literas, dos mesitas y dos sillas. Ante su puerta se despliega en toda su amplitud uno de los paisajes más espléndidos de las Alpujarras, el valle de Órgiva y el rosario de aldeas que lo habitan: Carataunas, Soportújar, Pampaneira, Bubión, Capileira (durante mi estancia no me cansaré de mirarlas, de sentir su presencia reconfortante).

Se cena pronto, a las siete y media. Somos apenas siete u ocho personas, la mayoría mujeres (el resto llegarán mañana a primera hora). Un puñado de desconocidos que comparten mesa con la mayor naturalidad del mundo. Hay dos mujeres que han venido desde Portugal y comentan que por allí hay muy poca actividad budista, están las dos responsables del centro Nagarjuna de Granada, una señora de Madrid, yo que soy de Valencia, otro hombre que apenas habla y una chica de Córdoba de unos treinta años. Los demás estamos ahí en ese rellano de entre los cuarenta y los cincuenta, con aspecto de viernes y cansados pero de estar haciendo lo que nos hemos propuesto. Unos muestran mucha vitalidad, otros son muy comunicativos, y otros parecen desorientados. Bienvenidos al club de los buscadores de su propia mente.

Al salir, es completamente de noche y la humedad de la atmósfera se ha condensado sobre el valle formando una sólida capa de nubes. Desde el porche de la casita que ocupo, desde el reino del silencio y de la claridad nocturna, puedo sentir, ochocientos metros más abajo, hundido en ese mar de nubes, el latido del mundo: el ruido de la música de alguna fiesta de viernes noche. Está bien, siento, y lo anoto entre los méritos de este Lugar de Clara Luz, el que desde aquí se mantenga el contacto con la vida de la gente común.

Para acabar el día, hay una meditación en la gompa (la sala de meditar). Se trata de una estancia reducida donde no cabrían más de una docena de personas, rústica y confortable, como un refugio de alta montaña de cualquier lugar y cualquier época. Cuando todo el mundo se retira, yo me quedo aún un rato sentado en meditación: quiero sentir a fondo el espíritu del lugar. Fuera, cerca, estalla la inesperada algarabía del croar de las ranas. Al cabo de un tiempo, se hace el silencio.

De vuelta a mi casita, sigue el sonido de la fiesta allá abajo, en el mundo entre las nubes. Arriba, las estrellas.

Intento coger el sueño y no puedo. Tengo la mente agitada por el viaje, las expectativas, mi trabajo. Uno acude a un lugar como este buscando dejar atrás el trajín mundano y, cuando el mundo se para, surge la intensa agitación de la actividad interna. Hay que tener paciencia con el movimiento de la propia mente, darle tiempo para calmarse: dos días, tres días. Paciencia.

Esta primera noche apenas duermo. La llegada a un centro de práctica budista no suele ser feliz, nuestros errores quedan enseguida a la vista (a nuestra vista íntima) y nuestras imposturas al descubierto. La felicidad se descubre siempre luego, cuando uno regresa a casa y se da cuenta de que, después de haberse mirado a los ojos a sí mismo, ya nada nunca será igual.

Más info: http://oseling.com



CÓMO LLEGAR
Ir hasta la carretera Granada-Motril. Tomar el desvío a Lanjarón y, pasado Lanjarón, llegar hasta Órgiva. En Órgiva hay que tomar un desvío a la izquierda hacia Pampaneira. A 7 kilómetros de haber tomado esta carretera, en la pequeña explanada donde está la ermita del Padre Eterno, hay un desvío a mano izquierda que hay que coger. A dos kilómetros y poco, esta vez a mano derecha, surge una pista donde hay un indicador que ya señala que por ahí se llega a O Sel Ling (son 5 kilómetros más).



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