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Antonio Mínguez, vicepresidente de ADIM (Asociación para el Diálogo Interreligioso de Madrid)

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Todos hemos sido bárbaros alguna vez



Por Antonio Mínguez

Según los últimos sondeos de opinión, el problema que más preocupa en la actualidad a la ciudadanía de este país, y al parecer en toda la U.E., es el fenómeno de la inmigración. El paro, el trabajo basura cada vez más generalizado, la carestía de la vida, y otros hechos que realmente influyen en nuestra calidad de vida, han pasado a segundo término. Los generadores oficiales de angustia han conseguido, una vez más, plenamente sus objetivos.

Nuestra sociedad, egoísta y ensimismada, ha perdido la memoria. Pero, recordar es tener presente lo que ya se sabe y, quizás, en esta ocasión resulte difícil, porque no hay desmemoria sino ignorancia. Pocos de los bien pagados voceros que se ganan la vida al servicio de causas infames, infundiendo miedo en las gentes sencillas, y que presentan el fenómeno de la inmigración como una amenaza, saben, y si lo saben lo callan, que solo entre los años 1846 al 1932 emigraron hacia América, Asia y África más de cincuenta millones de europeos, de los cuales cuatro millones fueron españoles.

La mayoría de ellos intentaban escapar de la pobreza que en sus respectivos países generaban el naciente capitalismo y el liberalismo rampante. El mismo fenómeno que impulsa a los inmigrantes de hoy a jugarse la vida para llegar a nuestras costas. También nos olvidamos de que aquellos europeos colonizaron y explotaron, en su exclusivo beneficio, los recursos de los países a los que llegaron, contribuyendo con ello a alcanzar la mayor riqueza y desarrollo de los países occidentales. Desarraigaron costumbres y culturas ancestrales con el pretexto de llevar la 'civilización' y la 'verdadera religión', partiendo del razonamiento erróneo de que los conocimientos tecnológicos, que por otro lado tampoco compartieron con generosidad, hacen superior a una cultura sobre otra; sin tener en cuenta que todo conocimiento es patrimonio de la humanidad y que si en Europa pudo florecer, en un determinado mo-mento histórico, una tecnología superior a la desarrollada en otras regiones del planeta, fue como consecuencia de la herencia recibida de otras culturas anteriores.

Dice un autor camerunés que "La emigración voluntaria aparece desde siempre como un medio para realizarse como ser human", pero nosotros la percibimos como una amenaza cuando somos los receptores, y ponemos medios para evitar sus efectos olvidándonos completamente de solucionar sus causas. Cuando escribo estas líneas, los medios de comunicación, con tono de alarma, facilitan estadísticas según las cuales la natalidad de hoy es superior en la población inmigrante que en la autóctona, y el hecho se presenta como una tragedia de desagradables consecuencias futuras. Gracias a un acontecimiento feliz he tenido la oportunidad de comprobar la veracidad, al menos aparente, de esta noticia. Esta mañana he estado en el registro civil cumpliendo con el requisito burocrático de inscribir a mi tercer nieto, una niña.

Nacen tantos niños en Madrid que he tenido que emplear dos mañanas para el trámite. La primera vez cometí la torpeza de ir con el coche, y, como las oficinas están situadas en zona de aparcamiento controlado y tenía por delante muchos números, tuve que dejarlo para el día siguiente porque vencía la hora permitida. Este hecho, dicho entre paréntesis, es un ejemplo de que las medidas que se toman para facilitar la vida de las personas se piensan en abstracto y pocas veces de forma práctica, de manera que, en la mayoría de las ocasiones, solo consiguen complicarla más. Me acordaba de la excelente novela de John Irving, "Las normas de la casa de la sidra", llevada al cine por Lassc Hallstrom, donde se demuestra, de forma genial, cómo todo aquel que dicta unas normas, por lo general, está exento de cumplirlas: por ejemplo, ¿a que nadie conoce a un alcalde o concejal de ayuntamiento que haya prohibido aparcar en una calle si vive o trabaja en ella y no tiene plaza de garaje o chófer? El segundo día llegué a las once de la mañana y tenía cien números por delante de mí.

Observando a las personas que se encontraban en la sala, la mayoría jóvenes, comprobé, de forma práctica, el fenómeno que está viviendo nuestra sociedad resaltado por la prensa: la mayor parte eran de origen extranjero, con predominio de los sudamericanos y los africanos, algunos de los cuales llevaban con ellos a sus recién nacidos. Desde que soy abuelo, se me ha despertado una gran sensibilidad hacia la infancia en general. La paternidad me hizo pensar en mis hijos de manera egoísta e individual, como una proyección personal. Esta nueva experiencia es más intensa, más amplia, más universal, más generosa. Veo en mis nietos el milagro de la continuidad y, ante cualquier niño, experimento el mismo sentimiento de protección y ternura. De manera que pasé el resto de la mañana entre la lectura del periódico y el placer que me proporcionaba la contemplación de los pequeños.

La prensa del día daba noticias del feliz desenlace del episodio protagonizado por el pesquero español "Francisco y Catalina", ejemplo de generosidad y sentido de la responsabilidad, y también del miserable regateo de los gobiernos europeos para dar asilo a unos pobres náufragos; y cómo no, de la llegada de más pateras y cayucos a las costas canarias, esta vez, con dos fallecidos a bordo; y una foto de una madre con su hijo que viajaban en la misma embarcación: La madre abraza al niño, que recuesta la cabecita sobre su hombro. Es una mujer de color, joven, de gran belleza; lleva puesto un chandal, posiblemente facilitado por la Cruz Roja, la capucha cubre su cabeza, pero permite ver el rostro. Tiene una expresión de tristeza y de reflexión, mezcla de dolor, resignación, y, quizás, de consuelo por haber salvado la vida.

El niño está envuelto en una burda manta, acurrucado por el frío y protegido por su madre; su rostro queda al descubierto, puede tener tres o cuatro años; sus ojos grandes, muy abiertos, tienen una expresión de interrogación y miedo: es un misterio la capacidad intuitiva de los inocentes para captar la realidad en toda su crudeza y percibir el horror y el sufrimiento. Lo podemos ver todos los días en las caras que nos ofrece la televisión de los niños de Irak, Líbano y de otros desgraciados países víctimas, y, si somos observadores, a nuestro propio alrededor. Aparecen otras fotos del resto de los ocupantes del cayuco, imágenes que, por sí solas, compendian una cruda realidad: esas criaturas desamparadas son el resumen de la historia reciente de un continente, en sus rostros y miradas, se puede descubrir el gesto de la desolación presente y el dolor atávico infringido a su raza.

Existen tres nombres trágicos que destacan, entre los muchos que conforman la sufrida historia y geografía de África: Gorée, Bagamoyo y Zanzíbar, relacionados todos con el ignominioso episodio de la esclavitud: Gorée es una pequeña isla del Atlántico, en la costa del Senegal, a tres kilómetros de Dakar, hoy destino de hippies trasnochados y turistas; desde el siglo XVI al XIX, fue el lugar donde se recluía a los hombres y mujeres secuestrados en el África occidental antes de ser trasladados al continente americano. Bagamoyo, en Tanzania, es el último lugar del continente en la costa oriental, donde se hacinaban los esclavos para ser embarcados a Zanzíbar, pequeña isla del Océano Índico, y desde allí ser enviados a los mercados de Arabia y Golfo Pérsico. El horror del que fueron testigos estos lugares es indescriptible.

Europeos y árabes fueron los grandes promotores de este negocio infame. Traficantes árabes convertidos en jeques poderosos inmensamente ricos; negreros blancos al servicio de las potencias occidentales, que transformaron a los seres humanos en triste mercancía y arrasaron en crueles racias y levas países enteros, a veces esquilmando etnias completas, en Senegal, Angola, Gambia, Guinea, Costa de Marfil y en la actual Ghana, llamada entonces Costa de Oro o Costa de los Esclavos. Se calcula que fueron de ciento cincuenta a ciento ochenta millones los nativos capturados y vendidos como esclavos desde el siglo XVI a los inicios del XX.

El mayor holocausto, junto con el exterminio de nativos americanos, que ha conocido la historia de la humanidad, muy superior a los sufridos por judíos, armenios y kurdos, y del que sin embargo hoy apenas se habla. Recuerdo todos estos datos mientras estoy en el Registro, y pienso cómo será el futuro de esta generación que ha de convivir con nuestros hijos. ¿Serán tratados con respeto y en igualdad de condiciones con los nuestros? ¿O, por el contrario, sufrirán discriminación y serán víctimas de los sentimientos xenófobos que muchos se encargarán de alimentar? Se me ocurre que para evitar estas desgracias sería imprescindible que a los niños se les enseñara desde muy pequeños nuestra verdad histórica: qué hicimos durante siglos con los nativos de América y África.

Deberían leer desde muy jóvenes al padre Bartolomé de las Casas ("Breve informe sobre la destrucción de las Indias"), a Erling Bache ("Hombres blancos en los trópicos"), a Joseph Conrad ("El Corazón de las tinieblas"), al imprescindible Kapucinski, ("Ébano") al profesor José Carlos García Fajardo, del que he tomado prestadas algunas cifras de su precioso libro ("Encenderé un fuego para ti"), y a Javier Reverte ("Los caminos perdidos de África") y tantos otros que han contado una verdad que pocos quieren oír. Deberían conocer con detalle la historia de personajes como el rey Leopoldo II y su explotación inclemente del Congo en su propio y exclusivo beneficio, y de otros muchos dignos de un Borges y de su "Historia de la infamia", como por ejemplo: el presbítero americano Cotton Mather de la Segunda Iglesia de Boston, que recomendaba como una obligación cristiana el exterminio de los indios americanos, a los que llamaba "paganos tostados", y a los cuales se refería diciendo: "Los nativos son agentes paganos de Satanás y nosotros los colonos somos el pueblo de Dios afincado en el territorio del demonio"; llegando a recomendar su exterminio como una obligación moral, al extremo de decir en una ocasión, desde el púlpito, al enterarse del asesinato de seiscientos de ellos mediante el fuego, que había sido "Una maravillosa barbacoa".

Y saber también, entre otros ejemplos, que el presidente de los E.E.U.U. Andrew Jackson recomendaba en el Congreso el exterminio de toda la nación Cherokee, a pesar de que un nativo de esa tribu le salvó la vida en el año 1814. Enseñar todo esto, en su momento adecuado, con naturalidad y humildad, para ser asumido, es contribuir a la paz y el entendimiento entre los hombres y los pueblos. Ahora está de moda pedir perdón por los errores del pasado. Está bien, pero no sirve de nada si no nos hace conscientes de nuestros errores de hoy. Cuando una generación ignora los crímenes y las injusticias que ocurren a su alrededor sin denunciarlas y poner remedio, la siguiente echará la culpa a Dios por haber permanecido callado y permitirlo, y eso, además de hipócrita, es estúpido y absurdo.

La culpa de nuestros actos es exclusivamente nuestra, y sobre todo de aquellos que en cada momento tienen la responsabilidad y conducen los acontecimientos; pero ocurre que, como decía antes con motivo de un hecho baladí, quienes dictan las leyes, crean las normas y provocan los acontecimientos, casi nunca se ven afectados por los resultados, si no es para salir beneficiados. Son señores indiscutibles de sus feudos, amos absolutos de sus siervos, príncipes consagrados de sus iglesias, viven protegidos en los blindados palacios de sus egos de acero, pero a pocos se les ocurre, como al príncipe Gautama, escaparse una noche sin luna a conocer el mundo para descubrir la realidad en el sufrimiento del otro: en el nacimiento sin amparo, en el hambre sin consuelo, en la pobreza sin esperanza, en la enfermedad y la vejez sin asistencia, en la muerte prematura provocada e inútil. Ha llegado el momento de dejar de reprochar su pasividad a los dioses, que cuando hablan es para incitarnos a la guerra, y empezar a sentirnos únicos responsables de nuestros errores; de escuchar nuestra propia conciencia en el silencio del vacío, para descubrir la verdad universal del sufrimiento y la obligación inexcusable de ponerle remedio.

Dedicado a mis niet@s, con el deseo de que, en la medida de sus fuerzas, aprendan a cumplir con el deber sagrado de cada generación: contribuir a dejar un mundo mejor del que han recibido.


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