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¿Tolerancia o ecuanimidad budista?

Antonio Mínguez Reguera


El día 10 de diciembre del año 1950, la Asamblea General de la Naciones Unidas invitó a todos los estados y organizaciones interesadas a observar el Día de los Derechos Humanos. Desde entonces, casi cada año, ha venido proponiendo la observancia de una fecha para denunciar los acuciantes problemas que azotan a la humanidad: el hambre, la violencia de género, el analfabetismo, la infancia desamparada (es decir, casi toda), el sida, etc. A la vista de los escasos resultados prácticos, y de la lentitud de los cambios, tenemos derecho a dudar de la eficacia de estas celebraciones, pues, a pesar de que sirven para poner en movimiento a multitud de seres bien pensantes, participando en actos públicos mediante conferencias, discursos, cuestaciones y todo tipo de actividades a su alcance con el propósito de concienciar a otros semejantes de estas tristes realidades que nos afligen, sucede que, en la práctica, estas personas entusiastas suelen tener pocas posibilidades para modificar la realidad. No sabremos nunca si, aquellos que tienen el verdadero poder y la facultad para cambiar el signo de los acontecimientos, irán más allá de participar en los actos públicos y hacer alarde de buenas intenciones.

Sin embargo, a pesar del aparente carácter cínico de estos gestos, resultan positivos en sí mismos, pues su ausencia nos crearía una conciencia tan mala como el hecho de no felicitar a la abuelita por navidad, aunque luego nos pasemos el resto del año sin verla ni llamarla sabiendo que nos necesita.

Dentro de este conglomerado de días dedicados a resaltar las calamidades universales, el 12 de diciembre de 1996 la Asamblea General de las Naciones Unidas invitó a todos los estados miembros a que el 16 de noviembre observaran, todos los años, el Día Internacional de la Tolerancia. Evidentemente, se trata de una iniciativa loable y necesaria, a la que no vamos a restar importancia, pues vivimos en un mundo en el cual la actitud predominante es su contraria, la intolerancia, que, sobre todo en el terreno religioso, ha sido la causa de gran parte de las guerras y persecuciones en tiempos pasados no muy lejanos.

Por esta razón, cuando el filósofo inglés John Locke, uno de los padres de la Ilustración y el pensamiento moderno, escribió en el s. XVII sus dos tratados, "Ensayo sobre la tolerancia" (1666) y "Epístola de la tolerancia" (1685), se consideraron revolucionarios y subversivos. Las ideas que desarrolló en esos escritos, el lenguaje y actitud que proponía, resultaban desacostumbrados en su época, teniendo en cuenta que Inglaterra y toda Europa estaban en esos momentos saliendo de las guerras y revueltas de religión que provocó la Reforma. El irónico e ingenioso Voltaire, que en su destierro forzoso de tres años en Londres conoció y se identificó con las ideas de Locke, escribió posteriormente su "Tratado sobre la tolerancia", lo que igualmente resultó un revulsivo, en una Francia sacudida también por la intransigencia religiosa. Estos acontecimientos se sucedían en una Europa que ya estaba iniciando la colonización y conquista del resto del mundo y llevando su cultura y civilización, unida a su religión, a otros pueblos "salvajes y bárbaros".

Pocos europeos suponían, por entonces, que todas aquellas ideas innovadoras que empezaban a fraguarse en la mente y el corazón de algunos pensadores y filosófos, no sólo de los citados Voltaire y Locke, sino también Spinoza, Montaigne, Pico de la Mirandolla, y posteriormente todos los padres de la Ilustración que hicieron posible la "Edad de la Razón", "El Siglo de la Luces" y otros tópicos progresistas, ya habían sido planteadas y superadas, con creces, muchos siglos antes, en un remoto lugar del continente Indio.

Resulta asombroso el paralelismo existente entre la definición de 'razón' por parte de Kant y el contenido del "Kalama Sutta", atribuido al propio Buda. Dice Kant: "...Aquello que hace libre al hombre es su capacidad de razonar al margen de toda creencia e influencia de las tradiciones; sólo la lógica y el pensamiento filosófico le pueden aportar su verdad y, con ella, su liberación..." ("Qué es la Ilustración I", Kant. Alianza Editorial). Y extraemos del "Kalama Sutta": "...No os dejéis inducir por relatos o la tradición, por rumores, ni por el contenido de un texto religioso, ni por simple lógica o inferencia, ni por la consideración de apariencias, ni tras reflexión o aprobar una teoría, ni siquiera por posibilidades plausibles, o en consideración al hecho de que este 'eremita es mi maestro'. Pero cuando sepáis por vosotros mismos: 'estas cosas son dañinas, estas cosas son censurables e inútiles', entonces rechazadlas. Y cuando sepáis por vosotros mismos 'estas cosas son saludables, intachables y provechosas', entonces aceptadlas y perseverar en ellas..." (siglo IV a.c.).

Después de este corto recorrido histórico tras la búsqueda de los orígenes de la actitud tolerante en nuestras sociedades occidentales, nacida de las mejores mentes, aceptada y practicada por los mejores corazones pero nunca conseguida del todo, me propongo plantear también una breve reflexión sobre su significado y trascendencia, partiendo del verdadero contenido del vocablo. En la moral surgida de nuestra cultura, utilizamos las expresiones tolerancia y tolerante para referirnos a una supuesta virtud del ánimo, a una actitud positiva frente al prójimo. En la filosofía y práctica budista, el equivalente sería la ecuanimidad. Si buscamos en un diccionario de sinónimos los términos relacionados con ambas palabras, tolerancia y ecuanimidad, nos encontramos con lo siguiente:

"Tolerancia: condescendencia, disimulo, contemporización, transigencia, resignación, aguante, soportar algo extraño a nuestra naturaleza, permiso", etc.

"Ecuanimidad: integridad, rectitud, neutralidad, razón, justicia, objetividad, imparcialidad, honestidad, serenidad, inalterabilidad, sabiduría", etc.

Vemos, pues, en razón de los significados de una y otra, que, al lado de una persona ecuánime, el tolerante viene a resultar sólo: un soberbio condescendiente.

Me he permitido esta pequeña disquisición lingüística para llamar la atención desde la afirmación platónica de que las palabras y los conceptos no son 'esencias', sino 'acuerdos'; y la lengua y el lenguaje predominante, indicios del carácter de un hombre, de un pueblo y de una cultura. Así pues, el acuerdo establecido para tolerancia ha resultado el equivalente de una virtud, en el seno de aquellas sociedades cuyo bagaje cultural, social y herencia histórica, provienen de una forma de entender el mundo basada en los dogmas y dictados de religiones que se consideraban a sí mismas, cada una de ellas, como la única fe verdadera, unido a sentimientos de superioridad racial y cultural. Resultado: hemos llegado a considerar una actitud ejemplar (y lo es por comparación) el hecho de que aquellas personas o grupos sociales que se encuentran en una situación predominante "permitan" y "consientan", desde su superioridad, la existencia y manifestación de seres o ideas diferentes a las suyas.

La actitud ecuánime surge de forma natural del pensamiento y práctica de la filosofía y religión budista. Como hemos visto por sus sinónimos, la ecuanimidad proporciona una visión amplia, profunda y generosa en el reconocimiento de la alteridad. Comprendiendo su sentido, desaparecen las diferencias de grados entre yo y el otro, entre lo mío y lo suyo. Aceptamos que todo tiene un espacio y un derecho a existir por su sola razón de ser, en el mismo plano de igualdad, sin falsas condescendencias ni transigencias forzadas; es cuando podemos comprender, porque, a partir de aquí, ya no se está seguro ni de saberlo todo, ni de ser mejores. Entendemos que no existen otras diferencias fundamentales entre las personas que aquellas que proporcionan las circunstancias del nacimiento y otras causas puramente accidentales, pero que, en esencia, todos somos iguales, de la misma naturaleza; como dice un joven poeta malagueño: "...los seres humanos son como las olas del mar; todos, grandes y pequeños, cuando llegan a la orilla se convierten en espuma".

Esta libertad de juicio es la piedra angular del sentimiento de convivencia y respeto budista, que, a lo largo de los siglos, desde sus orígenes hasta hoy, ha dado lugar a que el budismo sea considerado la religión más pacífica de la historia y la que menos conflictos ha generado por razones ideológicas. El venerable maestro budista vietnamita Thich Nhat Hanh recomienda, en su "Nueva formulación contemporánea de la ética budista": "No penséis que el conocimiento que poseéis es inamovible, verdadero absolutamente. Evitad ser estrechos de mente y aferraros a vuestras opiniones presentes. Aprended y practicad el desapego hacia las opiniones para estar abiertos y recibir los puntos de vista ajenos...". (Me permito recomendar la lectura del texto completo).

Es evidente que esta actitud surge de una visión más profunda y noble de la realidad que la originada por la simple tolerancia: con un carácter ecuánime se ejercita la razón, la justicia, la integridad y la imparcialidad. Se pone en práctica la generosidad en su más amplio sentido: una de las Seis Paramitas* budistas, cuya observancia es imprescindible en el desarrollo del camino.

Existe un dicho budista al que S.S. el Dalai Lama se refiere con frecuencia: "Todas las innumerables enseñanzas del Buda y sus ingentes comentarios se pueden compendiar en la siguiente frase: no hacer el mal, hacer siempre el bien y mantener limpia nuestra propia mente". De acuerdo con este sublime resumen, una actitud tolerante sería acorde con la primera oración: "No hacer el mal", actitud digna y benevolente, pero pasiva. La ecuanimidad se relacionaría con la segunda: "Hacer siempre el bien", pues supone el ejercicio de multitud de virtudes activas que contribuyen a promover la bondad y, al mismo tiempo, facilitarían con su ejercicio la posibilidad de alcanzar la propuesta que contiene la tercera oración: "Mantener limpia la propia mente", porque, así, queda liberada de los venenos del odio y el orgullo que proporcionan los sentimientos de superioridad.

Según los primeros versos del "Dhammapada"*: "...El pensamiento precede a la acción como el buey a la carreta...". De aquí la importancia de estas sutiles diferencias de matices entre actitudes que aparentemente van encaminadas al mismo fin. En principio pueden parecer superfluas, pero si las analizamos detenidamente comprendemos su verdadera importancia para mantener una postura ante el mundo. Estamos viviendo tiempos de grandes contradicciones: desde algunos ámbitos, se anuncia la posibilidad de graves enfrentamientos entre las culturas y civilizaciones, como una salida inevitable para solucionar las dificultades que plantea la compleja situación del mundo actual. En el capítulo doce de su obra "El choque de civilizaciones", Samuel P. Huntington, entre otras predicciones estremecedoras, dice textualmente: "Sea cual sea el resultado inmediato de esta guerra planetaria entre civilizaciones -la mutua devastación nuclear, una pausa negociada como resultado del agotamiento de ambos bandos o la marcha final de fuerzas rusas y occidentales hasta la plaza de Tianamen-...". Palabras preocupantes, a las que llega después de lo que él cree sólidos e incontestables argumentos. Pero, afortunadamente, existen, en otros ámbitos, aunque sean tachados de ingenuos por algunos, otras formas de ver el problema que sugieren la alianza y el diálogo en vez de la confrontación.

La filosofía y religión budista, si es pura, siempre se inclinará por las soluciones pacíficas en pensamiento, palabra y acción. El recogimiento budista no supone aislamiento ni marginación del mundo. En los libros "Anguttara-nikaya" y "Therigatha" se narra cómo el propio Buda, con un sermón sobre el valor de la vida, evita una batalla entre dos ejércitos prestos al combate. Los conflictos entre seres humanos no son un hecho de hoy ni de ayer, sino tan viejos como la propia humanidad, pero ahora el recurso a la violencia para resolverlos es más peligroso que nunca: no solamente peligra el futuro de la especie humana, sino también el del conjunto del planeta.

Por todo esto, nos atrevemos a proponer desde aquí, no sin cierta dosis de humor, a las Naciones Unidas, que se planteen incluir entre sus numerosas observancias la celebración del Día Internacional de la Ecuanimidad: es decir, promover la idea de asentar la convivencia desde planos de igualdad y respeto mutuo, basado en el reconocimiento de los valores diferentes a los nuestros como equivalentes, y la fragilidad de la convivencia cuando se intenta establecer desde un sentimiento de superioridad condescendiente y resignado. No podemos aceptar intelectualmente que, en el mundo de hoy, surjan conflictos armados y se pueda justificar la violencia por razones culturales, religiosas o raciales. No se pueden disfrazar con otros nombres los conflictos que genera la geopolítica, en su estrategia por el dominio de los recursos económicos. Por favor, empecemos a diferenciar, por nosotros mismos, lo dañino, censurable e inútil de lo saludable, intachable y provechoso.

*Paramitas: La seis cualidades que llevan a la iluminación según la enseñanza budista mahayana: generosidad, moralidad, paciencia, energía, concentración (o meditación) y sabiduría. Sin la práctica de la generosidad en sus diferentes aspectos es imposible desarrollar las demás en plenitud.

*Dhammapada: Uno de los textos más conocidos del Canon Pali. Significa "Sendero de la virtud"; y, en breves sentencias, resume la vida y las enseñanzas de Buda.



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