revista dharma
 

Antonio Mínguez Reguera



Hace unos meses, con motivo de la desaparición y posterior hallazgo del famoso cuadro “el Grito”, obra representativa del pintor noruego Eduard Munch, vino a cobrar de nuevo populosa actualidad este genial ejemplo de la pintura expresionista. Durante unos días, la fotografía del cuadro se reprodujo profusamente en la prensa diaria, y, si bien las informaciones se limitaban al robo de la obra de arte y su recuperación por la policía, la imagen, en medio de las noticias habituales de nuestro mundo, se convertía, una vez más, en la metáfora del horror que la crueldad habitual de algunos comportamientos humanos inspiraron a su autor al realizar la obra.

Ningún tiempo pasado fue mejor, pero el mundo y la sociedad que reflejaban las páginas de los diarios durante los días en que el cuadro cobró protagonismo contribuían a que el grito de angustia que emite el personaje central de la obra resonara en nuestros oídos como una llamada de atención para hacernos conscientes de la realidad que nos rodea y que creamos continuamente.

Munch perteneció al grupo de pintores expresionistas europeos que entendieron y practicaron el arte más allá de una exclusiva función ornamental y de registro de los acontecimientos; sintiendo la necesidad de expresar el sufrimiento que causan al ser humano la pobreza, la violencia y la pasión: el drama humano marcado por sus experiencias vitales.

Toda la serie de variantes de “El Grito” fueron creadas en torno al año 1893. Pretendía con ellos hacer una denuncia de la sociedad noruega, que se había subordinado a los valores materiales, abandonando todo sentimiento de solidaridad y cayendo en el ejercicio de una doble moral hipócrita que, según él, intentaba disimular la carencia absoluta de sentimientos humanitarios. Esta corriente no era exclusiva de su país natal, recorría Europa y América, como la consecuencia natural de los valores e ideales que el liberalismo económico propagaba.

Meditando en el significado de la obra, y repasando la historia del siglo transcurrido desde su creación, entre sus múltiples lecturas cabe interpretar que, el protagonista, huyendo de una realidad que le aterra y que deja a su espalda, mira hacia el futuro y la fugaz premonición de lo que se avecina le hace proferir, con gesto desencajado, el pavoroso grito de angustia que llena el cuadro.

Finalizaba el siglo diecinueve, y ya se estaban gestando las condiciones para la inmensa tragedia que ha supuesto en la historia de la humanidad el siglo veinte, sin que a día de hoy le veamos solución de continuidad. Desde mucho antes de Hobbes (1) sabemos que el hombre no es un cordero para el hombre, pero en este último siglo, las actuaciones de los lobos han sido tan desproporcionadamente crueles e insensatas que todas las teorías del Leviatán han devenido infantiles.

La prensa con la que nos desayunamos y los noticiarios que vemos durante la comida o la cena se han convertido en el máximo exponente de la cultura gore. La costumbre y la repetición nos han insensibilizado de tal manera que hemos perdido nuestra capacidad de juicio y de criterio, y cuando lo mantenemos sólo sirve para hacernos conscientes de nuestra impotencia para oponernos a la sinrazón.

No se trata sólo del conteo diario de muertos civiles en países humillados que, de cien en cien, llegan a sumar decenas de miles, con el resultado perverso de convertir el sufrimiento personal e individual en pura estadística, como si el dolor voluntario e injusto infligido a un solo ser no fuera suficiente para justificar “El Grito”; o de las noticias de países sumidos en la pobreza a causa de las guerras provocadas por intereses ajenos. También vienen cargados de opiniones y actitudes interesadas y partidistas, que niegan la posibilidad del diálogo como medio y alternativa para la solución de conflictos violentos en evitación de futuras víctimas; o de reproches a la “Razón ilustrada” por algunas autoridades religiosas, culpabilizando a los ideales que transmite, como responsables de actitudes naturales que hoy se liberalizan y ellos condenan, olvidando que de sus principios de libertad y justicia han nacido los valores alternativos que hoy nos permiten, a pesar de todo, vivir en democracia. De igual manera, podemos ver, aterrados y sorprendidos, el amplio consenso que encuentran todavía los calígulas modernos, capaces de ahorcar al compañero desafecto, aunque sea un tirano enemigo, cruel y detestable, pero inerme y vencido.



No es de extrañar que si nos dedicamos a observar el rostro de las gentes que nos rodean, o el nuestro propio, en los transportes públicos, en la calle, en cualquier lugar de multitudes, apreciemos, en la mayoría de las personas, una expresión triste, dolorida y desesperanzada que, a veces, es sólo un grito contenido. Es como si a las vidas particulares de los individuos sensibles, mediante un proceso de integración holística, inevitable e inconsciente, se añadiera la carga universal del sufrimiento ajeno.

Para Albert Einsten, quien tanto contribuyó con su talento a la evolución de la ciencia y la tecnología del siglo pasado, que tantas esperanzas de un futuro mejor iban a despertar en la humanidad y que, al mismo tiempo, han contribuido a desarrollar los medios de destrucción y aniquilamiento hasta límites apocalípticos, la gran pregunta que se le plantea a la humanidad es si existe una manera de liberar a los seres humanos de la fatalidad de la guerra. Y, quizás, la pregunta tenga una contestación afirmativa: nuestra generación ha sido, en toda la historia de la humanidad, la única consciente de percibir el cambio. Las anteriores apenas vieron transformaciones a lo largo de su vida con la suficiente trascendencia para hacerles sentir la realidad de vivir en su madurez un mundo completamente diferente al que conocieron de niños. Pero estos cambios hasta ahora sólo han sido externos. Nuestros comportamientos y las pasiones que los inspiran siguen siendo los mismos que los del hombre que vivió en las cavernas. Si nos atenemos a los relatos bíblicos, la historia humana comienza con una desobediencia y un fratricidio, y Caín sigue siendo, por el momento, el primer protagonista de nuestras existencias.

Sin embargo, todos sabemos que para contestar afirmativamente a la pregunta de Einstein es necesario que se produzca un verdadero cambio, profundo y radical, que modifique, con nuevo rumbo, nuestra evolución y desarrollo como especie. Pese a nuestra resistencia a aceptarlo, hemos tenido que admitir que no somos seres creados de una determinada forma que deba permanecer sin modificarse durante el tiempo que duremos en este planeta. Hay una evolución de la que formamos parte, que implica una transformación, lenta e imperceptible, con mutaciones que duran milenios o millones de años, pero que existe. Según la neurología, nuestro cerebro ha llegado a su máximo de perfección como órgano y está preparado, desde el punto de vista de su organización y capacidad neuronal, para desarrollar funciones infinitamente superiores a las que hoy realiza sin necesidad de cambios morfológicos sustanciales, sólo se precisa un nuevo aprendizaje: un nuevo paradigma de interpretación de la realidad y de comportamiento.

Nuestra transformación, nuestra futura mutación, quizás haya empezado a producirse. Ya no serán necesarias nuevas adaptaciones físicas al medio, puesto que la tecnología lo pone a nuestra disposición y servicio, convirtiéndolo en subsidiario y no en determinante de nuestros cambios. Ahora la mutación deberá ser interna: el paso a la verdadera humanidad. En un cierto sentido, podría coincidir con la utilización de la ciencia para exclusivos fines benéficos, como proponen los antropólogos Eudald Carbonell y Robert Sala en su obra “Aún no somos humanos” (2). Pero es imprescindible que vaya más allá en el terreno del espíritu, para que Caín se quede para siempre en la pura mitología. El cambio necesario es de naturaleza interna, de visión de la vida, de una nueva concepción de nuestra humanidad.
Si siguiéramos poniendo etiquetas a los saltos evolutivos que se han producido desde el homo erectus al sapiens, al faber, al tecnológico, al nuclear, etc., el paso siguiente, la verdadera transformación, sería el hombre iluminado. Así es como hemos dado en llamar hasta ahora a los contados maestros que nos han precedido. A los primeros seres elevados que, desde el Buda hasta hoy, generan la semilla de esta transformación sublime, haciéndola llegar de forma sutil al conjunto de los humanos. No en vano, todas las oraciones budistas terminan con el ofrecimiento de los méritos adquiridos para el “bienestar de todos los seres”. Hay en esta actitud una sabiduría innata de misterioso origen que permite saber, sin conocimientos científicos, como hoy ya está demostrado, que cualquier acto humano es compartido de forma holística por el conjunto de la humanidad. Dos mil quinientos años no representan nada en la evolución, ni cósmica ni histórica, del ser humano; como dice el Dhammapada: “Son como una nube de verano, como una burbuja en un arroyo, como un suspiro, como una sombra”. Sin embargo, con independencia del tiempo, en esta actitud iluminada está el germen del cambio.

El escritor húngaro Imre Kertész (3), superviviente del exterminio nazi, premio Nobel de literatura de 2002, contradiciendo a Theodor Adorno (4), manifestaba que, después de Auschwitz, sólo nos quedaba la poesía, y en el discurso que pronunció en la Academia al recibir el galardón, expresó: “Se dice que nada ha pasado desde Auschwitz que pueda revertir o refutar a Auschvitz (es decir, la barbarie brutal, cruel, depravada, genocida, loca y sádica más atroz de la historia), permanece entre nosotros como la manifestación indeleble del mal absoluto. Pues bien, yo anoto que algo ha sucedido en Occidente en el siglo veinte que es la refutación de Auschvitz: la llegada del budismo (es decir, la compasión por todos los seres vivientes, la meditación, la moralidad perfecta y la sabiduría), como la bondad absoluta para transformarnos”.

Cuando arraiguen estos comportamientos en la mayoría del género humano, y las virtudes y beneficios del dharma más allá de las creencias, sean el evidente y natural camino, el rostro del hombre cambiará de expresión, y el gesto descompuesto del Grito que hoy podemos observar reprimido en la mayor parte de los seres, en sus ojos desorbitados, su boca redonda como un agujero negro que atrae la infelicidad y las manos sujetándose la cabeza en ademán desesperado, se transformará en la dulce, sabia y serena sonrisa que nos ofrecen las imágenes del Buda, reflejando la plenitud y lucidez que solo proporcionan la verdadera paz que nace del abandono del egoísmo y del sentimiento de la compasión universal.

NOTAS:
Hobbes, autor del “Leviatán”, libro en el que desarrolla la teoría de que, como “el hombre es un lobo para el hombre”, debe someterse a las leyes del Estado, que emanan de las divinas, para que le protejan de los otros hombres, sacrificando parte de su libertad.
El sociólogo alemán Theodor Adorno, cuando se descubrió el horror de Auschwit, profirió la famosa frase: “Después del holocausto ya no se podrá escribir poesía”.
Imre Kertész, premio Nobel de literatura 2002, es autor, entre otra obras, de “Sin destino”, donde cuenta sus experiencias como adolescente en Auschwitz. Se trata, sin duda, de una de las mejores novelas del siglo veinte.
“Aún no somos humanos”, Eudald Carbonell y Robert Sala, Ediciones Península (2002), y Ediciones Quinteto (2003).

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El grito
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