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Los libros zen de Paul Auster



Por Lucía Sevilla

Conocí A Paul Auster cuando estaba en mi época más ardorosa de practicante zen: una amiga, voraz lectora y crítica sagaz, puso en mis manos "El palacio de la luna". El tipo que había escrito aquello practicaba zen como yo, sin duda, o al menos había oído hablar y se había dejado seducir por el 'street zen' del maestro Issan Dorsey (por cierto me acabo de enterar de que ediciones i está preparando la edición en español de "Street zen", la biografía de ese peculiar y rompedor maestro perteneciente a la primera generación de maestros zen yanquis. ¡Ya era hora!).

Me enamoró su lectura porque era un soplo de librepensamiento en una sociedad que empezaba a volverse rancia y oscurantista, y puse las antenas para detectar cualquier otra aparición en las librerías de ese desconocido. Y no me decepcionó: en los años siguientes, a un ritmo de trabajo regular e infatigable, como quien cumple una misión más allá de su deseo personal, vinieron una docena de libros más. Ya no tardaban diez años en saltar el océano, sino que lo hacían en apenas unos meses. Paul Auster empezaba a ser un viejo conocido y podíamos tener la confianza de que para la nueva temporada tendríamos otra obra suya. Con la familiaridad acabamos acostumbrándonos a su galería de personajes: antihéroes insignificantes en el marco de la gran ciudad, como el propio Emmett Fogg, protagonista de "El Palacio de la luna".

O artistas que tras haber alcanzado las cotas más altas de la celebridad regresan voluntariamente al anonimato, mientras su obra se celebra en las aulas o se expone en los muesos, como el Benjamín Sachs de "Leviatán" o el Hector Mann de "El libro de las ilusiones". Personas que sueltan las riendas de su vida y se abandonan en su propia casa o en medio de la calle, como el Daniel Quinn de "La ciudad de cristal". Buscadores de algo inconcreto que aplaque el desasosiego de ser, como los dos protagonistas de "La música del azar", que acaba conduciéndoles a un más allá metafísico de lo cotidiano.

Todos ellos hombres y todos torturados por la falta del padre, esa figura entre débil y esquiva que acaba siendo su verdadero maestro interior, el motor de su búsqueda. Los encuentros y desencuentros de la literatura con la realidad. El mismo Paul Auster habitando en varios de sus relatos, para dejar bien claro que es consigo mismo con quien juega a policías y ladrones. Y luego siempre, en el límite con la heterodoxia y la cordura, historias como la de "Tombuctú", relato en primera persona de Mister Bones, perro mil leches que acompaña a un vagabundo excombatiente del Vietnam; o el ya mencionado Benjamín Sachs de Leviatán, que se dedica a dinamitar todas las réplicas de la Estatua de la Libertad que hay diseminadas por los EEUU.

O su más extraña novela: "El país de las últimas cosas", apocalíptica contrautopía donde el mundo se deteriora a ojos vista ante la desquiciada resignación de sus habitantes. A través de todas estas obras fui siguiéndole la pista hasta que apareció "Míster Vértigo" y lo aupé definitivamente al altar de mis maestros (a pesar de que siguiera sin definirse como budista). En esta novela, que no es la mejor de las suyas pero sí tal vez la más cálida, narra cómo el maestro Yehudi, un judío húngaro de misterioso origen, recoge de la calle a un niño de nueve años llamado Walt con la promesa de que si se va con él le enseñará a volar. Su penúltima novela, "La noche del oráculo", ya marcaba una inflexión descendente en su carrera; dirección que se ha confirmado con la última, "Brooklin follies", donde encontramos a un Auster pagado de la vida, satisfecho, o tal vez simplemente vacío de toda aquella agitación que durante quince espléndidos años lo tuvo en trance.

Recientemente, en una entrevista publicada en el número de abril de "Qué leer", él mismo lo confiesa: "Creo que mis grandes novelas ya están escritas". Ha llegado, pues, el momento de los premios, del reconocimiento oficial, ese homenaje que nuestra sociedad suele otorgar a los artistas que custodian los umbrales de la conciencia cuando dejan de ser una amenaza y entran a formar parte de la herencia del pasado. Sus libros, sin embargo, siguen ahí y permanecerán vivos al menos un tiempo, antes de ser un simple registro en la historia del arte. Si no lo han hecho ya, lean "Mister Vértigo", novela que les recordará que vivimos inmersos en el misterio; o "La música del azar", por el placer de leer una obra maestra. O "El libro de las ilusiones", lecciones para profanos sobre el mundo de samsara.



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