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Kyudo: o cómo dar en el blanco sin lanzar la flecha



Fernando Ayllón

Hay paradojas en la vida que no dejan de sorprendernos, como un antiguo tratado chino llamado “El Arte de la Guerra” que, en realidad, es una guía para la paz. Otra de esas paradojas la podemos encontrar intentando contestar a la siguiente pregunta: ¿Es posible dar en el blanco sin lanzar la flecha?

Tal vez no te interesen las flechas y los blancos, pero… ¿no pasamos toda la vida intentando dar en algún blanco? ¿Es que no estamos siempre intentando alcanzar algún objetivo? ¿Por qué nos apresuramos tanto para llegar a… ningún sitio? ¿Cuál es el blanco que más anhelamos alcanzar en lo profundo de nuestro corazón?

Hoy quería compartir contigo mi experiencia recorriendo un camino que, aunque no conteste todas tus preguntas, te puede ayudar a dar en el blanco de tu vida.

Viajemos ahora en el tiempo y el espacio. Retrocedamos unos cuantos años y recorramos miles de kilómetros. Estamos a 2000 metros de altitud, en un prado verde, entre los árboles de unas inmensas montañas. Cinco personas con faldones negros se desplazan suavemente en una lenta y precisa coreografía. La dignidad y elegancia de sus movimientos transmiten una presencia auténtica que te deja sin palabras, sin pensamientos.



Un anciano japonés observa con atención a cada uno de ellos. Silencio. Los arcos se elevan en ese inmenso espacio. Con la mirada fija en un blanco lejano, los brazos se separan lentamente tensando los arcos, que se incurvan hasta límites insospechados. Silencio. ¡He! Las flechas surcan silbando el espacio. Silencio. Con los brazos completamente extendidos los arqueros siguen mirando un blanco invisible. Con la misma lentitud y elegancia con que llegaron se retiran, dejando un espacio vacío que ocupará con dignidad otro grupo de arqueros.

Es muy difícil poner en palabras lo que sentí al ver por primera vez esta práctica. De alguna manera intuí que había mucho más de lo que se veía como simple espectador. Así que… decidí recorrer personalmente este camino de meditación en acción para descubrir lo que no se veía.

Cuando te adentras en cualquier camino espiritual o de conocimiento personal, parece habitual descubrir cosas que no esperas y que a veces no te gustan. ¡Cuánto nos gustaría saltarnos el penoso esfuerzo, largo y aburrido, de la transformación! Quisié-ramos pasar de nuestra ignorancia y confusión a la claridad y el conocimiento en un abrir y cerrar de ojos. Pero… ¿tendría valor el fruto sin el proceso de maduración?

Dispuesto a convertirme en uno de esos elegantes y dignos arqueros, allí estaba yo, repitiendo una y otra vez los mismos movimientos, sencillos en apariencia. Lo primero que aprendí fue “Las Siete Coordinacio-nes” (Shichido). Así comienzas a dar tus primeros pasos en este camino del arco (kyudo).



Antes que nada hay que encontrar la actitud, o corazón correcto, y fundirte con el arco y la flecha formando una sola unidad. Sientes la llamada del blanco y sitúas tu cuerpo en relación con él. Asientas firmemente tus pies en el suelo, como si echaran raíces dentro de la tierra. Tus piernas abiertas están fuertes y firmes como una montaña cuya cumbre reúne la fuerza en un punto de tu vientre. Por encima están tronco, cabeza y hombros relajados y flexibles, como las ramas de un gran árbol.

Con movimientos precisos y lentos colocas la flecha y elevas el arco por encima de tu cabeza, casi rozando el cielo. Como dibujando un arco iris sobre ti, separas las manos tensando el arco, abriendo tu corazón. Cuando llegas a ese punto, completamente abierto entre el cielo y la tierra, la energía de ambos parece reunirse en ti mientras mantienes la tensión. El momento madura y… ¡He! La flecha sale disparada como con voluntad propia. Manteniendo la mirada en el blanco y la flecha clavada en él, contemplas un inmenso espacio sin palabras, sin pensamientos. Contemplas… tu propia mente.

No puedes imaginar lo profundo de la experiencia, la intensidad de la práctica, sólo observando a otros hacerlo. Sobre todo porque no parece muy emocionante disparar a una inmensa bala de paja situada a 2 metros de ti. Así comienza el camino.

Y así sigue. Después de dos días aprendiendo los movimientos y cómo colocar cada parte de mi cuerpo, lancé mi primera flecha.

No fue como yo esperaba. No hubo ninguna emoción intentando darle a un blanco lejano. De hecho, no podía dejar de darle teniéndolo a esa distancia. Bueno… aunque no lo creas, algunos consiguen lo imposible de vez en cuando.

Pero hay que seguir. Repites una y otra vez los lentos movimientos, los tiros sin objetivo. Colocas tu cuerpo, sientes la tierra, abres tu corazón y olvidas tus expectativas. ¡Qué difícil es no intentar alcanzar un objetivo! ¡Cuánto nos cuesta disfrutar del proceso sin preocuparnos por el resultado!

Como en toda técnica, en el kyudo el principio es lo más duro. Los primeros días de aprendizaje acabas realmente cansado, sobre todo físicamente. Mantienes cada postura hasta que te la corrigen una y otra vez. Cuando empiezas a enlazarlas una tras otra, parece imposible recordar todos los detalles. Cuando colocas bien los pies, se te va el arco. Cuando apoyas el arco en tu pierna se te olvida elevar los codos y, cuando parece que todo está en su sitio, te encuentras con los hombros encogidos por la tensión. Pero es sólo el principio.

Cuando, a fuerza de repetir y ser corregido, consigues relajarte y todo se desarrolla de una forma natural, tu mente está más libre para descubrir otras cosas. Entonces empiezas a darte cuenta de que no hay dos tiros iguales. Puedes distinguir la diferente ‘textura’ de cada uno de ellos. En ese momento empiezas a ver cuál es tu ‘textura’, cómo está tu mente, cómo está tu cuerpo. Cuando sueltas las expectativas del blanco, fluyes con el movimiento y unes la tierra y el cielo en ti… empiezas a vislumbrar lo que te puede ayudar a descubrir este hermoso y profundo camino del arco.



Regresemos ahora de nuestro viaje en el tiempo y volvamos al presente. Quería compartir contigo una última cosa antes de acabar. Cuando estaba pensando en escribir este artículo y cómo poder expresar cosas que no se ven y son pura experiencia, me ocurrió algo curioso. Intenté evocar lo que ocurre durante la práctica imaginando que estaba haciéndola en ese momento. Me vi moviéndome con lentitud hacia la zona de tiro, sujetando el arco y la flecha. En ese mismo instante hubo una transformación en mi mente, en mi actitud, en mi energía. Silencio, paz, atención, conciencia. Sin esperanza y sin miedo. Es difícil expresar cómo se transformó completamente ese momento.

Creo que este es otro de los aspectos hermosos y realmente valiosos de esta práctica: lo rápidamente que puede transformar tu estado mental. No importa lo apresurado que hayas estado durante todo el día o las preocupaciones que hayan ocupado tu mente. Das los primeros pasos hacia el blanco y… ahí estás, en ese inmenso espacio. ¿Quieres probarlo?



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