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¿A qué sabe tu koán?



Por Francisco Lerín

Un
grupo de discípulos abordaron a su maestro diciéndole:
-Maestro, siempre que te pedimos una enseñanza nos cuentas un cuento, pero nunca nos explicas el significado de ninguno.
El maestro contestó:
-Si yo un día os ofreciese una manzana, ¿os gustaría que os la masticase antes de entregárosla?

SIN SOLUCIÓN LÓGICA
En el zen, nombre japonés de una reconocida rama de escuelas de budismo mahayana, encontramos algunas técnicas peculiares para obtener el alto grado de concentración mental llamado jhana o samadhi*, una de ellas es el koán (usado principalmente por la secta Rinzai). El koán es una quisicosa sin solución lógica. Normalmente son casos de conversaciones reales de antiguos maestros cuyas contestaciones señalan a la realidad absoluta, y se presentan para que los discípulos modernos se esfuercen en el acercamiento a esa capacidad de percepción guiados por sus maestros actuales. Principalmente están recogidos en el 'Hekiganroku' y en el 'Mumonkan', las dos colecciones de casos más importantes. Es en las comunidades de zen Rinzai, y en sus derivadas, donde hay un uso más formal de estos casos. Sin entrar en detalles, el maestro zen entrega a cada discípulo un koán y, en ciertos momentos estipulados, todos los discípulos van pasando por la habitación del maestro para darle su respuesta.

Esta respuesta puede ser aceptada, corregida o rechazada; y el discípulo tendrá que continuar buscando la respuesta a ese koán o a otro que se le entregue. Hay distintos koanes de diferente nivel de dificultad, y el maestro decide cuáles va entregando a cada discípulo. En otras comunidades zen también se usa el koán, pero no de un modo tan formal; incluso puede conocerse como una simple curiosidad histórica o intelectual. Un koán no puede solucionarse mediante la lógica. Es necesario trascender al menos la razón, liberando a la mente de la trampa del lenguaje. A pesar de que el koán es una pregunta aparentemente o incluso evidentemente ilógica, nuestro condicionamiento nos hace usar las herramientas de la mente racional para empezar a abordar el enigma que se nos presenta. Ya que son casi las únicas armas en las que confiamos la mayoría de nosotros, y las que más usamos a lo largo de nuestra vida; no siempre con éxito, por otro lado.

Frente al koán estas armas o herramientas racionales no sirven de nada y hay que adquirir otras nuevas; a esto ayudan las técnicas zen. Aunque también es cierto que no hay ninguna herramienta nueva que adquirir, que no hay ninguna herramienta ni no herramienta, y que son herramientas nuevas y antiguas en nosotros mismos; todo esto a la vez y entre otras cosas. Este aparentemente ilógico comentario sobre las herramientas podría ser un koán o pseudo-koán, como el auténtico de "¿Cuál es tu rostro original?".

HASTA OBSESIONARNOS
Pongámonos en el caso de ser un discípulo al que se le entrega un koán. Una vez recibido tenemos que enfrentarnos a buscar una solución. ¿Qué es lo primero que encontramos en nuestra 'caja de herramientas'?: ¡pensar!; y empezamos a buscar soluciones evidentes y racionales. Y si le presentásemos las soluciones al maestro, nos iríamos tropezando con el "Sigue intentándolo", frente a nuestras sucesivas respuestas sensatas, ingeniosas, agudas, humorísticas, religiosas, filosóficas o desesperadas. Acabaríamos llegando a un límite tras otro; nuestras soluciones serían claramente las correctas para nosotros, antes de presentarlas al maestro; sus negativas serían nítidamente frustrantes y desesperantes. Haces todo lo que puedes, te esfuerzas hasta el límite, agotas tus neuronas, y nada es suficiente. ¡Ajá!, utilizaremos otra estrategia, aprenderemos de los escritos de los maestros antiguos: "usaremos sus huesos".

¡Pero tampoco sirve no ser original! Tanta frustración puede empezar a enfadarnos y abrir la caja de pandora de las emociones y la acción como solución: escupiremos, le retorceremos la nariz al maestro, gritaremos, reiremos... y cuando todo nos sea rechazado acabaremos llorando. ¿Qué más podemos hacer?... Obsesionarnos: no existirá nada salvo el koán, la concentración será intensa intentando resolver lo insoluble hasta que el koán se convierta en una palabra o una sílaba emblemática que nos acompañe a todas partes. Acabará agotándose nuestra capacidad discursiva a la que hicimos viajar hacia los cuatro puntos cardinales y hasta direcciones desconocidas y, de pronto, al llegar al límite de todos los límites de las tierras mentales y emocionales exploradas, cuando ya no haya más mente conocida, ¡plop!, surgirá de la nada una solución clara y sin dudas.

El maestro, ¡por fin!, la admite, la acepta, la da como buena; y como reconocimiento a nuestro recién alcanzado nivel espiritual superior nos entrega otro koán, para volver a empezar. Cuando el pensamiento cesa y la conciencia entra en estado de daigi o 'fijación', cuando logra el samadhi, el koán revela todos sus secretos. Puede tardarse años en encontrar la solución, todas serán incorrectas mientras se use la mente lógica: la contemplación de un koán ejerce una tensión profunda en la mente lógica, es necesaria una transformación de nuestra conciencia para llegar a la solución, requiere un golpe de agudeza intuitiva, hay que experimentar directamente 'lo-que-es'.



RESPUESTA CORRECTA SÓLO AQUÍ Y AHORA
Algunos maestros reservan el koán para discípulos avanzados y ejercitan a los principiantes en prácticas de concentración para desarrollar un poco de fuerza mental que aporte ecuanimidad, determinación y madurez antes de usar el koán; así facilitan llegar a un samadhi en el que el satori, la experiencia de ver tu verdadera naturaleza, pueda tener lugar. En este estado se ve cada cosa tal como es. Una experiencia de este tipo tiene una amplia gama de intensidad, clase y nitidez. Existen muchas clases de satori, pues hay diferentes estados de sama-dhi en la senda de la percepción sutil, y están descritos en el 'Visuddhimagga'.

Hay que ir superándolos, abandonando unos para entrar en otros niveles, incluso hay algún "falso satori"; pero hay que salir de cada estado y despertar de ellos. El instante de salir del samadhi y percibirlo tal como es, eso es satori. La etapa final es la 'no-mente'. Muchos maestros zen nos guían hacia ella sin mirar ni entretenerse en las etapas del camino; en esta etapa final la claridad espontánea del satori se manifiesta en todos los actos de uno. A esto nos acerca el koán y todas las demás técnicas o medios hábiles. Para llegar hasta allí se tiene que haber establecido un fuerte vínculo con el maestro o nos caeremos por el camino, en alguna de las sacudidas.

Como ha escrito el maestro Dokushô: "El problema es que algunos seguidores se estancan en el fruto de su práctica. Quedan fascinados por cierto grado de iluminación y se enlodan en la autosatisfacción". Hay que seguir adelante, bien agarrado al vehículo que te lleve por la senda, para no ser tirado al polvo del camino cuando la rueda pase sobre cualquier piedra. Así es que, siguiendo una práctica de meditación, podemos tener un cierto grado de desarrollo interior, más o menos, y un cierto grado de autosatisfacción, más o menos. Y mientras seamos estudiantes nos haremos, más o menos, preguntas.

"¿Que puede significar un koán?": esta es una pregunta de nuestro intelecto condicionado. Un maestro nos puede confirmar cuándo nuestra respuesta es correcta para ese aquí y ahora; un aquí y ahora que incluye a todas las existencias y al desarrollo interior de nuestra conciencia en ese momento. Pero mientras tanto, puede que no nos hayamos agarrado a un maestro o que el nuestro no nos haya entregado ningún koán formal, y sin embargo leemos libros y nos encontramos con estas quisicosas ilógicas que son los koanes.

¡SAL DEL PENSAMIENTO!
¿Y qué podemos hacer con un koán si no sirve de nada pensar en él y no sirve de nada si no pensamos en él? Veamos, ¿qué otra cosa hay que no sea pensar?... Podríamos usar las emociones y los afectos, pero mientras pensábamos ya nos han afectado las emociones, que tenemos tan condicionadas como el intelecto y que saltan como un resorte a poco que nos quedemos sin argumentos; principalmente en la forma de los tres venenos: rechazo, apego o indiferencia.

También podríamos usar la intuición, pero tendríamos que habernos entrenado en agotar todo nuestro pensamiento y necesitaríamos haber confiado en la guía de un maestro. Algo más fácil sería sentir: tocar, ver, oír, oler, saborear; o usar el sentido común. Los haikus nos acercan a la experiencia sensorial de sus poetas, por ejemplo:

Silencio: el sonido de los pétalos rozándose al caer (Chora)

Las flores han caído ahora nuestras mentes están tranquilas (Koyu-ni)

Un niño mirando las flores que caen con la boca abierta es un Buda (Kubutsu)

Algunos casos de koán nos dirigen a la acción o a la disciplina:

"Seppo, dirigiéndose a la sangha reunida, dijo: "
Otros maestros nos siguen sugiriendo salir del pensamiento y nos invitan a comer:
"Najrani dijo: - Si dices que puedes , estas diciendo tonterías.
Un teólogo, al que le gustó esta frase, preguntó:
-¿Puedes darnos un equivalente de esto en la vida corriente?
- Naturalmente -dijo Najrani-. Esto es lo mismo que decir que algo es ".

O a calentarnos: "Había un reconocido filósofo y docente que se dedicó al estudio del zen durante muchos años. El día que finalmente consiguió la iluminación tomó todos sus libros, los llevó al patio y los quemó".

O a esforzarnos, trabajar y escuchar: "Un nuevo estudiante se aproximó al maestro zen y le preguntó cómo podía prepararse para su aprendizaje. , explicó el maestro. ". Casi podemos oír, ver, oler, saborear y tocar las flores, a los niños, el arroz, la manzana, los libros o la campana. Es 'como si' fuéramos nosotros los protagonistas de esas escenas. De hecho muchos haikus están escritos por poetas-maestros y ellos utilizan este medio para acercar, a través de esta chispa-poema, la realidad insondable que ellos viven a nuestras fragmentadas conciencias.

¿A QUÉ SABE TU KOÁN?
Cuando le damos al koán el significado de un diálogo místico entre maestro y discípulo, poco podemos decir si no somos uno de los dos protagonistas; y muchas veces uno de ellos se queda callado. Como decía Lao Tsé: "El que sabe, no habla. Y el que habla, no sabe". El que sabe es nuestro koán: ¿qué sabe nuestro koán?

¿A qué nos sabe el koán? Saborear el koán con todo nuestro ser es incluir todas nuestras capacidades, las conocidas y las desconocidas, las conscientes y las inconscientes; el pensamiento, los sentimientos, las intuiciones, las sensaciones y lo que esté más allá. A pesar de que parece que no sirven para nuestro objetivo, no podemos dejar de usarlas. Como dice la canción: "Ni contigo ni sin ti. Contigo porque me matas, sin ti porque me muero". Y aunque busquemos la muerte del falso yo, será algún día cuando podamos hacer cesar la actividad automática de nuestro condicionamiento en busca de significados. Mientras tanto, ¿qué podemos hacer si no seguimos leyendo? Intentemos usar el sentido común. ¿Y si leyésemos los koanes como metáforas con símbolos?



Hay dos anécdotas al respecto:

La primera: "Baso era discípulo de Yakusán, ya había recibido la transmisión y practicaba zazén día y noche. Un día Yakusán pasó junto a él y le preguntó: - ¿Qué quieres conseguir practicando zazén? - "Quiero convertirme en Buda" -contestó Baso. Entonces el viejo maestro cogió una teja y empezó a pulirla. - ¡Maestro! ¿Qué estás haciendo? - Quiero convertirla en espejo -contestó Yakusán".

La segunda: "En un templo tibetano había un monje que no podía seguir las explicaciones de las enseñanzas, no las entendía bien porque sus capacidades intelectuales eran muy limitadas. El lama principal le dijo que quedaba excusado de asistir a las enseñanzas y al resto de las prácticas y ceremonias, sólo tenía que barrer el monasterio. Pero mientras barría debía pensar: "Mientras quito el polvo del suelo, quito el polvo de mi conciencia". Un día, alcanzó la iluminación".

Así nuestro koán podría 'saber' algo y decirnos que cuando realizamos diligentemente nuestras prácticas o barremos y nos comprometemos con rectitud con el objeto de nuestra toma de refugio, vamos creciendo nudo a nudo, etapa tras etapa. Y cuando el vacío en nuestro corazón es lo bastante amplio como para que resuene bien, llega un momento en el que nuestro pequeño yo, el 'yo' ilusorio y dual, tropieza con esa rectitud que hemos instaurado en nuestra vida y ya no hay dos sino uno, ya no hay piedra y bambú sino sonido, ya no hay yo y universo sino iluminación de todas las existencias. Y el maestro al que nos hayamos unido nos guiará hacia el siguiente nudo que debamos transitar. Por otro lado también podríamos 'saborear' nuestro koán con nuestros sentidos a través de una psicodramatización simbólica donde dejaríamos que los arquetipos surjan de un desconocido interior. Saboreando la textura de la escoba, el aroma del bambú, una manzana o incluso la corteza de un árbol. Vivenciando, a través de entrar en la piel de cada elemento implicado, un 'como si' revelador y nada lógico. Aunque la realidad del koán pueda ir más allá o estar aparte de su percepción simbólica, podemos percibirlo de otra manera integrando simultáneamente varias de nuestras facultades: sentimientos, sensaciones e intuiciones, en un solo acto, en un mismo aquí y ahora.

PARA BARRER EN CASA
Los koanes no son nada lógicos, y nada de lo dicho puede sustituir la autoridad de un maestro respecto a un koán. No obstante, para terminar, os dejo con algunos koanes como ejercicios de meditación. 1) "¿Quién recita el nombre del Buda?". 2) "Si todas las cosas se reducen a la Unidad, ¿a qué se reduce dicha Unidad?". 3) "No es la mente, no es Buda, no es nada". 4) "¿Dónde estaba yo antes del nacimiento? ¿Dónde estaré después de la muerte?". 5) "Si devuelves tus huesos a tu padre y tu carne a tu madre, ¿dónde estarás tú entonces?". 6) "¿Cuál es tu rostro original?". 7) "Golpeando las manos una contra otra se produce un sonido. Este es el sonido de las dos manos. ¿Cuál es el sonido de una sola mano?". 8) "Se ha hecho crecer una oca en una botella y ahora ya es grande. ¿Cómo podemos sacarla de la botella sin romper la botella y sin hacer daño a la oca?".

NOTAS (*) Samadhi es un estado de conciencia de 'contemplación' o 'recogimiento' en el que el meditante siente que trasciende las limitaciones fenoménicas y alcanza la unidad con el cosmos y con lo divino.

AUTOR: Francisco Lerín, Psicodramatista del Método Simbólico; iniciador en 1987 del grupo zen de Alicante perteneciente a la CBSZ; fundador de la asociación Girasol Levante, prevención de adicciones y crecimiento personal a través de cuentos. Bibliografía: - Hekiganroku. Crónicas del acantilado azul, Miraguano ediciones.


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