revista dharma

La armonía de las flores

Teresa Juan


Teresa Juan es profesora de ikebana, titulada por la escuela Ohara. Comenzó a estudiar en París, hace catorce años, con la Grand Maître Annik Gendrot; y actualmente es discípula del también Grand Maître Marcel Vrignaud. Madre, ama de casa y gemóloga de profesión, practica este arte floral exclusivamente para su gozo personal.

“Estos arreglos efímeros están ahí para mostrar la duración. Lo que desaparece pero continúa en la trama invisible del mundo. Deben ser armoniosos y contradictorios. Tranquilos, estables, aéreos, pero atormentados por la brevedad de toda aparición. Surgen, ocupan su sitio, llaman la atención, estallan y desaparecen”. (Philippe Sollers)

Historia
La palabra ikebana se compone de ikeru y hana, y significa dar vida a las flores, y también expresar la propia vida a través de ellas. Cada hogar japonés tiene su tokonoma, o altar, donde las flores ocupan un lugar junto a la imagen de Buda y una caligrafía o una pintura.

En el siglo VI, los artistas y eruditos chinos, utilizaban las flores según las mismas reglas de la caligrafía y la pintura. Conocimiento, arte y espiritualidad eran para ellos una sola materia.

Siguiendo las rutas comerciales de la época, el budismo llegó a Japón en el siglo VII. Y, de la mano de la emperatriz Suiko, se instaló en el corazón de la cultura japonesa. El arte floral, que actualmente es conocido en todo el mundo con su nombre japonés, era una práctica esencial en los rituales religiosos: cada altar debía tener siempre su arreglo. De este modo, durante siete siglos, el ikebana estuvo reservado y custodiado por hombres en un contexto monástico.

A partir del siglo XIV los artistas japoneses comienzan a interesarse por esta práctica y la secularizan, dándole reglas bien definidas y dotándola de nuevos simbolismos. Surge entonces la escuela Ikenobo, la más antigua de todas, que toma nombre de su fundador.

Hay que esperar, sin embargo, hasta el siglo XVIII para que el estilo Shoka, inspirándose en el ternario cielo-tierra-hombre de la filosofía de Confucio, simplifique las complejas reglas y abra las puertas a la gran profusión de escuelas modernas.
A partir de entonces, el arte se extiende a todos los estamentos de la sociedad y se convierte en una práctica familiar habitual. No obstante, y en consonancia con el fuerte espíritu jerárquico de esta nación, el estado establece una compleja trama de grados y titulaciones para darle respaldo oficial.

Principios teóricos
El atractivo para nosotros consiste en el contraste con nuestra propia tradición de arreglos florales. Frente al principio de simetría que aquí lo rige todo, la tradición japonesa predica la búsqueda de la armonía y del equilibrio a través de la asimetría. Y contra nuestra concepción de vitalidad y riqueza por acumulación de elementos, el ikebana prefiere la simplicidad refinada, que organiza de modo que produzca una sensación de volumen y relieve.

Reglas
Las reglas básicas son sencillas, consisten en la presencia de tres elementos: shu, el cielo, a partir del cual surge todo; kia ku, la tierra, la base sustentadora; y fu ku, el hombre, intermediario entre los dos anteriores. Cada uno de ellos puede tener sus auxiliares.

Los materiales con los que se trabaja son plantas y flores. Kia ku, la tierra, está representada obligatoriamente por una flor; los otros dos, son de libre elección, según el arreglo.

Los elementos técnicos a tener en cuenta son:

1. Los ángulos de inclinación, tanto en sentido frontal como en el lateral.
2. Cualesquiera de los elementos, tomados de tres en tres, deben formar triángulo.
3. No debe haber superposición (según la visión frontal para la que está destinado el arreglo).
4. Es fundamental la creación de vacíos, porque de ellos depende la aparición del espacio.

Una práctica sencilla:

Voy a realizar como muestra un sencillo arreglo, al alcance de cualquier persona que desee animarse a probar.

Para ello necesitaremos tres objetos: un vaso de media luna (que puede ser sustituido por cualquier recipiente similar que tengamos por casa), un kenzán o soporte de púas (esto es imprescindible) y unas tijeras de ikebana (o de poda pequeñas).

Y nos bastará con dos gladiolos: uno servirá para el cielo y otro para la tierra. En los arreglos iniciales, para principiantes, el elemento hombre aún no está presente. Esta flor es ideal porque sus hojas, que quitaremos con cuidado de no romperlas, van a servir como elementos auxiliares; y, además, son dúctiles y se dejan moldear muy bien.

Ahora describiré paso a paso lo que hay que hacer.

Para este vaso de media luna utilizaremos el kenzán que aparece en la foto, y lo colocaremos tal como veis. Pondremos un poco de agua, sin que cubra las púas, para trabajar con comodidad.

Empezaremos por el cielo. Es la línea más alta y se coloca de forma vertical. La vara debe tener una longitud resultante de sumar dos veces el diámetro del vaso (o algo más) y su altura. Medimos y cortamos. Y la clavamos en la parte de atrás del soporte. El ángulo de inclinación hacia delante debe ser de quince grados. Las flores deben mostrarse ligeramente ladeadas.

En segundo lugar nos ocupamos de kia ku, la tierra. Tomamos la segunda vara de gladiolo. Le quitamos las hojas y la cortamos para que su longitud sea un tercio de shu. Seleccio-namos la parte donde tenga las flores más abiertas. La pinchamos delante del soporte, con una inclinación de cuarenta y cinco grados en sentido frontal, y con una abertura de veinte grados en sentido lateral (a derecha o izquierda, según nos pida).

Y ahora colocamos los auxiliares. Primero los de shu, que serán dos: el alto y el bajo, uno a cada lado. El alto mide la mitad de shu; y el bajo, un tercio. El ángulo de inclinación de ambos es libre. Utilizamos las hojas que les hemos quitado a los gladiolos. Las modelamos (como se hace con las cintas de envolver regalos) para que adquieran volumen. En este punto, hay que volver a recordar que todos los elementos, tomados de tres en tres, deben formar triángulo; por ejemplo, ahora, shu con sus dos auxiliares. A la vez, hay que intentar ir cubriendo el kenzan, para que cuando el arreglo esté acabado no se vea, o al menos se disimule lo más posible.
Y para terminar colocamos el auxiliar de kia ku, que será una flor. Se fija en el soporte entre medias del resto de los elementos. De nuevo, tampoco hay reglas respecto a su longitud e inclinación; lo que pida el conjunto. Eso sí, sin olvidar nunca los principios generales.

Una vez acabado el arreglo, una lo mira, lo remira, y a menudo decide hacer algún retoque. Por ejemplo, en este caso, siento que shu es demasiado largo; así que decido acortarlo. Y el resultado es el que muestra la foto. ¿Cómo os gusta más a vosotros?

Para acabar, añadimos agua hasta cubrir las púas del kenzán.
Como muestra de otro tipo de arreglos donde aparece ya el elemento hombre, podéis ver el que os he preparado con unos bonitos crisantemos amarillos y unas ramas que he cortado en la mediana de la avenida de abajo de mi casa.

Todas las reglas que acabo de explicar de forma tan taxativa, sirven para comprender los principios que rigen el ikebana. Pero también podemos dar rienda suelta a nuestra propia creatividad con el concepto free style (estilo libre).

Más información:
En Madrid está Leonor Pozo, maestra de la escuela Ohara, que da cursos regulares. Podéis ver su web: www.ikebanaohara-spain.com

En Barcelona, Casa Asia imparte también cursos. Su web es: www. casaasia.es
Quien esté interesado en una orientación asociada con la práctica budista, puede contactar con Shambhala, cuyo fundador, Chögyam Trungpa, creó su propia escuela de ikebana: la Escuela Kado. En Madrid, las clases están a cargo de Juana Piney (www.shambhala.es); y en Valencia las imparte Fernando Ayllón (www. valencia. shambhala.es).

El material bibliográfico disponible en español es muy escaso. Pero puedo recomendaros el libro “Ikebana”, editado por Naturart, en el año 2002.



SUBIR










BUDISMO · ECOLOGÍA · VIDA SANA · SOLIDARIDAD · CULTURA