¿Qué es en realidad el feng shui?
El conocimiento milenario del feng shui es el arte de la armonía. Inicialmente surgió de la influencia de la cultura y la tradición china en donde se desarrolló y floreció. Aunque actualmente, si queremos ser realmente efectivos, debemos incorporar al feng shui otros elementos de la cultura en la que vivimos, de las creencias que tenemos y, sobre todo, de los valores existentes en la profundidad de nuestra mente y de la realidad que cada uno vivimos y que, en base a todo ello, acciona nuestro inconsciente en una determinada dirección.
Nuestra mente se ordena o se desordena ante lo que nos rodea, y, precisamente, el principio fundamental de la armonía es ordenar la realidad.
La utilización de determinados elementos, objetos, formas, colores, ritos y la comprensión de ciertos conceptos avivará recuerdos y conocimientos que están en todo ser humano desde lo más remoto de los tiempos y otros más recientes que favorecen el reencuentro con nuestra esencia más profunda y el desarrollo de la intuición que nos permite acceder a esa esencia.
El lugar en donde vivimos es una imagen de cómo somos, de cómo nos sentimos y de lo que queremos. Esta imagen está basada en las pautas inconscientes que cada uno hemos ido creando en nuestro entorno, ya sea la casa, el lugar de trabajo o cualquier otro.
Si al entrar en una casa nos fijáramos en una serie de detalles podríamos describir con bastante fiabilidad la personalidad de quienes viven allí. Esto quiere decir que esa personalidad impregna el lugar, aunque también que el lugar devuelve lo que se le ofrece y por tanto fomenta actitudes que bien pueden lastrar a la persona en un círculo vicioso o bien pueden ayudarla a evolucionar.
Por ello, si modificamos la casa para adaptarla a lo que pretendemos mejorar en nuestra vida conseguiremos dirigirnos al objetivo con la ayuda de un entorno propicio, teniendo como principal aliado el estímulo de nuestro inconsciente más evolucionado.
Pero no se trata sólo de lograr un bienestar personal. Actualmente no podría entender una ciencia del hábitat que no integrara en sí una filosofía profunda, no sólo ecológica, humanitaria y social, sino incluso metafísica, donde el ser humano se reencuentra a sí mismo.
Por ello, en feng shui buscamos la forma de concebir y situar los espacios, de ubicar los objetos, de disponer los colores y las formas de manera que el resultado sea armonioso.
La relación entre una persona y el lugar en que vive es profunda e íntima, y valiosa para su desarrollo interior y su efecto posterior en el mundo exterior. Cuando entramos en un lugar, especialmente si es nuestro hogar, hay algo impalpable, invisible a los sentidos conscientes, que hace que nos sintamos bien o no, dependiendo de si el lugar es armónico y saludable o al contrario es desequilibrado e insalubre.
A través de la experiencia directa y experimental que he ido adquiriendo en los últimos veinte años, he llegado a percibir que el feng shui es un arte sencillo y directo, al alcance de cualquiera que use correctamente su intuición.
Los fundamentos del feng shui son, en primer lugar, el chi o energía vital y la forma en que se mueve por los lugares y estancias de un edificio; en segundo lugar, los opuestos, es decir, el yin y el yang. El conocimiento de las polaridades yin y yang es la base de un ambiente equilibrado; y, en tercer lugar, hay que considerar otro fundamento como es la correcta disposición y aplicación de los elementos, en el caso del feng shui tradicional: la tierra, el agua, el fuego, el metal y la madera. A partir de ahí, usaremos las cuatro direcciones (norte, sur, este, oeste) como eje donde situar los espacios y sus correspondientes elementos (colores, formas, objetos
) más favorables a cada una de ellas, a las actividades que allí se realicen y a los proyectos y deseos de cada cual.
De esta forma tratamos de descubrir la armonía esencial de las cosas, su verdadero valor objetivo escondido tras la subjetividad de lo imperecedero. Sólo transcendiendo de este subjetivismo, podemos comprender las relaciones ocultas a los ojos profanos, que vinculan a las personas y a las cosas, y a los seres entre ellos revelando su esencia común. Es en este movimiento de fusión, donde surge el misterio de la atracción o el rechazo hacia distintos elementos, ya sea una montaña, un lago o la misma tierra, un cuadro, un color o unas cortinas, y cómo desgranando las semillas de lo enigmático surge la comprensión de lo que debe ser y lo ilumina como el suscitante relámpago que aprovechamos para asirlo en la consciencia. Es el modo de concretar una intuición a través de la contemplación meditativa en estado activo. Esta es nuestra labor.
Razón e intuición son como las aguas de un mismo río que van por distintas orillas y se funden en un hermoso lago. Así, ante un trabajo de armonización, meditamos sobre los elementos visibles, sabedores de la metamorfosis que surge de ellos, y que, de esta manera, la percepción visual, olfativa, táctil y sensitiva se transforma en una verdad espiritual y trascendental. Esta verdad tanto sirve para pintar un cuadro, situar una casa, un templo o una ciudad de forma acorde a los influjos cósmicos y a las circunstancias concretas y temporales.
Llegados a este punto, es claro que esta comprensión y la consecuente creación de un espacio en ningún caso dependen de la arbitrariedad personal ni tan siquiera de los deseos y emociones, y son las luces de la naturaleza y del espíritu las que deben dejar su huella en el lugar. Si conseguimos cultivar esta calidad interna en estado de inocencia en cuanto a lograr uno u otro resultado, entonces, las huellas, se nos muestran con total nitidez, y sabremos cómo colaborar en transformar un lugar de la mejor forma posible.
El feng shui que proponemos es, pues, en esencia, el arte de disponer lo necesario y evitar lo superfluo.
Raúl de la Rosa
Filósofo práctico y escritor, autor de la obra El hogar sano y natural (Ediciones B) y Practicando el poder de ser consciente (Ediciones i).
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