revista dharma
BUDISMO · ECOLOGÍA · VIDA SANA · SOLIDARIDAD · CULTURA

 

Por Lola Simón

A veces entramos en una habitación y nos sentimos incómodos, del mismo modo llegamos a una casa y nos sentimos de inmediato a gusto, como si fuese nuestro hogar desde siempre. Otras veces observamos que en una casa gozamos de un sueño reparador y en otra nos levantamos cansados y aturdidos o nos cuesta conciliar el sueño.

En alguna ocasión hemos tenido una entrevista de trabajo, y aunque éste fuese interesante, el lugar nos ha causado una impresión desfavorable, nos hemos dicho “no me veo allí”.

Esta sensibilidad natural para percibir la energía del lugar, para intuir qué espacios son propicios y cuáles no, en definitiva, cuáles son adecuados para nosotros, es innata en los seres humanos. Nosotros, especialmente en las sociedades supuestamente más desarrolladas, hemos perdido gran parte de esa conexión con lo que nos rodea, algo que forma parte de nuestra herencia ancestral. Sin embargo, en otras sociedades que han mantenido vivas sus tradiciones, esto es completamente natural. Así ocurre también con los animales. Si dejamos un perro en un lugar al que no esté habituado, tras darse una vueltecita por allí, se acomodará en el espacio más sano energéticamente. Si tuviésemos la oportunidad de que un experto en radiestesia o en geobiología hiciese una medición de la energía del lugar, comprobaríamos que a buen seguro el perro ha elegido el sitio más adecuado para descansar y reponer su energía. Es sabido que los muchos pueblos nómadas antes de colocar sus tiendas dejaban que sus animales, especialmente los perros, se tumbaran a descansar para ponerlas en ese lugar, ya que sabían que estos animales escogen sitios para dormir que para los humanos son favorables.

Vivimos una época en la que la contaminación ambiental, la tremenda cantidad de radiaciones generadas por la moderna tecnología, la superpoblación, la explotación de los recursos naturales del planeta a causa de estos factores y del consumismo dominante en los países del primer mundo, están afectando de manera decisiva y quizá irreversible a los ciclos naturales y a la energía del planeta.

Todo esto está causando un importante deterioro del medio ambiente, con el consiguiente peligro para la vida de todos los seres vivos. Pero, puesto que todo está vivo y conectado entre sí, también está provocando alteraciones en la salud, el estado emocional y la armonía de todos los seres vivos y de la propia Tierra.

El feng shui llega a nuestros días aportándonos la sabiduría de generaciones de personas que se han dedicado a observar la naturaleza y sus procesos, la interacción entre los objetos y los espacios, y de estos con los seres vivos, en especial las personas. Este arte milenario nos enseña cómo vivir mejor en la Tierra, el hogar de todos los seres humanos, y podemos servirnos de él para armonizar y energizar los espacios en los que vivimos y trabajamos.

Esta filosofía está basada fundamentalmente en el Tao. El Tao nos dice que todo está en un proceso de transformación constante; el cambio es la naturaleza de la existencia. La representación de este cambio constante es el yin yang, el principio de la dualidad. El yin y el yang constituyen el camino del cielo y la tierra, el principio fundamental de las cosas. Son el inicio del movimiento, del cambio, pues todas las cosas cambian y se desarrollan sin cesar en un eterno movimiento e intercambio entre yin y yang. Contamos con otro elemento indispensable: el chi, la fuerza creadora universal, esa energía que fluye a través de nuestro ser y en todo lo que nos rodea, es el chi, también llamado prana, energía creadora, etc.

En el feng shui vamos a intentar armonizar nuestro entorno con este flujo de energía, y para ello es fundamental la observación del equilibrio entre el yin y el yang. Estos están presentes en todo. Todas las cosas cuando están a la luz (yang) proyectan de inmediato una sombra (yin). El yin es lo suave, la penumbra, lo tenue, lo blando, la materia, lo pasivo. El yang es la expansión, la luz, lo activo, el espíritu, lo ascendente. Una presencia equilibrada de estos -ni demasiado yin ni demasiado yang, pero siempre ambos presentes-, tal como vemos en el símbolo que los representa, hará que la energía se mueva con fluidez en un espacio, consiguiendo la armonía que perseguimos. Cada uno comprende y complementa al otro, en una eterna sucesión. Describen perfecta y sutilmente el carácter fundamental del universo.

Feng shui significa aire o viento y agua, elementos imprescindibles para la vida. Podemos estar unos días sin comer, vivir en un clima más frío o caliente, pero sin aire moriremos al instante, y sin agua pereceremos en pocos días. Otro punto fundamental que usamos en el feng shui es el trabajo con los cinco elementos. Estos son: agua, fuego, madera, tierra y metal. Será necesario que haya un equilibrio de estos elementos, hallándose todos ellos representados pero sin que abunden en exceso.

Una armoniosa combinación de todos ellos así como de yin y yang, será lo que haga que fluya la energía adecuadamente –un flujo excesivo puede ser tan perjudicial como la ausencia de energía–, consiguiendo que ese espacio cumpla la función que se le ha asignado aportándonos al mismo tiempo bienestar, prosperidad y salud.
(...)

(Extracto del artículo publicado en Dharma 7).

La armonía del feng shui
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