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Antonio Mínguez ha sido presidente de la Federación de Comunidades Budistas de España (FCBE) desde su fundación en 1990 hasta el pasado 2004. Actualmente es vicepresidente de ADIM (Asociación para el Diálogo Interreligioso de Madrid), y colabora con Dharma como miembro de su Consejo Asesor.


Lobsang Tsultrim

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Lobsang Tsultrim:
veinticinco años en España

Antonio Mínguez

Para aquellos buscadores que desean seguir un camino espiritual con autenticidad y entrega, no siempre es fácil encontrar un guía en el cual depositar su confianza. Es importante saber cómo se escoge un maestro y cómo reconocer si reúne las cualidades necesarias. El Dalai Lama responde a estas preguntas que le formulan desde el público en una de sus enseñanzas sobre meditación: “Debemos investigar la erudición de la persona, la habilidad para expresar temas, y ver si aplica estas enseñanzas a su conducta y experiencia diaria. Y es con el tiempo como mejor pueden verificarse estas cualidades”. (‘La política de la Bondad’, Ediciones Dharma).

En esta respuesta, destaca una expresión que no puede pasar desapercibida para nadie: ‘con el tiempo’. El tiempo, no el metafísico, sino el convencional, ese concepto inaprensible que nos sirve como referencia para movernos por el mundo y establecer fechas y aniversarios. Ese factor de nuestras vidas que pone a prueba, más que ningún otro, la calidad y autenticidad de los sentimientos entre los seres humanos: la amistad, el amor, la fidelidad... Que sirve para acreditar, como dice el Dalai Lama, las cualidades y virtudes humanas cuando son verdaderas.

Precisamente este año, un numeroso grupo de budistas españoles celebra un feliz acontecimiento: el veinticinco aniversario de la llegada a España y su permanencia ininterrumpida entre nosotros –salvo breves viajes efectuados a su monasterio de la India y el Tíbet- de un notable maestro del budismo tibetano, uno de los primeros en llegar a nuestro país y, en estos momentos, el más antiguo de todos los residentes.

En junio de 1981, procedente de la India, aterrizó en el aeropuerto de Barcelona el lama y gueshe Lobsang Tsultrim, que para sus discípulos iba a convertirse en “Gueshe-la”. Esta es la fórmula cariñosa utilizada en el Tíbet para dirigirse a un maestro que posea la dignidad de gueshe, un título equivalente al de doctor en filosofía y teología en Occidente. Desde entonces, Gueshe-la ha sido, y es, la forma familiar y entrañable que sus discípulos adoptaron para dirigirse a él.

Gueshe-la nació en el año 1931 en un pequeño pueblo llamado Nang Sang, perteneciente a la región de Khan, un lugar remoto del Este del Tíbet. Uno de esos lugares a los que se refiere la viajera Alexandra David-Neel en sus interesantes y amenos relatos de viajes, que parecen fantásticos y fabulosos, pero que solo reflejan la realidad de sus experiencias y descubrimientos en aquel país sorprendente, lejano y prohibido por entonces, que muy pocos occidentales tuvieron el privilegio de conocer. Ella misma tuvo que disfrazarse de lama para poder viajar por él. Un país, celoso guardián de su cultura y espiritualidad por temor a ser contaminado, cuyas gentes se vieron obligadas a la fuerza a extenderse por el mundo y dar a conocer de manera universal sus tesoros espirituales.

Él es un genuino representante de esa cultura que tanto fascinó a los viajeros y estudiosos occidentales del siglo XIX y XX, portador de profundas y “misteriosas” enseñanzas que promueven elevados valores, recibidas directamente de preclaros maestros consagrados por el estudio y la experiencia. Pertenece a la rama Guelupa del budismo tibetano, de la cual el Dalai Lama es la cabeza espiritual y del que depende en todas sus decisiones, con el sentido de obediencia y disciplina de un auténtico monje. Su discreción y modestia le impiden hablar de sí mismo, pero a lo largo de los años y a través de entrevistas y confidencias familiares se ha podido ir conociendo su interesante biografía, digna de un largo libro de relatos que alguien debiera escribir algún día, en la que se mezclan la aventura, el valor, la disciplina, la generosidad, la espiritualidad entendida como la mejor manera de relacionarse con los demás, y el misterioso papel del destino o karma, que mediante aparentemente azarosas circunstancias le trajeron desde su apartado mundo a vivir entre nosotros.

Cuando llegó a España, apenas había en este país personas interesadas por el budismo, al menos en su entorno, solo un pequeño grupo que influyó para su venida. No eran gentes acomodadas, y los comienzos fueron muy duros. No existía ni siquiera un lugar que se pudiera considerar como su residencia permanente. Viajó prácticamente por todo el país, siempre a petición de las personas que tenían interés en conocerle. Ningún maestro budista auténtico dará enseñanzas si no se le piden, o impondrá su presencia en ningún lugar si no es llamado.

En la actualidad, el número de sus discípulos se puede contar por cientos, personas de su entorno en la propia Barcelona, y en el resto de España, siguen sus enseñanzas, y recurren a él en busca de consejo para sus dificultades y dudas. Veinticinco años es un periodo suficiente para que sus discípulos españoles hayan tenido la oportunidad de comprobar, de cerca y por lo extenso, que es poseedor de las demás cualidades que el Dalai Lama estima imprescindibles en un maestro espiritual.

Es fácil conocerle, casi todos los días del año imparte enseñanzas en su centro de estudios budistas Tara, situado en el corazón de Barcelona. Nadie espere encontrarse con un ‘gurú’ al uso, de gestos grandilocuentes ni teatrales, tratando de imponer un carisma impostado. Por el contrario, se encontrará con una persona de aspecto ascético, pero de sonrisa permanente y acogedora, cercano y familiar como un pariente afectuoso, tímido, y campechano en la medida que aconseja la buena educación.

Ya tiene nacionalidad española, se considera uno de nosotros. Habla castellano y catalán, y, a pesar de sus orígenes remotos, ha comprendido perfectamente nuestra singularidad cultural y forma de ser, de manera que sus consejos personales son concretos y reales, ajustados a nuestra vida y conflictos cotidianos. Se dirige a todas las personas de su entorno por su nombre propio, recordando sus características particulares y familiares, interesándose por los compañeros y compañeras, los hijos, los trabajos, la salud. Se preocupa por todos y por todo y siempre está a disposición para una consulta o un consejo.

De los conocimientos que posee, transmite en cada caso los que el discípulo está en condiciones de recibir. En un pasaje de una pequeña biografía suya publicada por Ediciones Dharma en “Vida y Enseñanza de un Lama Tibetano”, nos habla de cómo es el aprendizaje de los monjes en los monasterios budistas en los que estudió. Cuenta que allí nadie suspendía, pues las enseñanzas se impartían de acuerdo con la capacidad del discípulo y cada uno se marcaba su ritmo según su propia inteligencia y capacidad. Este sistema de enseñanza es el suyo. Sin exigencias, adaptado a la persona según su predisposición y momento. En los consejos personales utiliza el método que utilizaron los antiguos maestros griegos y que llamaron mayéutica: es decir, la cualidad de hacer brotar en el discípulo la sabiduría que él ya posee y que sólo necesita dejar fluir sin obstáculos. Sus consejos son tan claros que nos permiten comprender que, casi siempre, las preguntas que formulamos contienen en sí mismas sus propias respuestas.

Gracias a él, y a otros auténticos transmisores del dharma que también conviven con nosotros y que participan de todas estas cualidades que hemos señalado en Gueshe-la, pues suelen ser muy comunes en los verdaderos maestros, el budismo va penetrando en nuestra sociedad, trascendiendo el propio ámbito del budismo, poniendo a nuestro alcance, de forma cada vez más accesible, un acervo de conocimientos y experiencias antiquísimas de demostrada eficacia para el bienestar y felicidad de todos los seres, y que hoy empiezan a formar parte de los métodos y prácticas de psicoterapeutas, educadores, místicos y meditadores de otras religiones, y convirtiéndose en patrimonio cultural y espiritual de toda la humanidad.

Desde aquí, Gueshe-la, le deseamos salud y larga vida.



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