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Antonio Mínguez ha sido presidente de la Federación de Comunidades Budistas de España (FCBE) desde su fundación en 1990 hasta el pasado 2004. Actualmente es vicepresidente de ADIM (Asociación para el Diálogo Interreligioso de Madrid), y colabora con Dharma como miembro de su Consejo Asesor.

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BUDISMO

Historia de una federación

Antonio Mínguez

En ocasiones, la trascendencia de algunos acontecimientos en la historia de la humanidad suele pasar desapercibida para sus testigos y protagonistas mientras están sucediendo. Sumergidos en sus propias vidas o arrastrados por otros sucesos de repercusión inmediata, no pueden captar su verdadero alcance y significado. Sólo algunos seres de visión excepcional son capaces de intuirlo y anunciarlo: es el caso del historiador Arnold J. Tonybee, al declarar que el encuentro del budismo y el cristianismo sería el acontecimiento más importante del siglo veinte. Un acontecimiento que, otro novelista e historiador, Stefan Zweig, de haberlo vivido, lo hubiera calificado, sin duda alguna, como uno de los “Momentos Estelares de la Humanidad”.

Hasta mediados del siglo pasado, a excepción de los teósofos, que en un intento de sincretismo entre las religiones de Oriente y Occidente dieron a conocer algunos aspectos de estas culturas de forma popular, el budismo en Occidente sólo había sido “materia de estudio” para filósofos y eruditos; sabios que se sintieron atraídos por la riqueza y profundidad de su filosofía, que la desmenuzaron y analizaron como académicos e investigadores, de forma metódica y fría, al igual que un entomólogo estudia una especie desconocida y sorprendente o un arqueólogo se maravilla ante el descubrimiento inesperado de una cultura superior. Sin embargo, algunos sí tuvieron la sensibilidad y el talento necesarios, como el filósofo Schopenhauer, en el siglo diecinueve, quien a pesar de tener acceso nada más que a un pequeño número de documentos originales, reprodujo con exactitud el pensamiento budista en su obra “El mundo como voluntad y representación”. Posteriormente, escritores de ficción, viajeros románticos y soñadores, se sintieron atraídos más allá de los puros conceptos y nos regalaron obras maravillosas, como “La luz de Asia”, de Edwin Arnold, o el premio Nobel Karl Gjellerup, convertido al budismo, con su deliciosa novela “El Peregrino Kamanita”. Otros muchos hicieron innumerables referencias en la literatura del diecinueve y el veinte, pero el budismo siguió siendo en Occidente, durante mucho tiempo, materia exclusiva para una élite de intelectuales y artistas.

Hubo tres circunstancias históricas que favorecieron la llegada del budismo como camino religioso a nuestro hemisferio, sin inculturación ni presiones, por la sola fuerza del espíritu: la derrota del Japón en la segunda guerra mundial, el éxodo del pueblo tibetano y la occidentalización del Sureste Asiático. Esta vez, el contacto no se produjo de forma intelectual y académica, para ser diseccionado y estudiado como un fenómeno cultural, sino de forma viva y real, como debió de ocurrir con aquellas gentes que hace miles de años, en su primitiva propagación por Asia, se acercaron a los primeros maestros para recibir la transmisión directa de su sabiduría: “De corazón a corazón”, “de mente a mente”. Gentes de todas las clases sociales, de variada formación, de todas las edades, se sintieron “tocadas” por esta experiencia. Miles de personas tuvieron la oportunidad de conocer y acercarse a los maestros auténticos; unos por curiosidad, otros por devoción. De todos aquellos que sacaron de las largas sesiones de meditación y enseñanzas algo más que dolor de rodillas y decidieron tomar refugio en el Buda y poner sus vidas espirituales bajo su protección, surgieron las primeras comunidades budistas en los países de Occidente, entre ellos España. Estos fueron los protagonistas inconscientes del “Momento Estelar”.

Estas personas, pocas inicialmente, fueron creando, con esfuerzo, centros de reunión para proteger las distintas tradiciones, como un deber personal voluntariamente asumido, con el convencimiento del que sabe que preserva un tesoro; y, así, fueron naciendo y creciendo numerosos lugares de estudio y retiro.

Una de las características más hermosas y atractivas del budismo, su apertura y capacidad de adaptación al medio cultural y social en que se desarrolla, permitió que, a lo largo de la historia, en los distintos países a los que llegó, adquiriese una forma propia de desarrollo. A nuestro país, fueron llamados maestros de diferentes tradiciones: el Zen desde el Japón, el Vajrayana tibetano, y el Theravada desde el sureste asiático. Cada “estudiante” fue a parar allí donde le llevó el viento de su karma. Sin embargo, esta riqueza representaba, para las primeras comunidades budistas de Occidente, una cierta debilidad estructural ante las exigencias materiales y prácticas. Contrariamente a lo que había sucedido con otras religiones expansionistas y evangelizadoras, el budismo llegaba a España por el expreso deseo de aquellas personas que iban a ser sus receptoras, contando sólo con los medios de sus fieles, que tuvieron la oportunidad de comprobar las dificultades materiales de pertenecer a un grupo religioso minoritario.

En nuestro país, para adquirir mayor entidad social y de grupo ante la administración y los organismos legislativos, en el año 1990 se decidió crear una federación que agrupase a las distintas tradiciones, de forma que, respetando las características e independencia de cada una, se pudiera formar un “Ente Político” compacto que las representara a todas. Trabajo de primeras piedras y proyectos de futuro que algunos supieron ver como un paso necesario e imprescindible, y que, si bien no iba a reportar frutos materiales de inmediato, podría ser el punto de partida para un reconocimiento del budismo en el ámbito social, con independencia de su arraigo y número de practicantes.

Después de numerosas reuniones de trabajo e intentos ante la administración, que rechazó el proyecto en dos ocasiones por defectos de forma, el día 16 de Marzo de 1995 nacía la Federación de Comunidades Budistas de España (FCBE), con el doble propósito de contribuir a crear las condiciones adecuadas en nuestro ámbito social para que todas las tradiciones budistas, todos los maestros, todos los fieles, tuvieran su reconocimiento y derechos equiparables a los de otras confesiones; y armonizar y hacer confluir los diferentes senderos que nos llevan a transitar, “de nuevo”, por el único, antiguo y noble camino del Buda.


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