
Según todos los datos científicos que desde hace años
nos vienen previniendo del enorme impacto de la actividad humana sobre el
medio ambiente, parece que nos dirigimos inexorablemente hacia la destrucción
de la humanidad, al menos de la humanidad tal como la hemos entendido hasta
ahora. Los desastres que hemos provocado en la naturaleza están pasándonos
factura, y en pocos años, de seguir en esta línea, los daños
sobre el planeta y sobre la sociedad serán probablemente irreversibles.
Con los datos científicos en la mano es fácil aceptar la situación
y dejarse llevar por el desánimo: Es lo que hay, Nos
lo hemos ganado a pulso
Sí, es lo que hay y nos lo hemos
ganado a pulso y etcétera, etcétera. Pero a veces surgen personas
que se niegan a someterse a lo que la realidad parece indicar, por muy cruda
que ésta sea, y deciden forjar otro destino para sí y, por qué
no, para el mundo.
El problema es que nos encontramos demasiado bien, apoltronados en nuestros
privilegios de vivir en ese pequeño porcentaje de países ricos
(de momento) y hemos dejado de pensar libremente por nosotros mismos. Sorprende
ver cómo creemos cualquier cosa que se nos diga. La duda, la reflexión,
la observación
han desaparecido del pensamiento actual. El problema
no son los bribones, por muy buen disfraz que lleven, sino quienes han perdido
la capacidad de analizar y buscar la realidad.
Un héroe antiguo decidió enfrentarse a diez mil guerreros por
el simple hecho de que una mujer había mentido ligando su nombre al
suyo, y, el mero hecho de hacerlo, a él le creó una responsabilidad
hacia ella. El héroe impidió que la ajusticiaran poniendo su
vida en peligro. Cuántas veces nuestros nombres son usados por los
políticos como excusa para hacer lo que más les conviene, a
ellos y a quienes realmente los manejan: En el nombre del pueblo
,
La sociedad demanda
.
¿A qué queremos que estén ligados nuestros nombres? ¿A
una vida acomodaticia e irresponsable, o a la justicia y la libertad? Debemos
decidir. Quizá no podamos ser héroes, pero al menos podemos
intentar ser justos y responsables.
Ahora, viendo a esos monjes tibetanos enfrentarse a riesgo de su vida a la
maquinaria represiva de un gigantesco estado uno siente vergüenza. Igual
que la sentimos cuando vimos a unos sacerdotes seguidores de la Teología
de la Liberación enfrentarse (y morir también muchos de ellos)
a unas estructuras religiosas caducas e inhumanas, y se perdió una
gran oportunidad de dar un gran paso adelante en la liberación de los
oprimidos y la justicia social.
Es obvio, para muchos de nosotros, que aquella sociedad tibetana de hace cincuenta
años atrás, precisaba un cambio en sus estructuras sociales
medievales. Pero la solución no está en destruir todo, sino
en cambiar aquello que socialmente está caduco y mantener las señas
de identidad de un pueblo y aquello que le permite ser realmente libre.
Para que se puedan dar estas injusticias tiene que haber un opresor, pero
también hoy en día es necesario el silencio de muchos otros.
El miedo, el desaliento, mirar para otro lado
pueden justificarse en
la gente que vive en Irak, en un país sudamericano o en el Tíbet,
en los países indefensos inmersos en la miseria y el desamparo, pero
aquí, en la abundancia del horror, no tiene más justificación
que nuestra falta de conciencia.
Raśl de la Rosa