revista dharma

Las emociones desbordadas

El culto a las emociones por parte de los medios de comunicación y la sociedad en general, hace que la persona esté constantemente pasando de un estado de euforia a otro de abatimiento.

Estos cambios bruscos y continuos hacen individuos frágiles y con dificultades para reflexionar. Todos sabemos que comprar determinado producto no va a hacer que se dé lo que ese anuncio promete o sugiere: éxito, poder, espiritualidad, belleza, etc., pero esos mensajes dirigidos a una sociedad ya suficientemente castigada por infinitos estímulos, hace que vayan calando de tal forma que la persona acaba confundiendo en su inconsciente información con propaganda.

Hemos pasado de pretender que el ser humano pueda hacer libremente aquello que quiera, a que unos pocos hagan lo que quieran con los demás. Esto cada vez es más radical gracias a la implantación de un sistema globalizado y de una tecnología cada día más sofisticada al servicio de los privilegiados.

En las escuelas ya no se enseña, sino que se adoctrina para provocar ciertas emociones, simplonas pero efectivas. El pensamiento libre y crítico ha dejado paso a la consigna manipulada, al juicio hueco y voluble. Ellos, nosotros; lo bueno, lo malo; el éxito, el fracaso... son los extremos en donde es fácil situar al alumno, al oyente, al televidente, a cualquiera que no sea capaz de tomar distancia e interpretar de dónde surge el argumento y a quién beneficia. Lo bueno, es lo mejor; lo malo, lo peor. Se llora o se ríe a la mínima incitación; además, de que se ríe alborotadoramente o se llora desconsoladamente por cualquier banalidad, y cinco minutos después por cualquier otra.

Vivimos rodeados de emociones que sobrecargan nuestro sistema emocional, haciéndonos presa fácil de cualquier propaganda, sea comercial, política, económica, y hasta nuestra vida íntima acaba siendo reflejo de esas emociones.

El cuestionamiento ha pasado a mejor vida. Todo es opinión, opinión basada en las corrientes mediáticas. En este contexto, la prensa rosa, la amarilla, la deportiva de masas, la pseudo científica, la esotérico pueril... logran adeptos con facilidad pretendiendo en vano llenar con lo exterior lo interior.

Risa, llanto, indignación y entusiasmo bien teledirigidos hacen creer a las personas que están vivas, experimentando una vida que no es la suya, unas emociones que no nacen de sus vivencias y unas ideas que no surgen de sus experiencias. Viven, pues, una vida artificial impuesta por unos intereses bien concretos.

Bajo esta búsqueda narcotizada de emociones subyace la necesidad de evadirse de una vida interior vacía. Todo este maremagno de emociones encontradas, no nos hace más conscientes a los problemas de los demás, sino más frívolos e incapaces de oponernos a lo que nos indigna, pues un momento después hay otra cosa que nos indigna aún más.

Así, en ese mundo de emociones cambiantes y desbordadas, la persona va desapareciendo, así como la realidad, la experimentación directa y la vida misma desaparecen en un mar de ilusiones bien hilvanadas para sustituir a la auténtica vida.

La meditación, la reflexión serena, el pensamiento abierto, la duda indagadora... son elementos básicos de una mente libre.

El principio griego de duda y razonamiento, la capacidad de interrogación y reflexión crítica occidental, la práctica de la oración y el recogimiento cristiano o musulmán, y la meditación y la profundización interior budista son todos ellos buenos aliados para liberarnos de estas modernas y a la vez antiguas supeditaciones de la libertad de nuestra mente y nuestra alma.

Raúl de la Rosa













BUDISMO · ECOLOGÍA · VIDA SANA · SOLIDARIDAD · CULTURA