

Cuando escribimos, cuando hablamos, qué queremos decir, qué
queremos transmitir, y sobre todo, qué leen y entienden los demás.
Para transmitir aquello que queremos, la convicción en lo que decimos
es importante, así como la veracidad de las palabras o el sentimiento
con que se refuerzan, pero de poco sirve si no somos conscientes de lo que
decimos y de cómo ese estado de consciencia nos permite experimentarnos.
La influencia de las palabras no depende de si son temas transcendentales
o importantes sino de la actitud interior, si brotan desde la superficie o
desde lo más profundo. En caso de que no nos situemos con honestidad
junto a lo que decimos, las palabras se convierten en simples fuegos artificiales,
un pasatiempo sin más.
Igualmente, si sólo leemos o escuchamos sin intentar comprender que
hay más allá de las palabras, en ese lugar donde brota la experiencia
de quien habla enlazando con la nuestra (haya sucedido en nosotros esa experiencia
o aún no), estaremos perdiendo una oportunidad de profundizar en nosotros
mismos.
Hemos distorsionado el lenguaje hasta tal punto que difícilmente podemos
reconocer en él formas lingüísticas que hablen verdaderamente
de ética, de evolución espiritual, de conciencia y de valores
profundos. Muchas de las palabras han sido secuestradas y banalizadas por
el sistema imperante y por superficiales propuestas pseudofilosóficas.
Por ello, no sólo hay que leer o escuchar palabras, también
debemos prestar atención a la persona que, como ser, muchas veces oculto
tras los velos de una educación social errada, trata de comunicar honestamente
su mundo interior.
Sea quien sea la persona a quien leemos, sea quien sea la persona con quien
hablamos, cuando escribe o habla pretende decir algo que va más allá
del simple significado de las palabras. Si somos capaces de comprender qué
hay detrás de todo ello nos estamos uniendo a un camarada que comparte
nuestras mismas aspiraciones íntimas en el camino espiritual.
Cuando lo logramos, la experiencia se convierte en un todo, y la dualidad
y la diferencia de criterio se disuelven más allá de los prejuicios
y los pensamientos excluyentes.
Probablemente no siempre se consiga, pero siendo conscientes de que es posible,
podemos intentar mantener la atención centrada en percibir esa totalidad.
Esto es, siendo más conscientes de uno mismo y de lo que sucede.
Dharma es una casa común donde tienen cabida todas las tradiciones
y prácticas espirituales, toda forma de mejorar a la persona y el mundo.
Podemos presentarnos como taoístas, budistas, cristianos, musulmanes,
ecologistas, librepensadores, etc.; cada uno utiliza unos signos particulares
y un carácter unívoco de sus formas fieles a su tradición
o a sus maneras. Pero hay una esencia común a toda tradición
espiritual dirigida a la comprensión, en definitiva, del ser, y es
en esa esencia vacía de imágenes y de conceptos donde uno prepara
sus palabras, sus instrumentos y ritos personales, y se dispone para penetrar
en la comprensión a través de la intuición más
profunda en donde todos podemos encontrarnos en un camino común: el
de la conciencia.
Espero que Dharma sirva para conectar en ese camino a nuestros autores y a
nuestros lectores. Gracias a ambos por unirse a través de estas páginas,
nuestras y vuestras páginas.
Raśl de la Rosa