revista dharma

La flecha del tiempo

Seguramente, la mayoría hemos percibido cómo conforme pasan los años el tiempo parece transcurrir a una velocidad mayor. Si de niños veíamos sucederse los meses, los días, las horas y hasta los minutos con una intensidad casi física, después las estaciones pasan sin que aparentemente uno sea capaz de frenar esa vertiginosa sensación que provoca el presuroso paso de los años.

¿Qué supone este avasallador transcurrir del tiempo en nuestros sentidos? Creo que el principal problema surge de la dificultad de reflexionar sobre las cuestiones más importantes de la vida. El sistema socioeconómico que hemos creado se acelera progresivamente, cada vez más y más deprisa, y esto hace que la persona no tenga tiempo de razonar ni de meditar, y por tanto de decidir su presente y su futuro.

¿Somos capaces de mitigar esta acelerada sensación, e incluso de aminorar la velocidad de la flecha del tiempo?

Cuando llega la fecha del cumpleaños o en cada nuevo año se suelen tener buenos propósitos para la vida, cosas que uno ha ido postergando, y que generalmente sigue postergando. ¿Por qué, en esas fechas o en cualquier otra, no nos proponemos lentificar el tiempo?

¿Es esto posible? ¿No es el tiempo una constante universal?

A la primera pregunta podemos responder que sí, y a la segunda que no. Para mí, hay varias formas de situarnos ante nosotros mismos que permiten que el tiempo adquiera otra dimensión, y éste, por tanto, es subjetivo, es decir, depende de la experiencia y vivencia de cada cual.

La cuestión es si nosotros podemos lograrlo, y, si pensamos que podemos, lo segundo sería plantearnos si sirve para algo.

Lentificar el tiempo supone adquirir más consciencia de lo que sucede, y de nosotros mismos. Y ya sólo por eso merece la pena intentarlo. Además, una percepción del tiempo lenta y sosegada nos permite vivir más, y más profundamente.

Por otra parte, si un niño es capaz de vivir esa forma del tiempo más lento, profundo y consciente sin ningún esfuerzo, quizá nosotros también seamos capaces de lograrlo. Pero, ¿qué hace un niño que nosotros no hagamos? ¿Qué hacíamos que ahora no hacemos?

Nosotros vivimos con la mente puesta en el futuro: pagos aplazados, letras, hipotecas, responsabilidades, expectativas… nos mantienen acelerados hacia un futuro que ya se advierte vertiginosamente cercano. Ellos, los niños que aún no han sido contaminados en exceso por este vertiginoso modo de vida, permanecen con la mirada en el presente: vivir cada momento más intensamente, emocionarse con las pequeñas-grandes cosas más profundamente, sentir el pálpito de la vida a cada momento, la curiosidad, la alegría.

¿Ante esto qué podemos hacer?

Lo principal es dejar de mirarse el ombligo. Si creemos que el mundo gira a nuestro alrededor, que somos el centro del universo, vamos en contra del fluir de la realidad y el tiempo pasa de forma inconsciente y mecánica.

Las certezas, cuando las tenemos como axiomas, hacen que no reparemos en las opciones de otros, y menos aún en las certezas de quienes opinan de forma diferente.

Queremos tener razón aunque no haya razón para tenerla. Y dedicamos mucho tiempo -ese tiempo que se nos va entre las manos-, y muchos esfuerzos mentales a permanecer igual en nuestras convicciones.

Dejemos de mirarnos tanto a nosotros mismos y levantemos más la mirada, esa mirada que nos permite tener menos certezas y disfrutar de más curiosidad.

Raúl de la Rosa








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