revista dharma

¡Sí, en mi nombre sí!

Según las últimas estadísticas, nuestro país es uno de los menos solidarios del mundo. Hace unos años cerca de 200 países acordaron unos Objetivos del Milenio para acabar con la pobreza y el hambre. Como era previsible estos objetivos no sólo no se han cumplido sino que el mundo está cada día peor. Prometer es bien fácil, al igual que comprometerse a cualquier cosa que quede políticamente bien entre la gente, aunque se sepa de antemano que no se tiene ninguna intención de cumplir.

Si los discursos solidarios fueran comestibles el hambre en el mundo se habría acabado hace tiempo, y en los últimos años de hipocresía institucionalizada e universal estaríamos empachados.

Eliminar la pobreza y el hambre, reducir la mortalidad de los niños y darles una educación primaria son los grandes objetivos que no se cumplirán mientras el poder económico y político esté en manos de grandes corporaciones cuyo único objetivo es el lucro a toda costa, y esta costa es la de la muerte de millones de personas en esta guerra del sistema económico contra el mundo.

Esperamos expulsar de nuestra mente las imágenes que nos angustian. Muchas veces anestesiamos la mente y creemos haberlo logrado, pero en nuestro interior subyacen los males que permitimos, los bienes que no hacemos, los males secundarios que otros hacen en nuestro nombre: cuántas guerras, asesinatos en masa, hambre, miseria, enfermedades... a favor del progreso y el bienestar que "disfrutamos". Guerras para defender intereses de poder y económicos, para seguir vendiendo a quienes pueden pagarlo, y que no suelen ser los que mueren por hambre, guerras y miseria.

Las ideas distintas al pensamiento unidireccional del sistema neoliberal se muestran como insensateces o fraudes a la inteligencia. El mayor problema es que los medios de comunicación están mayoritariamente sometidos a esta forma única de pensar y de actuar, ya que si el problema fuese exclusivamente de pensamiento, bueno, bienvenido fuera, pero no se limita a pensar sino a actuar, y así nos va.

Aunque hayamos desterrado del pensamiento lo que no queremos ver, la realidad sigue sucediendo y nosotros lo seguimos viendo con los ojos internos, esos que sí quieren ver y saber, y que quieren decir ¡basta!, pero no a ver, sino a que ya no suceda más.

Por ello también podemos decirles a los líderes que administran el mundo para los grandes intereses económicos: ¡No, en mi nombre ya no!

Quizá no podamos cambiar el mundo, quizá no podamos cambiar muchas cosas, quizá sea una tarea demasiado grande para uno solo, pero alguien tiene que empezar a cambiar las cosas, las grandes y las pequeñas, las lejanas y las cercanas. ¿Por qué no nosotros? Si dejamos una semilla en el linde del desierto, y la regamos y cuidamos con mimo, y luego ponemos otra y otra, y otros viéndonos hacen lo mismo, en unos años el desierto se habrá convertido en vergel. Aunque si lo que hacemos es acabar con los pocos oasis que hay en el desierto, si derrochamos el agua, si cambiamos el clima, si... los vergeles que aún quedan en poco tiempo se transformarán en desiertos.

Si estamos decidimos a hacer este esfuerzo plantando árboles, procurando no contaminar, reciclar, consumiendo menos y más conscientemente... para que el mundo sea un lugar mejor, qué no menos debemos hacer por nosotros mismos: no contaminarnos con productos, ideas y pensamientos tóxicos, cambiar nuestro clima interior por uno más comprensivo y compasivo, plantar en nuestra mente con mimo las semillas que harán crecer la espiritualidad... Así, entonces, sí podremos cambiar el mundo, nuestro mundo, y nosotros con él y él con nosotros, en una reciprocidad enriquecedora.

Estamos sumidos en una guerra, aunque no es una guerra de ricos contra pobres, es una guerra del sistema contra el mundo. Pero el mundo no puede responder con violencia, debe hacerlo con una firme filosofía de acción hacia la paz. Esto, la ausencia de guerra y de violencia, y la implicación personal hacia la paz, es lo que más teme el sistema. Ahora sí que podemos dar nuestro primer paso y, también, entonces, proclamar: ¡Sí, en mi nombre sí!

Raúl de la Rosa







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