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Guerra y avaricia

Dokushô Villalba



El hecho de medir el nivel de bienestar de una sociedad utilizando parámetros exclusivamente económicos (PIB, tasa de crecimiento anual, etc.) es una de las mayores falacias de las sociedades modernas. El mito del Progreso, entendido como crecimiento económico continuo e ilimitado, sigue aún alimentando la maquinaria infernal de la producción y del consumo. A pesar de que ya por los años setenta el Club de Roma lanzó una lúcida advertencia sobre la inviabilidad de un crecimiento económico ilimitado y sobre el suicidio colectivo al que tal concepción nos aboca, los responsables de la gran economía y los líderes políticos continúan persiguiendo un aumento anual del crecimiento económico.

Pero ¿qué significa, en pocas palabras, "crecimiento económico"? Significa mayor productividad y mayor consumo. Productividad quiere decir transformación de recursos naturales en objetos de consumo. Consumo quiere decir adquisición, acumulación, de dichos objetos. Las sociedades desarrolladas modernas necesitan mantener engrasado el engranaje estimulando la acumulación de bienes, de riquezas, de objetos, es decir, estimulando la avaricia. Al mismo tiempo, necesitan un complejo sistema productivo que proporcione dichos bienes, sin tener en cuenta los enormes costos medioambientales y sociales que dicha productividad genera.

Si los recursos naturales del planeta Tierra fueran ilimitados, tal vez no tendríamos por qué preocuparnos. Pero el hecho contundente es que no lo son. No hay suficientes recursos en el planeta para alimentar el sistema económico actual.

La organización ecologista WWF ha dado a conocer el parámetro de la "huella ecológica". Se trata de un indicador de la presión que ejerce el ser humano sobre la naturaleza. Una herramienta que evalúa la superficie productiva que una población necesita para satisfacer su consumo de recursos y su necesidad de absorción de residuos. A escala global, la huella ecológica de la humanidad es una estimación de la superficie terrestre o marina, biológicamente productiva, necesaria para responder al conjunto de nuestras necesidades.

Según un reciente informe de la WWF, la huella ecológica de la humanidad que el planeta puede soportar es de 1,8 hectáreas por habitante. Este impacto casi se ha duplicado en el curso de los últimos 35 años, y actualmente supera en un 20 % las capacidades biológicas de la Tierra. Este estudio también pone en evidencia las profundas disparidades ecológicas entre los países: la huella ecológica por persona de los países ricos es seis veces más elevada que la de los países pobres. Por ejemplo, la huella de Estados Unidos es de 9,70 h/h (ha/habitante); la de Kuwait, 7,75; la de Etiopía, 0,78; la de India, 0,77; la de China, 1,54; la de Alemania, 4,71. ¡Si el mundo entero viviera como un norteamericano o como un europeo necesitaríamos cinco o seis planetas Tierra! ¡Y sólo tenemos uno!

Está claro que nuestro sistema de vida actual supera la capacidad del planeta. Si no hacemos nada, en poco tiempo la huella ecológica de la humanidad podría superar el 100% de la capacidad biológica del planeta.

Estos datos nos llevan a reflexiones clarificadoras. Si la media de sostenibilidad del planeta es de 1,8 ha/habitante, ¿cómo es posible que sociedades como la norteamericana o la europea estemos consumiendo el equivalente a 9,70 ha/habitante? ¿De dónde salen los recursos naturales que consumimos los norteamericanos y los europeos? No de Estados Unidos ni de Europa, sino de aquellas regiones y países cuya utilización de recursos no llega ni siquiera a satisfacer sus propias necesidades. En otras palabras, la riqueza de unos necesita y genera la pobreza de otros. Nuestro bienestar y nuestro crecimiento económico se asientan sobre la pobreza y la carencia de gran parte de la población mundial. La avaricia es un cáncer depredador que está corroyendo las bases mismas de la civilización humana.

¿Cómo es posible que la avaricia de los países más desarollados siga depredando las riquezas y los recursos naturales de los países menos desarrollados? Con el apoyo de un sistema económico internacional injusto basado en la política del más fuerte, es decir, basado -en última instancia- en el poder militar.

La guerra es consustancial a la avaricia. El diccionario de la RAE define la avaricia como "afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas". En el trasfondo de toda guerra se encuentra este deseo desmedido de poseer y adquirir las riquezas del otro, ya sean éstas recursos naturales, territorio o poder, aunque a veces las guerras sean disfrazadas con discursos ideológicos diversos. Esta es la razón por la que los Estados Unidos y otros países invadieron Irak y esta es la razón por la que el mundo desarrollado sigue presionando política, económica y militarmente a las regiones y países que poseen recursos naturales.

Cuando la invasión de Irak, la ciudanía europea se manifestó masivamente a favor de la paz. Pero pocos europeos son conscientes de que nuestro propio sistema de vida basado en el consumo avaricioso de bienes y recursos naturales -entre ellos el petróleo- es la causa principal de la depredación de los bienes y recursos naturales de otros, ya que los recursos son limitados e insuficientes para que la totalidad de la humanidad consuma al ritmo y al nivel de los países desarrollados.

Es por lo tanto evidente que mientras que haya avaricia o consumo irresponsable habrá guerras y conflictos. La paz sólo puede ser construida sobre las bases de la justicia social, del reparto equitativo de los recursos, del intercambio comercial justo de los bienes de consumo.

Necesariamente, Occidente y los países que más recursos consumen, debemos ralentizar nuestro crecimiento y disminuir nuestro nivel de consumo. Bien es cierto que este discurso es políticamente muy incorrecto y ningún político en campaña electoral tendrá la valentía de presentarlo. Pero alguien tendrá que ponerle tarde o temprano -más vale temprano que tarde- este cascabel al gato. Mientras tanto, los ciudadanos de a pie deberíamos hacer todo lo posible para disminuir nuestro consumo asumiendo una actitud de simplicidad y sobriedad voluntarias. En nuestras manos está frenar la maquinaria infernal que está destruyendo el lecho ecológico necesario para la vida, al mismo tiempo que está creando un abismo cada vez más grande entre el Norte atrincherado en sus riquezas y el Sur desangrándose en hambrunas, guerras y conflictos que se cobran millones de vidas humanas cada año.

La mejor manera de trabajar por la paz que todos anhelamos es aceptar un estilo de vida simple y sobrio en el que el nivel de bienestar no sea ya medido por PIB ni por tasas de crecimiento económico, sino por la satisfacción interior, por la solidaridad entre seres y pueblos, por el respeto a la naturaleza.

Todos tenemos una parte de responsabilidad y creo que, particularmente los líderes religiosos y los creadores de opinión, debemos hacer todo lo que esté en nuestras manos para que esta conciencia crezca cada vez más, antes de que sea demasiado tarde.







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