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BUDISMO

¿Budismo a la Occidental?

María de Felipe

Desde mediados del siglo xx el budismo ha comenzado a penetrar en Occidente como una vía espiritual alternativa a la tradición cristiana y a las otras dos religiones del Libro. La invasión del Tíbet por China en 1958 y la rendición del imperio japonés tras la segunda guerra mundial forzaron una nueva relación de ambas naciones con el mundo occidental. La entrada en Occidente de la cultura japonesa y el exilio de gran parte del pueblo tibetano propiciaron que manifestaciones antes sólo accesibles a estudiosos, viajeros y diplomáticos se pusiesen poco a poco al alcance de todos. Y, entre lo que nos han aportado, destaca el budismo, que la mayoría no hubiéramos podido ni soñar en conocer de primera mano si no fuese por esos graves acontecimientos que quebraron las estructuras de ambas sociedades.

Así, a partir de los años 60, y coincidiendo con la incruenta revolución cultural encabezada en los países de nuestro entorno por la juventud, estas recién llegadas filosofías orientales empezaron a calar en una parte de la población.

En España, es cierto, tuvimos que esperar un poco más. Por lo menos a que se muriese el caudillo y se instalase una sociedad democrática, más permeable al influjo de Europa, y un tanto más aconfesional. Ahora mismo tenemos una escasa aunque representativa muestra de varias sectas budistas. De tal manera que cualquier persona interesada en el budismo ya no está obligada a emprender un largo viaje y a aprender otras lenguas para entrar en contacto con él. Incluso ya hay monjas y monjes, lamas y maestros de origen español, por lo que es de prever que progresivamente el budismo se irá desligando de sus países de exportación para pasar a ser un fenómeno autóctono.

La adaptabilidad del budismo a los lugares por donde se ha extendido históricamente ha propiciado su propagación, y no cabe la menor duda de que entre nosotros el proceso será similar si, como parece, está llamado a ser algo más que una vía espiritual minoritaria y calar hondo en el conjunto de la sociedad.

Quienes ahora somos practicantes de cualquier rama del budismo a la que hay acceso en España estamos en un momento sumamente interesante, nadando en el punto justo de confluencia de las mareas. Lo queramos o no, seremos los responsables de esa necesaria transformación del budismo a nuestra manera de vivir.

De momento (aunque cada día hay más signos de cambio), ocurre lo contrario: las personas que se acercan al budismo deben sobrellevar con garbo su extrañeza ante unas formas no usuales; deben, por ejemplo, estar dispuestas a cantar en lenguas ininteligibles para ellas; e incluso, a menudo, la entrada formal en una de estas comunidades se acompaña de un nombre extranjero. Por contra, algunas de estas formas no carecen de cierto contenido espiritual, y se vuelve difícil distinguir lo que simplemente es exótico de aquellos elementos de la práctica que vehiculan los cambios sutiles en nuestra conciencia. Sólo la experiencia durante años podrá decirnos qué es lo accesorio y con qué hay que quedarse. También será la experiencia la que nos indique qué cosas de nuestra cultura nos sobran o bloquean la profundización en la conciencia que ofrece el budismo. No obstante, ahora mismo y salvo excepciones, muchas veces tenemos la sensación de que somos nosotras/os, de que es nuestra sociedad, quienes nos adaptamos a lo que viene de fuera. ¿Y qué culturas son estas?

Desde luego han recorrido un camino histórico muy diferente al nuestro. Si bien han conseguido preservar el budismo, parece ser que ello no les impulsó a unos cambios tan radicales como los que se han producido en Occidente. En general estamos hablando de sociedades feudales, a las que sólo la irrupción de hechos históricos terribles o el colonialismo ha obligado, a la fuerza, a meterse en el siglo XX. No debemos olvidar que en el Tíbet, con una estructura social totalmente diferente a la nuestra (en muchos aspectos bastante más saludable), no había separación Iglesia-Estado, las luchas por el poder político entre el clero eran equiparables a las que se producían en la Europa medieval, no existía ningún vestigio de sistema democrático y sí la esclavitud. O sea, tenían una organización teocrática y, tras la invasión china, sin ningún tiempo para una progresiva adaptación, en pocos años, una considerable cantidad de monjes, monjas y lamas se exiliaron y empezaron a enseñarnos el budismo.

Hablemos de Japón, desde donde nos llega el budismo zen. La influencia del zen puede observarse más en el ámbito cultural que en el político o social, donde parece que el budismo no introdujo ningún cambio importante. Quienes practicamos esta rama del budismo sabemos que en la segunda guerra mundial no sólo fueron escasos los monjes y maestros que se opusieron a los afanes del imperio japonés y a la guerra, sino que además apoyaron mayoritariamente el fascismo (hay curiosas fotografías de desfiles de monjes zen armados), al Emperador Sol y la locura de la guerra. Sólo la terrible crueldad de las bombas atómicas frenó al imperio japonés y le hizo rendirse y consentir con un sistema democrático a la occidental.

Por supuesto, los maestros japoneses que, tras la segunda guerra mundial, empezaron a difundir el zen, sobre todo en EEUU, tuvieron el detalle de aclarar para el público norteamericano que ellos nunca habían estado a favor de la guerra. De ser cierto, se trató de posturas muy personales, ya que la oficialidad del budismo zen, mientras duró aquella horrible guerra, no levantó ninguna protesta, sino más bien al contrario. Después, una vez caído el fascismo japonés y no con mucha premura, la escuela Soto Zen se disculpó por estas actitudes. ¿Les suena a algo?

Bueno, al menos, no han tardado los siglos que le llevó a la Iglesia Católica reconocer que no había sido muy justa con Galileo. Ahora las cosas parece que van más rápido, un signo de los tiempos.

Para las/os occidentales practicantes del budismo zen, que no teníamos previo conocimiento de estos hechos y que, como yo misma, en la juventud habíamos estado en la lucha clandestina a favor de la democracia, resultó chocante comprobar que en todos lados cuecen habas. Algunas/os, cuando vimos la foto de los monjes armados, no pudimos por menos que compararla con aquella del cardenal español brazo en alto, en saludo fascista. Y nos planteamos algunas cuestiones. La fundamental era: ¿cómo el budismo, en vez de modelar la sociedad japonesa, se había aliado de tal manera con un poder que además estaba en contra de cualquier principio budista? O bien: ¿cómo podía persistir la esclavitud en una sociedad budista como la tibetana? ¿Qué tipo de budismo era ese que no transformaba efectivamente las vidas y las sociedades de sus practicantes?

Muchas/os, desencantadas/os, en este país de una Iglesia Católica anclada en usos y costumbres medievales que no avanzaba a la par con la sociedad, y especialmente quienes tenemos el estigma de nacimiento de ser mujeres, habíamos creído encontrar una nueva forma de espiritualidad que sí nos acogía y nos trataba en pie de igualdad. ¿Era sólo una ilusión?

De nosotras/os depende no cambiar guatemala por guatepeor. Tenemos la ventaja de que el budismo está recién llegado aquí y la responsabilidad de cambiar lo que nos sea lesivo como miembros de unas sociedades en las que no caben ya las disculpas para actuar injustamente contra el género humano, ni contra ningún tipo de género.

La mayoría somos budistas porque sentimos la fuerza transformadora de esta Vía en nuestra propia vida, no porque queramos someternos a otra fe, a otra creencia, a otras etiquetas más exóticas. Si, al principio, un componente de huida de los problemas animaba inconscientemente nuestra práctica, la práctica misma nos ha devuelto a la vida tal como es. Por eso la consideramos saludable, porque nos ha descubierto la necesaria compasión para abordar los asuntos y las heridas más soterradas. Pero nuestra Vía como budistas no acaba ahí, sino que empieza, porque no estamos excusadas/os de aplicar esta nueva conciencia a la sociedad, de abordar las grandes heridas del ser humano, que son las nuestras, con la necesaria compasión. El budismo no puede servir para construirnos un refugio unipersonal seguro contra las fuerzas azarosas de la existencia, para soñar con un nirvana que nos aleje de nuestro compromiso con los demás. Para eso ya tenemos bastante de paraíso cristiano; y no hay que olvidar que fuimos expulsados de él, y en concreto a causa de una mujer. No desdeñemos la importancia de estas historias que siempre nos han contado, su efecto inconsciente, ya que corremos el riesgo de andar de nuevo a la búsqueda de paraísos perdidos, aunque ahora sea budista.

Así, como mujeres y hombres occidentales, no debemos olvidar que el regalo del budismo que nos está llegando trae un envoltorio del que podemos prescindir. Aunque el budismo es un enorme regalo, aceptarlo no obliga a tirar por tierra el camino histórico que nuestra sociedad ha recorrido, diferente del de aquellas de donde procede. Ese camino histórico es el obsequio de Occidente al mundo, al cual no debemos renunciar. Se trata, más bien, de un intercambio de presentes. Precisamente es el budismo bien realizado lo que puede ayudarnos a seguir profundizando en los aspectos más sanos de nuestra propia cultura, incluido el de la tolerancia. Sin embargo, debemos tener cuidado de que esa misma tolerancia no nos lleve a adaptarnos a los aspectos dañinos de las otras culturas. En todo caso, conviene que hagamos que se acepte el regalo que aquí tenemos para ellas.

En Occidente hemos recorrido un largo, largo camino: hemos abolido la esclavitud, hemos derrocado el poder de la aristocracia y el clero, hemos desactivado la alianza histórica de ambos con la separación del Estado y la Iglesia, las castas sacerdotales están en regresión en cuanto a su poder de influencia social (a pesar del jaleo que se monta cuando se muere el Papa, la noticia es la noticia); hemos hecho una revolución industrial que garantiza unos derechos a los trabajadores, se ha conseguido el voto para las mujeres y se trabaja por su equiparación en derechos a los hombres; se ha luchado contra las dictaduras y se han establecido unas democracias que, a pesar de sus fallos, resultan un poco más justas que aquéllas; y tenemos formas propias de conocimiento interno, como la psicoterapia, que nos ayudan a reconocer el origen de nuestra infelicidad como seres individuales. De hecho, hemos desarrollado un fuerte sentido de la individuación que, con sus pros y sus contras, nos hace ser capaces de tomar decisiones vitales autónomas y ser más un individuo que un grupo humano. Y todavía nos queda un largo camino por recorrer en pos de una sociedad aún más sana, plena de seres más felices.

Algunas/os budistas sentimos que tenemos la responsabilidad de transformar el budismo que nos está llegando. No podemos echar por tierra todo lo conseguido durante siglos y empezar a adaptarnos inocentemente a obsoletos sistemas de vida y de enseñanza por la simple razón de que sean el envoltorio en el que viene el regalo. Debemos distinguir bien el envoltorio del regalo, y seguir planteándonos cuestiones dentro de nuestra práctica y nuestro grupo de práctica que hagan un budismo a la occidental.



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