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Visita a un centro:

Dag Shang Kagyu



Por Agustín Araque

Un centro Rimé

Ubicado en el terreno de las primeras estribaciones pirenaicas, entre el valle de Benasque y el de Bielsa, junto a la pequeña aldea de Panillo, de la que recibe el nombre por el que popularmente se le conoce, se encuentra el Centro de Retiros budista Dag Shang Kagyu. Un extenso territorio, donde, en torno a una vieja casa de montaña, ha ido surgiendo una auténtica población con todos sus servicios: templo, viviendas, hospedería, una escuela, casa de retiros... Un lugar donde vivir de otra manera en el seno de nuestra cultura occidental en pleno siglo XXI.

Algunos lo llaman el pequeño Bután, no solo por el escarpado paisaje de amplios horizontes, sino porque el lama Drubgyu, director y alma del lugar, es de origen butanés y ha sabido imprimirle la atmósfera de su país natal.



Fue fundado en 1984 por Kalu Rimpoché, uno de los lamas tibetanos más carismáticos del siglo XX, un yogui al estilo tradicional que pasó más de la mitad de su vida retirado en las cuevas de los Himalayas; y desde entonces ha ido creciendo de manera imparable, siguiendo los escrupulosos planes diseñados por él antes de morir. Tal vez éste sea el secreto, la mano sutil de Kalu Rimpoché planeando sobre el lugar, o tal vez lo sea la paciencia y cariño con que lama Drugbyu lo cuida: es inconcebible cómo puede no haber ni un solo desconchado en tantos metros cuadrados de edificación, ni una peladura en el color de tanta imagen al aire libre. A cada paso, entre los pinos, por las retorcidas veredas que conectan los diversos edificios: budas, divinidades, letras sagradas, que están ahí como si emanaran de la naturaleza. Y estupas, muchas estupas (construcción que simboliza la mente iluminada): “He hecho la promesa de levantar ciento ocho estupas”, me dice lama Drubgyu. Actualmente van por las sesenta.

La comunidad humana que se encarga del mantenimiento del centro y de la organización de las numerosas actividades o bien reside en alguna de las casitas diseminadas por el terreno, o bien han encontrado casa y modo de vida en Panillo o en Graus y se han trasladado allí con toda su familia. La secretaría tiene su responsable, Marta; la tienda también, Isabel; y la universidad, Mercedes; la intendencia, etcétera: un amplio equipo estable de personas comprometidas con su propio crecimiento espiritual y con un proyecto colectivo que ha conseguido convertirse en apenas veinte años en un referente en toda Europa.

Mi llegada coincide con la de Khenpo Tsultrim, un maestro tántrico de elevada reputación. Es una visita privada, no va a dar enseñanzas; han venido discípulos suyos de toda España y de otros pasíses a encontrarse con él. Alguien me dice que habrá una reunión en la gompa (la sala de meditación) a las cinco de la tarde.

Puntual, aparece Khenpo Tsul-trim, y a su paso van brotando sonrisas en todos los que allí se han congregado. Tras él, su asistente, porta una gran copa de vino, llena de lo que parece un buen rioja (o tal vez un vino de esta tierra, un somontano).

Hay una expectación vibrante en el aire. Somos unas cuarenta personas. Khenpo Tsultrim sonríe con suavidad tras sus ojos entrecerrados, y de pronto nos pide que nos separemos: los hombres a su derecha y las mujeres a su izquierda. Hace que se repartan unos papeles y ordena a las mujeres que canten, y a nosotros que bailemos. Se trata de cantos sobre la vacuidad, traducidos al inglés, que el coro femenino repite de manera mántrica, mientras los hombres los convertimos en movimiento bailando a su son. Kenpo Tsultrim pasea entre medias de los dos grupos, dando pequeños sorbos de la copa que lleva su asistente, y dirigiendo con el compás de su cuerpo el concierto de los celebrantes de la luz. Al cabo de un rato largo, nos ordena que cambiemos los papeles: ahora cantamos los hombres y ellas bailan para nosotros, para la vida.

Seguimos así algo más de una hora. Khenpo Rimpoché ríe con fuerza y dice algo en tibetano: mañana a las seis otra vez, traduce alguien.

Hay gente que se va y hay quien se queda. Después de esto, no quiero perderme lo que venga a continuación. Y hago bien: la puja de Mahakala es “absolutamente infernal”, como a mí me gusta: un pandemonium de platillos, trompas, caracolas y voces guturales que convocan a capítulo a los protectores del dharma. Y luego, de propina, otra de Chenresi. Cuando salimos de la gompa es la hora de cenar.



Al día siguiente acudo al templo a las siete de la mañana. Es de noche y hace frío; pero dentro hay un cálido ambiente. La puja que toca ahora es la de Tara, el aspecto femenino de la deidad. No es el momento de entrar en largas explicaciones sobre lo que es una puja, pero algo conviene decir para que se sepa de qué estamos hablando. Se trata de una meditación en la que se trabaja con cantos, música, recitaciones, mudras y una visualización altamente desarrollada. Para poder participar activamente en ella, hay que haber recibido la iniciación correspondiente. De manera que una puja es un intenso trabajo interior.

Esta mañana somos el lama, dos monjes y cinco personas de fuera. La sesión dura hora y cuarto y, al acabar, lama Drubgyu se levanta sonriente de su sitio y nos saluda según va pasando a nuestro lado. Al llegar a mí, me invita a que vaya a charlar un rato con él después del desayuno.

Para mi sorpresa, en cuanto le pongo una grabadora delante, descubro que es una persona muy tímida. Se ríe con facilidad, y habla deprisa en un castellano poco elaborado, pero rico en expresiones, un torrente imparable de palabras. Gracias a ello me entero de un montón de cosas: que nació el 1 de mayo de 1955 en Mongar, una región del este de Bután. Su padre era un lama Nyingma, y los primeros años durante su infancia aprendió con él. Luego fue con otro maestro también de la escuela Nyingma, y vivió y practicó bajo su tutela varios años. Hasta que dejó su país, en busca de un nuevo maestro, y conoció a Kalu Rimpoché, que entonces vivía en su templo de Sonada, en la zona de Darjeleeng, en India. Permaneció muchos años a su lado, e hizo con él el retiro tradicional de tres años.

“Y siguiendo a Kalu Rimpoché llegué aquí, a España. A finales de los años setenta había comenzado a fundar centros urbanos en diversas ciudades: Madrid, Barcelona, Valencia, Mallorca, Zaragoza... Pero él buscaba un lugar en el campo para establecer un centro raíz. En 1981 una discípula francesa suya nos cedió una pequeña parcela de tierra en este sitio. Kalu vio que era un buen lugar y pidió a la gente que compraran más terreno, porque esto en el futuro iba a ser un centro importante a nivel europeo. Se consiguieron las 116 hectáreas que constituyen la propiedad actual; y en 1984 se inauguró lo que hoy es Dag Shang Kagyu. Kalu me había pedido que viniera con él a España; y estuve viviendo al principio en Tarrasa. Cuando tuvimos el centro me mandó que me hiciera responsable. Y aquí estoy desde entonces”.

“España, al principio, me pareció un lugar muy extraño, me chocaba todo, no entendía nada, todo era diferente: los horarios, las comidas, las costumbres. La gente no hablaba inglés, y no podía comunicarme. Los dos primeros años lo pasé realmente mal. Al final conseguí adaptarme, y ahora tengo muy buenos amigos y mis relaciones son muy cariñosas. Estar con Kalu Rimpoché me ayudó mucho en este proceso, él era un maestro muy querido”.

“Desde que llegué hasta ahora ha habido un cambio muy grande en la actitud de la gente hacia el budismo. Aquí, hace veinte años, el budismo todavía se veía como algo muy extraño. Luego, a través de la televisión y de la fama del Dalai Lama fundamentalmente, el conocimiento de la gente y la opinión general ha cambiado por completo”.

Más tarde hablo con Tsering, el residente más antiguo. Tsering Dorje, pese a su nombre, no es monje. Lo fue, pero colgó los hábitos; según me cuenta con pasión: “Ser monje en nuestros tiempos es un anacronismo, no sirve para nada”. Dejó los hábitos pero no este sitio; y aquí sigue, formando parte del alma del lugar. Él se ocupa de la cocina y es el traductor oficial de tibetano. En razón de esta ‘habilidad’ suya, viaja a menudo a India, Bután, Nepal, y está en contacto con los lamas más ‘misioneros’.

Vive en una apartada casa dentro de Dag Shang Kagyu, construida según criterios totalmente ecológicos, y decorada con todo primor. Rodeado de plantas y de jabalíes, a los que pone de comer todas las noches.

“Aquí aprendes a vivir de manera sencilla. Cuando llegamos en el año 84, la ‘Casa Jabonero’, lo que hoy es el albergue, estaba en ruinas, y era lo único que había. Habilitamos una cocina y un dormitorio, y nos pusimos a trabajar. No había baño, íbamos al monte; tampoco había duchas, te lavabas en un barreño con agua que calentabas al fuego. La electricidad es cosa de hace solo cinco o seis años; entonces utilizábamos velas. El agua todavía hoy hay que subirla con camiones cuba; las fuentes dan para poco, y desde luego no para abastecer un centro por el que pasan cientos de personas al mes”.

Tsering me define Panillo como un ‘Centro de difusión del dharma’. “No es un monasterio”, insiste, “hay un templo y casitas de retiros individuales, que se pueden alquilar por temporadas más o menos largas. De hecho viene gente de todo el mundo. Es un Centro Rimé, que en tibetano significa algo así como ‘ecuménico’. Tenemos una identidad propia, nuestro linaje es Shangpa Kagyu; pero invitamos a maestros de cualquier escuela budista, principalmente de las escuelas tibetanas, aunque a veces vienen también maestros de otras tradiciones”.

“Antes admitíamos a cualquiera que quisiera alquilar una casita, ahora solo a personas budistas. Alguien puede venir a retirarse para hacer su práctica, pero siempre supervisado por el lama Drubgyu”.

“Las personas que vivimos aquí trabajamos por la comida, sin salario; a veces incluso hacemos una aportación económica. Hay un núcleo estable de residentes ya numeroso, pero somos una comunidad abierta: hay además una población flotante de gente que viene y va”.



Dag Shang Kagyu tiene, además, unos catorce o quince centros urbanos extendidos por España. Y hay cinco lamas que se ocupan de ir pasando por ellos y alimentarlos espiritualmente.

Al día siguiente Mercedes, la responsable del programa de estudios y de la editorial, me lleva a conocer la Tsedra. Llueve y el camino está embarrado. Al acercarnos, el edificio emerge de entre la bruma, como si se hubiera engalanado para aparecer envuelto en misterio. Se trata de una majestuosa construcción de cinco plantas, de muros reforzados al estilo tibetano. En el sótano están los talleres de la editorial; la primera planta alberga el salón de actos y reuniones; en la segunda está la biblioteca; la tercera es vivienda para los lamas de alto rango que vengan a impartir estudios; y la última es una gompa de pequeñas dimensiones pero exquisita factura, en especial sus pinturas murales.

Pero la Tsedra, palabra que podemos traducir por ‘escuela’ o incluso ‘universidad’, es más que un simple edificio: es un lugar de acumulación y transmisión de saber. Su corazón es la biblioteca, que contiene un ejemplar completo del Kanyur, ciento ocho libros que son el canon de las escrituras budistas tibetanas (equivalentes, para los entendidos, al ‘Canon Pali’ de la tradición hindú). Y el ambicioso proyecto que ya está en marcha es formar una escuela de traductores que acaben siendo capaces de verter todo ese saber al español con fidelidad.

La gran casa para retiros de tres años estará acabada a finales de 2006. Este tipo de retiros es la joya de las prácticas que un centro tibetano puede ofrecer. Es la ocasión para que una vida humana se transforme de raíz. El primer retiro está programado para 2008 y ya hay una larga lista de solicitantes. Suerte a los que deseen entrar, porque solo hay veinte plazas. O, mejor que suerte, como diría lama Drubgyu: “Hay que ver quién lo pide no con la boca sino con el corazón”.

Más info: http://dskbudismo.org/index.php



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