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La causa y el efecto

Miguel Rodriguez de Po

Mi intención en este artículo es mostrar hasta qué punto la noción de la causa y el efecto puede alcanzar el grado más profundo de verdad, y enseñarnos todo el recorrido completo del Ser.

Un desarrollo de esta idea no sería necesario si el concepto de causa y efecto no se hubiese alojado, por diversas razones histórico-filosóficas, en el extremo más superficial de nuestro entendimiento. Así, por ejemplo, cuando mencionamos algo sobre la causa y el efecto, inmediatamente nos giramos hacia las ciencias físicas, particularmente tal y como se han entendido desde Newton. Dejando aparte el hecho de que esta concepción ha traído numerosos frutos en nuestro entendimiento de la naturaleza, sin los cuales hoy no nos podemos pasar, la causa y el efecto pueden aún entenderse de un modo más profundo -esto es, interior.

En cierto modo es así como se entendía en la antigüedad, aunque dado que en la filosofía previa a la Modernidad lo interior y lo exterior no estaban estrictamente bien diferenciados, la causa y el efecto podían habitar simultáneamente entre ambos mundos, por ejemplo en Aristóteles. Lo interesante de una aproximación como la aristotélica, a pesar de participar en cierto modo de la mezcla entre lo interior y lo exterior a la que aludíamos, consiste en que, partiendo de cualquier lugar en el universo, uno alcanza -siguiendo una cadena lógica de premisas- el Primer Motor Inmóvil; es decir, alcanza virtualmente cualquier cosa o lugar. Si uno coge una piedra y se pregunta: “¿Qué hace esta piedra aquí? ¿De dónde proviene?”, llegará a una conclusión del tipo: “Pedro la ha tirado desde su casa” o “La montaña la ha arrastrado hasta aquí con las riadas de primavera”. Si seguimos entonces nuestra persecución de la causa que originó esta última posición de la piedra, alcanzaríamos otro lugar (“Estaba en la montaña porque erupcionó desde el magma interno”), y así sucesivamente. Pero sucesivamente, ¿hasta dónde?

Es quizá aquí donde se distinguen las tradiciones filosóficas de Oriente y Occidente. En Occidente, especialmente desde la lógica de Aristóteles, se ha tendido a postular un Primer Motor Inmóvil (o un Big Bang, que viene a ser lo mismo) del que parte todo movimiento -un completo y Absoluto Misterio al que siempre fallamos y fallaremos al tratar de ponerle un nombre-. Todos sabemos de las consecuencias que tuvo esta poderosa concepción en la filosofía cristiana y en el desarrollo de nuestras ciencias por lo menos hasta Newton (aunque habría que ver hasta qué punto y en qué medida la ciencia cuántica se ha desprendido de esta concepción teológica de fondo). En Oriente, particularmente en el budismo, no ha existido necesidad alguna de postular un Principio Supremo (regulador o no-regulador: regulador sería el de las versiones más literalistas del cristianismo y no-regulador sería más bien característico de las culturas paganas, como es el caso del Aristóteles). Nótese que con Principio Supremo o sin él, la cuestión fundamental de la causa-consecuencia es idéntica: todo se relaciona con todo en último término. No podemos entender nada sin lo otro, lo otro sin esto, y así sucesivamente, indefinidamente. Esta concepción, que forma parte de lo más esencial del budismo, se ha llamado en esta tradición la originación interdependiente (o co-originación dependiente), doctrina que ya fue formulada de algún modo por el Buda pero que habría que esperar a otros filósofos como Nagarjuna o Chandrakirti, por ejemplo, o a importantes Sutras del Mahayana (Avatamsaka, Lankavatara) para que fuese expresada en todo su esplendor.

Para apreciar el valor inmenso de esta doctrina uno tiene que desprenderse por un momento de su validación más o menos eficaz en el reino de lo físico. Ya ahí resuenan sus posibilidades intrínsecas, pero hay que ir más allá, al corazón mismo de lo interior, en cuanto que nos afecta a nosotros personalmente, para comprobar hasta qué punto podemos crecer si tenemos en cuenta una concepción semejante a lo largo de nuestras vidas.

Decíamos que la conclusión más importante de esta doctrina es que nada puede separarse de nada en último término: todo está íntimamente relacionado; y no sólo relacionado, sino que todo contiene a todo. Cada cosa contiene el Todo y el Todo habita en cada cosa. Si esto es así, por ejemplo, en nada nos diferenciamos del más terrible de los asesinos; en nada nos diferenciamos (o somos su causa) de aquellos que colaboran a la polución ambiental, a las guerras fraticidas en el Tercer Mundo, a los descalabros económicos, los holocaustos… a todos los desastres que quepa imaginar. Tampoco somos esencialmente diferentes de Rembrandt, de Einstein o de Jesús. Todo somos nosotros, nosotros estamos en todo. Lo ‘peor’ y lo ‘mejor’ somos nosotros. ‘Nosotros’ en realidad es un concepto muy ceñido a la letra, sin validez sólida a poco que miremos de cerca la realidad. ¿Quién soy Yo? (La pregunta meditativa clásica del vedanta).

Y, si todo esto es así, si nada podemos separarlo de nada a no ser que sea con nuestros conceptos, si ahora mismo yo soy el mundo entero en toda su manifestación y no-manifestación, si esa hoja que veo caer desde mi ventana contiene el cosmos entero sin excepción de ninguna de sus partes o profundidades, ¿qué debemos hacer ahora una vez que nos hemos dado cuenta?

No seré yo quien conteste a esta pregunta. Esa otra Voz, ya no propia sino Toda, debe abrirse espacio para que se suelte.


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