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Bután: El reino del dragón de truenos



Por Emilio Sanjuán

Según cuenta una leyenda butanesa, los truenos son la voz de los dragones rugientes. De ahí nació el reino del dragón de truenos: Bután. Situado en la cordillera del Himalaya, entre China e India, Bután es el país de las montañas. De hecho, en sánscrito “bhu-uttan” significa “tierras altas”. Efectivamente, en Bután, mires hacia donde mires, ves montañas a tu alrededor. Sus altas montañas y las leyes, que prohibían la entrada de extranjeros, lo han mantenido aislado del resto del mundo. Sólo a partir de 1974, ha comenzado una cierta apertura de sus fronteras. Pero, para preservar sus tradiciones, aún hoy hay muchas zonas restringidas a los turistas y extranjeros.

Aislado durante siglos, ha mantenido intactos sus valores y costumbres tradicionales. De hecho, la primera carretera se construyó no hace más de cuarenta años. Es un país para la aventura y la fascinación de nuestros ojos occidentales poco acostumbrados a estos contrastes tan reales y auténticos.



En Bután la herencia pasa generalmente a las mujeres de la familia. Las hijas heredan la casa de los padres, ya que se supone que los hombres deben de buscarse su propio camino. Es frecuente que el hombre al casarse se traslade a casa de su esposa. Cada vez son más los matrimonios que se hacen por amor, especialmente en las ciudades, pero en las zonas rurales aún es frecuente la tradición de los matrimonios convenidos. Aunque cada día se hace menos, la poligamia y la poliandria son aceptadas. Durante siglos ha sido la forma de mantener la propiedad dentro del ámbito familiar sin que se disgregue.

Aún así, a Bután llegan nuevos aires, que habrá que ver si traen cosas positivas o no. Desde hace unos ocho años se ha legalizado la televisión e internet, con lo que otras formas de vida están entrando con fuerza. Aunque el idioma propio es el dzongkha, no es difícil hacerse entender en inglés.

Llegar a este país único es toda una aventura de los sentidos, asombrosa y seductora. Junto a sus impresionantes montañas están los dzongs, los monasterios, auténticas fortalezas, y los templos budistas.



Junto a ellos, en las montañas, en las pequeñas aldeas o en las escasas ciudades, se ven las típicas edificaciones de Bután con sus puertas y ventanas de madera ornamentada, con los pródigos símbolos mágicos, y también con grandes falos que sirven para alejar a los malos espíritus.

Cada aldea está junto a templos, y los grandes monasterios-fortalezas guardan las ciudades. El gran monasterio de Taktsang salvaguarda la ciudad de Paro. Construido sobre una gigantesca roca, domina el valle norte de la única ciudad del país con aeropuerto. En Paro encontraremos las huellas más antiguas de la memoria butanesa. Y dominándolo todo, el soberbio y hermoso monte Chomol-hari.

Timbu, la capital y la ciudad más grande de Bután, está situada en un bello y fértil valle, en contraste con algunos picos montañosos que superan los siete mil metros de altura.

Hemos llegado a la zona oriental de Bután, al pueblo de Drametse donde se celebra dos veces al año el Drametse Ngcham, la festividad en honor del maestro budista Padmas-ambhava. Evento organizado por el monasterio de Ogyen Tegchok Namdroel Choeling.

El momento culminante de las festividades se alcanza con la gacham, la danza sagrada con máscaras que se ejecuta desde el siglo XVI.

Los bailarines, con sus hábitos monásticos y las máscaras de madera con aspecto de animales reales o mitológicos, interpretan un baile de plegaria ante el soeldep cham, o tumba principal, antes de aparecer uno por uno en el patio principal.



Dieciséis bailarines con máscaras y trajes de vivos colores realizan un baile lento y ensimismado, que representa a las deidades pacíficas, y luego se transforman en deidades encolerizadas mediante un baile rápido y vigoroso.

Junto a ellos, diez hombres marcan el ritmo del baile con los instrumentos musicales: címbalos, trompetas y tambores, entre ellos el bang nga, un gran tambor cilíndrico, el lag nga, un pequeño tambor plano, y el nga chen, un tambor que se toca con un palillo curvo.

Además del significado religioso y cultural, este baile, que la leyenda describe como originalmente protagonizado por héroes y heroínas del mundo celestial, es una fuente de poder espiritual, tal como creen los habitantes de Drametse y los de las regiones próximas y los pueblos que se acercan para recibir bendiciones.



El deporte nacional de Bután es el tiro con arco. En cualquier aldea podemos ver a los practicantes frente a sus dianas. Muchas veces se compite en equipo y como un evento festivo y social. Son jornadas alegres con comida y bebida, cantos y bailes. Además de guisos de carne de cerdo, de yak, de pollo y de oveja y el queso, es casi obligado comer ema datshi, un plato muy picante con queso y chiles, que bien podríamos llamar el plato nacional. Asimismo las bebidas más populares son de mantequilla de té, el té, el vino de arroz y la cerveza local. Lo que sí está totalmente prohibido en Bután es la venta de tabaco.

Una de las tácticas más joviales para hacer fallar al oponente es tratar de distraer al que va a disparar moviéndose cerca del objetivo o burlándose de su capacidad como tirador.

A pesar de que Bután es uno de los países más aislados y menos desarrollados del mundo, o quizá por ello, las encuestas indican que sus habitantes son más felices que los de los países desarrollados.



Hace unos años, un periodista del Financial Times del Reino Unido reprochaba que el ritmo de desarrollo en Bután era lento, a lo que el rey dijo: "La Felicidad Nacional Bruta es más importante que el Producto Nacional Bruto." De hecho, las últimas investigaciones sociológicas parecen darle la razón. El Premio Nobel Daniel Kahneman, entre otros investigadores, cuestionan la relación entre el nivel de ingresos y la felicidad. En Bután la economía está regida por valores culturales y espirituales budistas. En una encuesta realizada en el año 2005, el 45% de los butaneses aseguraba que era muy feliz, y sólo el 3% dijo no ser feliz, en comparación con Estados Unidos donde sólo el 30% dicen ser muy felices, y el 12% que asegura no serlo. Se estima que el nivel medio de satisfacción de los habitantes Bután está en un 10% por encima del resto de los países en todo el mundo.

Bután es un país eminentemente budista, y la religión está plenamente integrada de la vida cotidiana. La Vajrayana es la religión del estado y la población es mayoritariamente budista, con el hinduismo como segunda religión. Se estima que cerca de tres cuartas partes de la población de Bután practica el budismo Mahayana y una tercera parte son seguidores del hinduismo.

Las dos religiones coexisten pacíficamente y reciben el apoyo del gobierno.

Así, felices de haber visitado el reino budista de los himalayas, el último Sangrilá, nos despedimos de Bután.


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