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Bokar Rimpoché

LA ILUMINACIÓN DEL BUDISMO: entrevista con  Bokar Rimpoché 

por Paco Rabanne

¿Cuál es la acepción budista del término amor?

El amor consiste en desear el bien de los demás seres. Pero en general, mientras no hayamos profundizado mediante la meditación en su verdadero alcance, reservamos este sentimiento para nuestros allegados. Desde luego, no rechazamos el principio del amor universal, admitido por religiones occidentales como el cristianismo, pero nos parece abstracto y más cercano a una idea de la moral que a una experiencia vivida. En ocasiones, incluso podemos encontrarlo paradójico: nada nos induce a amar de forma espontánea a la dependienta que nos atiende en un supermercado, ni a un ladrón, ni a un asesino de niños, ni a un racista, ni a un criminal. Sin embargo, si afirmamos que nuestra humanidad se revela a través de un amor universal, ¿podemos excluirlos?

El principio de humanidad, entendido como aquello que constituye la esencia del ser humano, les es ajeno, ¿verdad?

Sí, del mismo modo que el principio de «mesitud» para describir la naturaleza de una mesa, como ya comentamos. Aunque eso no impide que, por razones distintas de las que esgrimen las religiones occidentales, el budismo lleve muy lejos su exigencia de amor universal.

¿Cómo podemos vencer nuestras reacciones instintivas iniciales hacia los demás? Por ejemplo, la aversión, el cariño irracional o la indiferencia.

La meditación puede ayudarnos a conseguirlo. Durante la meditación sobre el sufrimiento ya intuimos el estrecho parentesco que une a todos los seres vivos enfrentados al dolor.

Ahora, imaginémonos sentados y visualicemos nuestra madre a la derecha, a nuestro padre izquierda, y a todos nuestros familiares y amigos detrás de nosotros. Enfrente están aquellos a los que no queremos, a los que odiamos y que a veces nos han herido; y por todas partes, ocupando tanto espacio como nuestra mirada puede abarcar, el conjunto de los seres vivos. Imaginémonoslos a todos como humanos. En cuanto hayamos intuido su presencia junto a nosotros, estabilicemos nuestro espíritu en ese pensamiento. Pensemos que nos resultaría agradable amar a todas esas personas que tenemos enfrente o alrededor. En la medida que intentan alejarse de su condición de Ser doloroso para encontrar un poco de paz y felicidad, se parecen a nosotros. También ellos son parientes nuestros.

Ahora, suscitemos un sentimiento de en nuestro corazón. Podemos hacerlo por una persona a la que queremos sinceramente y dejando que ese amor invada el conjunto de nuestros pensamientos. Imaginemos a continuación ese sentimiento como una luz y brillante, cuyo resplandor inmaterial inunda nuestro corazón y nuestro espíritu de energía positiva. Perdámonos en una intuición del amor que nos profesamos a nosotros mismos. Asegurémonos de que nos queremos tal como somos, con nuestros defectos y carencias, así con nuestras virtudes y cualidades. Sintamos cómo se extiende la energía positiva desde el interior hasta la epidermis.

Liberemos ahora esa corriente. Dejemos que se expanda sobre los demás, sobre esos miles de millones de seres congregados junto a nosotros. Hagámoslo como si controláramos una irradiación que partiese en círculos concéntricos del lugar en el que nos hallamos, de forma similar a la ondulación producida por un guijarro al ser arrojado al agua. A los primeros que alcanza es a nuestros familiares y amigos. Pensemos sinceramente y con firmeza que queremos que vivan felices y en paz. Prosigamos la meditación dirigiendo la atención hacia nuestros adversarios sentados frente a nosotros. Contemplémoslos como si necesitasen nuestro amor. Consideremos que lo merecen, independientemente de lo que sepamos de ellos. Deseemos que su espíritu se ilumine y que se liberen de sus tensiones, sus contradicciones, sus accesos de cólera y su egoísmo.

Sigamos ampliando el círculo que abarca nuestra energía positiva. Abramos el corazón y contemplemos la marea de nuestro amor, que cubre a todos los seres en todas direcciones. Supongamos que están completamente solos, hambrientos, enfermos, asustados, y que nuestro amor, con una caricia, los libera, les devuelve la paz y anula su sufrimiento. Concentrémonos en esos pensamientos positivos el mayor tiempo posible...

¿Cuál es la finalidad de esa meditación; sentir de verdad un amor universal? 

Para alguien con mucha experiencia en la meditación, sí. Para un principiante la finalidad es aproximarse, mediante la intuición, a la idea de que todos tenemos ese potencial de amor absoluto que nosotros llamamos compasión; comprender que nuestros accesos de cólera, nuestro egoísmo, nuestra impaciencia, nuestro apresuramiento a la hora de rechazar y juzgar a los demás no son sino obstáculos que nos impiden desarrollar esa energía positiva y universal cuyos efectos apaciguadores hemos experimentado mediante la meditación.

¿En qué se diferencia la compasión de la caridad?

La caridad es, ante todo, un fenómeno vinculado a la moral y a la sensibilidad. Ustedes se sienten conmovidos por la miseria de los demás y su sentido ético les exige acudir en su ayuda. Por otro lado la caridad se aplica a situaciones concretas, subjetivas y particulares. No es abstracta.

La compasión, en cambio, no depende en absoluto de la sensibilidad. No consiste en conmoverse por las desgracias propias o ajenas, sino que deriva del sentimiento de pertenecer al mundo en su conjunto. Es, pues, difusa, objetiva y universal.

Lo que usted evoca es un sentimiento frío e inmaterial...

¡Lo que yo evoco ni siquiera es un sentimiento! Para el budismo, la compasión es una noción puramente fáctica. Nosotros consideramos que nuestras vidas anteriores nos han permitido experimentar el sufrimiento de otros seres. Si en la actualidad disfrutamos de unas condiciones de vida más favorables que entonces, no debemos olvidar que el parentesco que nos une a ellos es absolutamente universal, en el dolor de la angustia de la encarnación. Por lo demás, cuando intentamos realizar la verdadera naturaleza de nuestro espíritu y descendemos por él mediante la meditación, comprendemos que todos los seres comparten la misma condición. Somos semejantes a ellos.

¿Se parece la compasión a la simpatía en el sentido en que la entendían los griegos, es decir, "sentir con"?

Exacto. Yo padezco el sufrimiento de los demás. Englobo su sufrimiento en el mío.

¿Qué es lo que origina la compasión?

Preferiría decirle primero qué no lo hace. La verdadera compasión no procede de nuestras reacciones ante acontecimientos externos.

Por ejemplo: las víctimas de una guerra, un niño que muere a causa de una terrible enfermedad sin que nadie pueda ayudarlo, una anciana que grita de dolor bajo una casa derruida de la que resulta imposible sacarla; todos estos seres le inspirarán una oleada de amor, y eso está bien. Porque efectivamente, la compasión auténtica no debe aplicarse sólo a aquellas personas a las que se conoce, sean miembros de la familia, vecinos o amigos, sino también a aquellos seres a los que no se está unido por ningún lazo de naturaleza afectiva.

Pero, si reflexiona un poco, se percatará de que en estos tres ejemplos la televisión y las fotos de los periódicos le han acercado enormemente, en cuestión de instantes, al niño, al anciano o a las víctimas del conflicto. Es como si de repente se hubieran convertido en íntimos allegados de usted. ¿Y qué ocurre con esos miles de niños que sufren, con esos innumerables ancianos desamparados, con esas cohortes de personas afectadas por el éxodo y las bombas que no le muestra ninguna foto? Usted no piensa para nada en ellos y se dice: "¡Ni siquiera los conozco!" Eso no es, en definitiva, compasión. 

Si se enterase de que miles de criminales repartidos por todo el mundo sufren un martirio, sin lugar a dudas no se sentiría conmovido. Eso tampoco es compasión, pues se trata de algo que en realidad nos induce a disociar amor universal y juicio moral. La compasión se ejerce sin excepciones, la extensión geográfica que abarca no posee lagunas. Por esta razón el budismo considera que nuestro peor enemigo, aquel que nos detesta y nos hace sufrir más. es también nuestro mejor guía espiritual, ya que nos obliga a ampliar cada vez más la compasión.

¿No bastaría, a falta de otra cosa, con que fingiéramos amar a nuestros enemigos y adversarios para que el mundo fuese mejor?

Sí, desde luego, pero ¿qué beneficio espiritual personal obtendría uno? ¿Habría avanzado su espíritu hacia la comprensión? Es evidente que no. El amor debe ser sincero, activo y, lo añado para que no se interprete mal, desinteresado. "Fingir" o simplemente permanecer indiferente no es compasión.

Así, pues, compasión es acción, no reacción. Una reacción nos atrinchera en la constatación de las desgracias ajenas y, una vez realizada esta constatación, en el llanto, en la indignación provisional y por último, tras haber dado una limosna cuando ello es posible, en lo que ustedes llaman "buena conciencia". Una acción nos conduce a una vigilancia permanente y al deseo de que disminuyan los sufrimientos de todos los seres.

Y ahora vuelvo al punto de partida: el origen de la compasión es nuestra capacidad para ver a los demás como a nosotros mismos.

Eso coincide con el principal concepto judeo-cristiano: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo".

No exactamente. En primer lugar, la compasión budista no establece una relación entre el amor que se siente por uno mismo y el que se ofrece a los demás. Basta con recordar nuestras palabras relativas a la vacuidad de la "Persona", del "Yo" y, por lo tanto, del "Sí mismo". La compasión es un amor sin puntos de referencia ni de comparación; no dispone de un instrumento patrón.

En segundo lugar, la compasión no se basa en la idea de que hay que amar al otro porque, al igual que nosotros, es semejante a un dios creador que lo ha hecho a su imagen. En la caridad cristiana, por lo que tengo entendido, la parte de Dios presente en cada persona es lo que se supone que uno debe amar del otro. En el budismo no hay nada similar.

Desde el momento en que la compasión supone simpatía, es decir, el hecho de "sentir juntos", ¿puede estar presente en el amor de los enamorados?

El amor al que usted se refiere, al igual que el deseo sexual, quiere algo que poseer. Pone de relieve ataduras de las que la meditación nos libera. Una vez adquirida la posesión, el deseo se extingue. No hay nada más ilusorio ni más fugaz. La compasión no es del mismo orden.

¿Y la idea de compartir? Me refiero a compartir de verdad, no a las limosnas o donativos.

Desde el momento en que la compasión proporciona alegría a quien la pone en práctica, y que esa alegría procede del otro, ya es una manera de compartir. Sin embargo, en la idea de compartir se introduce la de atadura. No se puede compartir sin que se dé una posesión inicial. Es preciso generalizar ese compartir, llevarlo hasta la donación. Eso es lo que nos enseña la parábola de la balsa. Un día, Buda dijo a sus discípulos:

Monjes, he aquí un hombre que debe atravesar una gran extensión de agua. Detrás de él hay grandes peligros y temores. En la otra orilla, la paz y la seguridad. No hay puente ni embarcación que permita pasar de un lado al otro. Con este fin, el hombre construye una balsa y realiza su viaje sin obstáculos. Llegado a su destino, piensa: «Esta balsa ha sido muy útil y podrá serlo de nuevo ¿No debería cargársela al hombro y llevársela? ¿Qué opináis vosotros, monjes? ¿Qué debe hacer ese hombre con la balsa? ¿Llevársela? No. Debe dejar la balsa en el agua. La balsa no está hecha para ser poseída, sino para atravesar.

Lo primero que debemos compartir es el dharma, es decir, en este caso, la Enseñanza.

¿No es la compasión lo que queda cuando fracasa la meditación? ¿Cómo puede obrar, por ejemplo, en disminuidos mentales que sufren, pero a los que no se puede hacer comprender el alcance de la meditación budista?

Nosotros creemos que desarrollando un actitud de amor y de compasión hacia todos le seres se crea una energía que puede englobar su dolor. Deseamos que su sufrimiento sea atraído por el nuestro y quede adherido a él. Pensamos que, de este modo, se puede producir un intercambio  de energía que arranque a su dolor una parte de su necesidad y de su realidad ilusoria. Asimismo creemos que podemos ofrecer nuestra dicha a los demás como en un intercambio

A este respecto, existe una forma de meditación que llamamos «donar y hacerse cargo».

Si quiere practicarla, visualice, al tiempo que respira lentamente, una luz negra. Dígase que esa luz contiene los sufrimientos, las desdichas los miedos de todos los demás seres. Piense que va a absorber toda esa negrura inspirando y que, con su consentimiento, su inhalación cargará con un terrible peso de angustia. Inspire. Piense ahora que ese peso penetra en usted, fluye y s disuelve. Note cómo la inhalación disemina por su cuerpo la luz negra hasta que ésta desaparece

A continuación visualice una luz blanca portadora de los méritos, la dicha y los elemento positivos de su espíritu. Dígase que, exhalándola, va a extenderla sobre los demás del mismo modo en que se forma una nube que descarga lluvia y empapa un mundo sediento. Piense que entonces todos los seres se vuelven hacia el cielo para recibir mejor la felicidad que su respiración les ha ofrecido...

¿No esperan ustedes nada a cambio de la compasión que ofrecen?

No, pero la mejor prueba de la universalidad de la compasión y de su efecto retrocesivo es que la que yo siento por los demás me beneficia a mí.

Por lo que me ha explicado, entiendo que la compasión es uno de los pilares del budismo. Sin embargo, Alexandra David O'Neel, una de las primeras occidentales que comprendió la cultura budista «del interior afirma que en ocasiones se han derivado de ella exageraciones absurdas. También dice que la noción de compasión impregna la cultura de los pueblos indio y tibetano hasta tal punto que a veces falsea su sentido moral. Para apoyar sus afirmaciones, cuenta esta historia:

«Un Joven príncipe llamado Vesantara había hecho votos de practicar la compasión absoluta donando todo aquello que pudiera hacer que disminuyese el sufrimiento de los demás. Como era regente del reino de su padre, vació las arcas y regaló a un príncipe enemigo los elefantes de batalla de su ejército. El adversario atacó entonces el país del héroe excesivamente generoso, lo saqueó y aniquiló a sus habitantes.»

Y Alexandra Davi O'Neel precisa: «Cuando nos enteramos de que a ese desdichado santo se le castiga por sus actos con el destierro, aplaudimos la justa sentencia. Pero no reaccionan igual los oyentes asiáticos de esta historia, para quienes el príncipe es una víctima conmovedora y admirable.

La historia no acaba aquí. El principe Vesantara es exiliado y se encuentra en el bosque con su mujer y sus dos hijos. Un anciano monje pasa por allí.  No le quedan fuerzas, ya no puede subvenir a sus propias necesidades; le harían falta dos esclavos. Dichoso por la posibilidad de hacer un sacrificio tan hermoso, el príncipe le ofrece a sus propios hijos. Más tarde, en circunstancias similares, donará a su mujer. Por último, a un ciego que reclama unos ojos, le hará ofrenda de los suyos.

Alexandra David O'Neel prosigue: «En varias ocasiones he intentado en vano demostrar el carácter inmoral de esta historia a orientales que alimentaban de ella su extraña piedad. El budismo adopta así un aspecto inesperado. Si Vesantara y sus semejantes antes practican la donación, es con la esperanza de que esa disciplina los lleve a convertirse en budas capaces de mostrar a los seres la vía que conduce a la liberación.»

El único interés que presenta esa historia es el de demostrar que concedemos a la compasión tal importancia que a lo largo de los siglos han surgido en torno a ella leyendas que ilustran comportamientos absurdos. ¡Evidentemente, la verdadera compasión no se puede practicar para con unos mediante el sufrimiento infligido deliberadamente a otros!

En ese caso, tal vez prefiera este otro relato dedicado a la limosna y citado por la misma autora. En esta ocasión se trata de una liebre. Hay luna llena, o sea, que es una fecha piadosa en la tradición popular budista. Según nos explica Alexandra David O'Neel, la liebre se dice: «En un día como hoy es conveniente dar limosna, pero, si alguien se presenta ante mí, ¿qué podré darle? No tengo ni habas, ni arroz, ni mantequilla, pues sólo como hierba; no se puede dar hierba. Pero sé lo que haré: ¡me daré a mí misma como limosna!»

Un dios quiere poner a prueba a la liebre y envía a un brahmán. El animal le dice: «Haces bien, oh brahmán, en venir a pedirme alimento. Yo te ofreceré algo que jamás ha sido ofrecido. Tú llevas una vida pura y no querrías hacer daño a un ser vivo; pero recoge leña y enciende una gran fogata, pues quiero asarme yo misma para que puedas comerme.»

El brahmán acepta la proposición. Prepara una gran fogata y se sienta. «Dando un salto, la liebre se coloca en medio de las llamas. Pelo y piel, carne y nervios, huesos y corazón, su cuerpo entero, todo lo había dado», concluye el relato.

Siguiendo con las historias, deje que le cuente yo una, también legendaria, pero que a mi entender refleja mejor las cualidades de quien se entrega a la compasión.

Un día, en un país arruinado, nació un rey llamado Fuerza de Amor, que no era otro que el futuro Buda en una de sus existencias anteriores. Su poder de compasión era tan extraordinario que eliminó de golpe todos los problemas del reino. Cinco espíritus demoníacos fueron a ver a Fuerza de Amor para quejarse. «Estamos condenados a alimentarnos de carne y sangre, y el poder de vuestra compasión ha abolido todo lo que es dolor para los seres. Perecemos lentamente y no tardaremos en morir. ¿Por qué vuestra compasión no engloba nuestro sufrimiento?», expusieron en esencia. Entonces el rey se abrió las venas y les ofreció su propia sangre para que se la bebieran. «A fin de que vuestra sed sea hoy saciada, os doy mi sangre; pero cuando haya alcanzado el Despertar, sed los primeros a los que pueda colmar ofreciéndoles la savia del dharma», les dijo. Mucho más adelante, los cinco espíritus demoníacos se convirtieron en los cinco compañeros de Buda y fueron los primeros en alcanzar el estado de arhant, que determina la santidad. Quien accede a semejante espíritu de amor, ese espíritu que neutraliza el mal y conduce a las cualidades de nobleza y belleza más elevadas, goza de lo que yo llamo un "corazón bueno". Ese corazón bueno es lo que suscita en él cuatro virtudes: el deseo de la felicidad de todos, el deseo de ver desaparecer el sufrimiento de todos, la alegría de considerar estas posibilidades, la voluntad de ser el amigo universal.

Si le parece bien, volvamos de nuevo a la cuestión de la alegría y la dicha que proporciona la compasión.

Quien realiza lo que le dicta su corazón bueno no recibe en su vida presente otra retribución que la alegría. Por supuesto, desde el punto de vista del karma, haciendo el bien mejora las perspectivas de sus vidas futuras; pero no existe una compensación inmediata. Por eso la compensación adopta un aspecto moral tan elevado. Sólo puede ser absolutamente desinteresada. Usted me pregunta por qué produce alegría. Nadie lo sabe realmente. Tal vez nos conduzca a un punto de nuestro itinerario desde el que podemos presentir la realización del espíritu. De cualquier forma, la compasión es sin duda la mejor fuente de alegría que se pueda encontrar, y es enorme.

Hay una idea muy extendida en Occidente según la cual en nosotros reside una agresividad fundamental que forma parte de nuestro equilibrio. Basándose en ella, algunos empresarios ven a sus competidores como enemigos: algunos altos ejecutivos se sienten impulsados a considerarse "criminales"; algunos deportistas explican que para ganar es preciso "sentir odio".

La agresividad habita en nosotros al igual que en el animal privado de cualquier posibilidad de escapar a la ignorancia. No se puede negar este hecho. Pero lo que resulta desolador es el culto que se profesa en Occidente a esa agresividad. Seguramente ustedes suponen que dicho culto es necesario para sentirse más fuertes. Sin embargo verse reducido a semejantes recursos extremos me parece una dramática confesión de debilidad y desconcierto.

Que la agresividad es algo natural, nadie lo discute. Incluso resulta fácil admitir que nuestro potencial de odio y arrogancia es enorme. No perdamos tiempo comentando esos experimentos que consisten en encerrar a una cantidad desmesurada de ratas en una jaula para demostrar que se devorarán unas a otras. El vicio del discurso consiste en deducir de todo ello la idea de que lo que es natural es bueno. El odio, la ira (de la que ya hemos hablado), el deseo de matar, los instintos más bajos, ¿se supone que son buenos porque son naturales? Ahí se ven perfectamente los límites de ese debate absurdo. Esas cosas hay que combatirlas desde el interior precisamente porque son naturales. Sumérjase en su interior y explore su espíritu como si fuese una fosa submarina: durante el descenso encontrará agresividad; pero más allá lo que encontrará es paz.

Esta búsqueda es tanto más indispensable cuanto que la agresividad, el odio y la arrogancia son sufrimientos que nos infligimos y que hacemos padecer a quienes nos rodean. La agresividad nos excita, nos hace perder la atención que debemos a nuestros allegados; nos tortura, nos impide dormir, nos pone enfermos. Los demás lo perciben de manera que los hace estar a su vez incómodos, alterados. Así se abre camino mediante rebotes sucesivos. En cambio, un ser compasivo extiende a su alrededor, como una irradiación, los efectos de su corazón bueno. Los demás perciben lo positivo que hay en su energía y pueden a su vez abrirse a nosotros en un clima de confianza y bienestar.

Es muy importante comprender el carácter "contaminante" de estos fenómenos.

¿Ningún budista ha matado nunca, o se ha mostrado agresivo o cruel?

Claro que sí. Lo contrario es lo que me parecería poco probable. Eso no demuestra ni significa nada, excepto que se puede ir al encuentro de lo que uno halla en su espíritu. Nuestra compasión debe extenderse también a los budistas asesinos, pues su sufrimiento es inmenso.

Otra cosa que se dice es que el sufrimiento constituye un potente motor para la creación artística. Muchos de nuestros grandes músicos eran neuróticos e incluso psicóticos. Beethoven estaba sordo y se sumía en la desesperación. Los colores y las formas de un pintor como Francis Bacon estallan en la tela como gritos de dolor. Algunos escritores han creado obras maestras relatando sus enfermedades.

Quizás lo sea. Una de las particularidades del sufrimiento es que, si no se lucha contra él, invade el espíritu. Pero eso no quiere decir que el arte no pueda descubrir también su propia sustancia en otro material, esencial y más duradero, que es la alegría.

Fuente: La iluminación del budismo. B, S.A. Barcelona Barcelona, 1998.


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