revista dharma
 

Marc Boillat



Debido a los innumerables contextos en los que se emplea, el término ‘flexibilidad’ asume diferentes acepciones. La imagen básica que este concepto evoca es la de algo que cede, que se adapta a las varias presiones que puede encontrar en su camino. A menudo, en la cultura materialista este concepto de maleabilidad resulta mal interpretado, acabando por asumir una acepción negativa equivalente a falta de asertividad, de carácter, etcétera. Esto es aún más así cuando se trata de relaciones interpersonales o de negocios, contextos estos en los que prima la capacidad de consecución, normalmente ligada a una aptitud de mando.

Todos estos conceptos (flexibilidad, maleabilidad, suavidad, asertividad) se emplean corrientemente de una manera bastante inexacta, lo que conduce a creencias falaces acerca de valores tales como la paciencia o la ecuanimidad, cardinales por lo contrario en el budismo o en el taoísmo.

Flexibilidad
La importancia de una actitud flexible ante la vida estriba en que representa el pasillo de entrada a la comprensión de las leyes de la vida, lo que exige saber contemplar los hechos con mente tranquila.

La mayoría de nosotros tratamos constantemente de forzar los sucesos, e incluso a los demás, para que nuestra existencia sea como queremos (o como nos han enseñado que deberíamos querer que fuera).

Esta manera de ver la vida y las interacciones con el mundo es necesariamente rígida, puesto que está supeditada a la consecución de objetivos, generalmente avalados como correctos. Por ejemplo, la riqueza material es algo universalmente considerado como positivo y deseable, por lo que dicha meta acaba por representar una prioridad indiscutible. Ahora bien, en ocasiones aunque esa meta sea alcanzada, continúa siendo un sueño durante toda la vida. Vivir rígidamente anclados a ese sueño –se actúe para coronarlo o no– no puede más que ser fuente de dolor.

A este ejemplo de idea fija se podrían añadir muchos otros (el poder, la popularidad y la fama, la fuerza, la belleza), los cuales nos proporcionarían básicamente el patrón de actuación en el cual la mayoría de las personas se mueve. Esto supone un voto de rigidez.

A la rigidez se conecta el deseo de certeza. Quizás ese deseo de seguridad contribuya a la retroalimentación del binomio rigidez-certeza.

En el universo todo cambia y nada es permanente. Por consiguiente, es imposible y grotesco tratar de hallar algo inmutable, capaz de conferir certeza, en el mundo flotante de lo material.

Desdichadamente, en muchísimos casos eso es lo que la sociedad, las familias y las instituciones o la cultura nos enseñan desde pequeños, por lo que no debe extrañar el hecho de que vivamos de ese modo y que hasta lo consideremos normal. Así pues, nacen las reglas, que cuanto más rígidas más parecen abastecer esa tan pretendida certeza. Cuando la gente escucha la palabra de Buda, invariablemente cae en el mismo cliché y pregunta cómo se pueda vivir sin deseos y sin ‘ilusiones’ (ilusiones, nunca mejor dicho).

La flexibilidad, elemento complementario de la rigidez, se sitúa en el extremo opuesto de este panorama existencial responsable de muchos síndromes, sufrimientos y disturbios emotivos. Conocemos la flexibilidad porque existe la rigidez, pero el problema estriba en que el universo de la rigidez no permite –por su propia naturaleza– contemplar la existencia desde un prisma que no sea el suyo. De lo contrario, no sería rigidez. Por lo tanto la persona mentalmente rígida no imagina que podría vivir de otra manera, y acaba por poner la cualidad de la flexibilidad bajo sospecha.

Equilibrio
La flexibilidad mental es lo que nos permite mantenernos en el camino del medio. Mantenerse en el centro supone saber estar en ‘equilibrio’. ¿Se puede hallar, de una vez por todas, un equilibrio válido para todo y para siempre? La respuesta es sin duda negativa. No es posible conseguir ningún equilibrio perenne, ya que esto contradiría la noción misma de equilibrio, correlativa de la de ‘impermanencia’.

Todo cambia y nada es fijo. Así que para poder mantenernos en el centro hemos de variar constantemente nuestro centro particular, para amoldarnos a los cambios. La equivocación en la que caen muchas personas es creer que el equilibrio se refiere a cada situación nueva resultante de un cambio. Esto es causa de fuertes decepciones al ver que, no obstante tratar de equilibrarse y amoldarse a lo nuevo, no logran mantener el centro. La trampa está en que las variaciones del centro, y por ende del equilibrio, no conciernen solamente a las nuevas situaciones, sino a todo el imperceptible proceso de cambio, el cual exige ser constantemente re-equilibrado a fin de poder llegar al equilibrio en la nueva situación.

Atención constante
¿Qué quiere decir todo esto? Que un factor crucial en el proceder radica en la ‘atención constante’. Hemos de prestar atención a todo lo que sucede para poder ver con precisión y ecuanimidad dónde estamos situados y actuar correctamente.

Así pues, los factores relevantes son: flexibilidad, equilibrio y atención constante.



Un último residuo de la rigidez con el que hay que pasar cuentas es su corolario, el ‘apego’. Una persona fuertemente apegada a algo es rígida, así como una marcadamente rígida es fácil que se apegue a todo lo que le agrada.

Ser flexible supone haber elegido el equilibrio y renegado de la rigidez y del apego que ella conlleva. Desapegarse de nuestras supuestas certezas, pautas acostumbradas y paradigmas no es fácil, pero Buda nos demostró que se puede hacer y nos dejó el método para hacerlo. Así que para poderse amoldar a lo cambiante es necesario dejar, abandonar, desapegarse. En otras palabras, supone dejar fluir las cosas, ser flexibles.

Las reglas que tratan de poner orden en el mundo son necesarias, en efecto, pero debido a que no existe la suficiente comprensión por parte de los destinatarios-creadores de dichas normas. Constituyen, tal vez, un mal menor.

Para transponer nuestro discurso a lo que nos ocupa –la educación de los pequeños, los ciudadanos de mañana– creo que una toma de conciencia en este frente sería auspiciosa a fin de interrumpir (o suavizar) la cadena de creación de futuras personas rígidas, infelices creadoras/seguidoras de reglas fijas, cuya paradójica y utópica función sería la de proporcionar certeza.

La idea de este artículo nació de la observación de varios conocidos que tienen niños pequeños, y de mi propia hija.

La mayoría de los niños simplemente replica lo que sus padres hicieron con ellos. No se cuestionan dónde esté ese centro del que hemos hablado, simplemente actúan de manera mecánica. Repiten las mismas frases, las mismas incoherencias. Aunque lo que les enseñaron sus padres puede haber sido correcto en ‘sus propias’ circunstancias, no sospechan que dichas circunstancias podrían haber –y normalmente han– cambiado en el caso de sus hijos. Se impone, pues, el paradigma cultural aceptado. Esto resulta evidente en las diferentes expectativas que los padres nutren hacia niños o niñas, expectativas que son percibidas claramente por los pequeños, los cuales van gradualmente amoldándose a una imagen fija de sí mismos, proporcionada por sus propios entornos.

En otros casos la rigidez mana de las expectativas de estatus. Por ejemplo, niños pequeños sometidos a incontables reglas de comportamiento que deberían garantizar la interiorización de las exitosas normas de etiqueta que el entorno les exigirá, por lo general reglas inadecuadas a la edad y comprensión de los pequeños. Es obvio que estas constricciones manan de los ideales de sus padres, quienes otorgan un valor desmedido a cosas ilusorias tales como la opinión ajena, el estatus, la apariencia, además de las tendencias del momento.

Otro de los asuntos que actualmente parece tener importancia trascendental es conseguir que los niños duerman solos en sus camas. Muchos padres pueden soportar los llantos desesperados del pequeño con la convicción de que este ‘sufrimiento’ es para el bien de sus hijos/hijas, aunque se podría sospechar que la inconfesada utilidad sea de los padres, quienes, al tener que trabajar los dos, necesitan poder descansar.

No estoy defendiendo ni una actitud ni la opuesta, sino que quisiera llamar la atención sobre la falta de equilibrio que entrañan los patrones predeterminados.

La práctica de ignorar los llantos del niño (aunque se aconseja reasegurarle asiduamente acerca de la presencia de los padres), se funda en la afirmación de que el pequeño crecerá más independiente, en lugar de permanecer apegado a los cariños de sus progenitores.

Me parece que esta teoría confunde ‘independencia’ con ‘retraimiento’, y que desplaza las necesidades de los padres sobre los hijos.

Un niño es por definición dependiente. Su proceso de educación-emancipación es paulatino y lento, supeditado en gran medida al amor y a la seguridad que percibe en su entorno significativo. En un gato, este proceso se desarrolla en pocos meses; en un ser humano hacen falta muchos años antes de que germine cierta independencia psico-física. Es verdad que con el tiempo y la insistencia el niño dejará de sollozar y aceptará ir a dormir solo. Pero me pregunto: ¿es su aceptación fruto de la comprensión y, por ende, del desarrollo de una pauta independiente, o no será más que mera resignación?

Los niños muy pequeños no comprenden la finalidad de una regla. Esa comprensión debe ser ayudada coherentemente con la epigénesis* del pequeño. Así que es verosímil pensar que el niño acepta una regla (innecesaria) simplemente a raíz de una táctica adaptativa, por impotencia, lo que en muchos casos conduce a un retraimiento. Si el niño en cuestión padeció una fuerte decepción (innecesaria) a la que respondió con un retraimiento emotivo, lo dirá el tiempo, tal vez cuando como adulto desarrolle un apego neurótico a ‘lo suyo’, ya sea personas, posesiones o ideas, que le proporcionen la seguridad que instintivamente siente que le faltó.

Este ejemplo, junto con el de otras reglas fijas, tales como impedir que un niño desarrolle naturalmente la habilidad de comer con tenedor a través de intentos y errores y por natural imitación de sus padres, no son más que imposiciones que evidencian cuán faltos estamos los adultos de flexibilidad y equilibrio.

Ciertamente, no se aboga aquí por dejar que los pequeños se desarrollen sin rumbo sobre la base de caprichos egoístas. Pero, en el interior de unos límites serenamente definidos, debe haber flexibilidad. Una flexibilidad que mana de la observación serena y de la escucha interior, lo que vuelve posible equilibrar nuestros mundos internos. Debemos observar a nuestros pequeños, escuchar lo que a su manera nos están diciendo, y saber distinguir las necesidades de los antojos. El hecho de que en ocasiones se le permita dormir con nosotros seguramente no perjudicará su futuro, todo lo contrario. Apegarse a una regla supuestamente buena porque sí, es no saber discernir lo necesario de lo innecesario.

Lo necesario es despertar la ‘sensibilidad’, que, como dijo alguien, es un índice de inteligencia. La sensibilidad es yin, la expresión es yang. En la mayoría de los casos vemos a madres-yin y a padres-yang actuar su papel predeterminado. El equilibrio no consiste en ahogar nuestra otra parte complementaria natural a favor de una imagen fija, sino permitir que brote la totalidad de lo que somos: yin-yang. La inteligencia que nace de la sensibilidad nos permitirá ver la acción correcta, tanto en lo que se refiere a nuestro propio camino evolutivo (como padres, parejas o personas), así como en lo que concierne a las necesidades de quienes dependen de nosotros.

Este cambio nos hará asumir nuestras responsabilidades consciente y tranquilamente, puesto que criar a nuestros pequeños no es solo un deber, sino también un inmenso goce.

NOTAS:
* Los rasgos que caracterizan a un ser vivo se configuran en el curso del desarrollo según etapas determinadas.

SOBRE EL AUTOR
Marc Boillat de Corgemont Sartorio se acercó al budismo a través de la práctica del chi kung, el yoga y el tai chi chuan, artes de las que es profesor.
Su primer contacto con el budismo fue en 1987, a través del zen rinzai y de retiros y sesshin con el maestro Taino.
En los años siguientes siguió practicando en Escocia, iniciándose también en el budismo theravada en el monasterio inglés de Chithurst de la línea de Achaan Cha.
Actualmente reside en Barcelona y es vicepresidente de la asociación budista china BLIA, en la que ejerce como instructor en el budismo ch’an.
Es autor de varios libros, entre ellos: “El Corcho en el Huracán” (Introducción a la meditación de la Visión Interior), “Las Enseñanzas de un Guerrero” (vol. 1 y 2, a partir de la obra “Musashi”, de Eiji Yoshikawa, acerca del zen en la vida cotidiana) y “Karma. El Destino y la Persona Libre”.
Jurista y periodista de profesión, es doctorado en antropología criminal psicoanalítica.

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