revista dharma
 

Por Joaquín García Weil

Viajo casi cada año a India porque me gusta pasear por el país y sobre todo para aprender más yoga de Swami Rudra Dev, en Rishikesh. Conocí a Jorge en una Sesshin (jornadas de meditación intensiva) en el templo Zen de Morón (La Morejona), en Sevilla. Tiempo después coincidimos, sin haberlo previsto, en un restaurante de Benarés. El encuentro resultó matemáticamente improbable, aunque no extraño. Jorge pasa parte del año recorriendo el subcontinente por motivos de trabajo y por motivación interior. Aúna de modo envidiable sus ocupaciones en el campo de las antigüedades y el arte indio con sus gustos personales. Tenemos al menos tres intereses comunes: la meditación, India y los libros, sobre todo los que tratan sobre aquellos asuntos, de modo que no nos falta tema de conversación. Año tras año hemos ido estableciendo la tradición de encontrarnos aunque sea brevemente a mi llegada al país.

En nuestro encuentro de este año, mientras almorzábamos en Delhi me contó Jorge la siguiente historia:

Había un anciano masajista ayurvédico en Benarés que daba masajes en un pequeño kiosko junto a las orillas del Ganges. Yo mismo tuve la oportunidad de que me diera un masaje magnífico; a mi parecer, el mejor que haya recibido. Era extremadamente delgado, parecía casi el Buda de la escultura aquella que lo retrata en sus años de ayuno, cuando apenas era algo más que un esqueleto. Sin embargo el masaje resultaba extrañamente enérgico. Entre tanto, uno escuchaba el murmullo del río y las interminables y altisonantes discusiones de los barqueros gangeáticos, que por allí tenían su pantalán de botes.

Me contó también que el anciano luego murió en una absurda caída en las escalinatas que conducían desde su kiosko al río. Muchos indios sueñan con ir al Ganges a morir, sueño que este anciano masajista cumplió en tan raro modo.

También me dijo Jorge que un año antes, después de un masaje tan reparador como de costumbre, le había preguntado cómo le encontraba de salud. El anciano le respondió que bien, solo que iba a padecer ‘tal’ dolencia, pero que los cirujanos de nuestro país se lo iban a resolver sin problemas. Como puede comprenderse, Jorge se quedó sorprendido, sobre todo por el tono despreocupado con que el anciano le comentó el asunto. Y se quedó más sorprendido aún cuando el diagnóstico o el vaticinio se reveló como cierto, así como la cura anunciada, afortunadamente. Y no es que el anciano masajista fuera capaz de predecir el futuro sino que más bien, por prodigioso que pueda parecer, era capaz de leer los cuerpos o la energía emanada de los cuerpos.

Hoy en día hay hasta libros sobre esta habilidad, como los de Caroline Myss. Y personalmente cuento con Mercedes, la masajista de shiatsu que atiende a toda la familia, cuyos diagnósticos son asombrosamente certeros. Todos estos casos parecen desafiar la lógica habitual, si bien es verdad que la lógica habitual es tan roma que cualquier cosa la desafía, sin ir más lejos los diagnósticos de los médicos tradicionales tibetanos y ayurvédicos. Los occidentales se quedan pasmados cuando nada más aparecer por la puerta de la consulta, estos prácticos son capaces de hacerles a simple vista una revisión bastante completa de su estado de salud.

Y no es que sean diestros en este arte sutil de leer las emanaciones energéticas de los cuerpos, sino que son capaces de leer signos físicos perfectamente catalogables, y que hasta un lego es capaz luego de identificar si se le explican; signos como, por ejemplo, los que recoge Svoboda en sus libros.

En realidad, los expertos en Ayurveda son capaces de apreciar por el aspecto físico y la manera de hablar o moverse incluso tendencias de hábitos o de carácter. Pero eso es otra historia. Svoboda habla también de ello en sus libros *.

Esto me recuerda los cuentos sufíes donde las aparentes videncias son explicadas luego en términos simplemente racionales, como lectura detectivesca de indicios
Además de la lectura intuitiva de energías y la visual de signos existe la ‘lectura táctil’, que es algo así como un braille de las condiciones actuales del cuerpo.

En efecto, los buenos masajistas ayurvédicos, así como los de shiatsu, reconocen en los puntos y líneas energéticas del cuerpo la salud de los órganos internos. A estas líneas se las conoce en la cultura tradicional india como ‘nadis’, y a los puntos energéticos como ‘marmas’. Para descartar la existencia de tales centros y canales se ha aducido que la anatomía o la autopsia no los detecta, pero lo verdaderamente milagroso sería que los detectara, pues se trata de energía vital, cosa de lo que un cadáver usualmente carece. Para establecer una comparación, encontrar nadis o marmas en una anatomía o autopsia sería algo así como encontrar electricidad destripando un cable conductor separado de su fuente de alimentación. Por su parte, para atestiguar su existencia, hay importantes argumentos empíricos. Por ejemplo, ¿por qué en los ataques cardíacos duele el brazo izquierdo? Justo duele todo el meridiano cordial que recorre ese brazo hasta el dedo ‘corazón’ precisamente. Igual ocurre con los otros órganos y meridianos. El masajista ayurvédico y el de shiatsu detectan de manera táctil los problemas que puedan manifestarse en esos puntos y líneas exteriores al órgano afectado. Al ser presionados ligeramente el paciente experimenta dolor en zonas que no han recibido golpes ni han realizado movimientos intensos o bruscos. De modo significativo, es masajeando sabiamente esos centros y canales energéticos doloridos como se facilita la curación progresiva del paciente.

Caroline Myss establece en sus libros la ecuación de que la biografía se plasma en la biología. De ahí que los sanadores intuitivos sean capaces de ‘leer’ las vidas de los pacientes en sus cuerpos, tanto el pasado como las tendencias de futuro. Le falta a esta autora llegar a la ecuación que sin duda circula en el otro sentido: la acción física puede plasmarse en la biografía. Con esta posibilidad es en gran medida con lo que trabaja algún tipo de meditación, como la vipassana, y también el yoga. El meditador de vipassana examina los ‘samkaras’ o manifestaciones del inconsciente que se ‘almacenan’ en las sensaciones de su cuerpo. Los maestros de yoga son capaces de leer en la posición física de sus alumnos deficiencias estructurales que están asociadas al bienestar del cuerpo, o a la sensación de bienestar de la mente respecto al cuerpo. Por extraño que pueda parecer, el profesor de yoga experimentado puede conocer desde fuera, en algún sentido, aspectos físicos del alumno que este, desde dentro, de momento desconoce. Y puede proponer soluciones mediante la práctica de ejercicios que mejoren no solo sus condiciones físicas, sino también su sensación de bienestar. Durante este proceso puede producirse una manifestación en la conciencia o conocimiento. En este sentido el cuerpo es ‘el inconsciente’ de cada persona. O dicho de otro modo, el inconsciente se almacena en el cuerpo.

También, por su parte, el maestro de meditación (sobre todo los de zazén), pueden leer en la postura meditativa de sus discípulos el estado actual de su mente. La posición de la barbilla, las manos o la espalda, sus movimientos, por pequeños que sean, en ocasiones dicen más de la evolución de la mente del meditador que cualquier relato introspectivo que este haga. A un nivel práctico, en cierto modo, los maestros de meditación zen pueden ajustar la mente de sus discípulos corrigiendo la posición que adopta su cuerpo durante las meditaciones.

Volviendo al asunto de los diagnósticos ayurvédicos, en ocasiones el misterio reside más en la manera de expresar los fenómenos que en estos mismos. Es como cuando se habla del prana, del fuego, de los aires sutiles, etc. para referirse tal vez a la energía, el metabolismo y la capacidad de movimiento, respectivamente, entre otros muchos conceptos.

A Ricardo lo conocí en el Yoga Study Center de Rishikesh. Este herrero y carpintero portugués está casi siempre en India aprendiendo y practicando yoga y meditación vipassana. Allí vive de modo muy austero con solo dos o tres euros al día. Cuando se le acaba el dinero vuelve a Europa a ejercer sus antiguos y venerables oficios, con los que reúne dinero suficiente para regresar de nuevo a India. Es un políglota creciente, pues a los cuatro o cinco idiomas modernos que domina está ahora añadiendo la antigua lengua de los textos budistas: el pali.

Ricardo se encontraba particularmente débil y vulnerable ante las enfermedades tras un largo y estricto retiro de meditación, y acudió a la matriarca de una conocida dinastía de masajistas de Rishikesh. Tras un masaje ayurvédico, esta determinó que sus trastornos provenían de “tener el ombligo fuera de su sitio”. Dicho así la cosa parecía relacionada con una cirugía estética o una liposucción poco afortunada. Quizá si la anciana se hubiera expresado en su lengua vernácula en vez de en su rudimentario inglés habría hablado de “fuego” o de “manipura”, y si lo hubiéramos dicho en nuestro lenguaje habríamos mencionado trastornos o deficiencias gástricas o metabólicas. Tras algunos masajes, la práctica del yoga y una dieta enriquecida con abundante fruta y yogurt, Ricardo recuperó rápidamente su vigor acostumbrado.

Otra habilidad de los prácticos ayurvédicos es la de leer o auscultar el pulso de sus pacientes. Tocan con la yema de los dedos las arterias de la muñeca. Y no se trata simplemente de que cuenten las pulsaciones, ni siquiera de que conozcan a través de ellas el estado del corazón o la circulación, sino que por el tacto de las pulsaciones determinan el estado general de la salud de una persona y diagnostican los posibles problemas.

Para terminar este artículo con su pizca de humor, voy a contar una historieta que aparece en uno de los libros de Svoboda, y que trata sobre la destreza en este arte:

Dicen que un rey de la India era tan celoso que, en vez de permitir al médico ayurvédico tocar el pulso de la reina, ataba a la muñeca de esta un cordón y solo le daba a aquél licencia para, tras una cortina, reconocer el pulso sosteniendo el otro extremo del cordón.

Un día el rey, para probar la habilidad del médico, en vez de atar el cordón a la muñeca de la reina, lo ató a la pata de una búfala preñada que tenía en el establo.

–¿Qué tal se encuentra la reina? –preguntó el rey.

–Enhorabuena, majestad –respondió el médico–. La reina está esperando una saludable cría de búfalo.

BIBLIOGRAFÍA:
“Ayurveda: descubrir la propia constitución, vivir según ella y prevenir y curar las enfermedades”, Robert Svoboda, Ed. Kairós.
“Ayurveda para las mujeres: una guía para la vitalidad y la salud”, Robert Svoboda, Ed. Kairós.
“Anatomía del espíritu”, Carolin Miss, Ediciones B.
“El poder invisible en acción”, Carolin Miss, Ediciones B.
“El contrato sagrado”, Carolin Miss, Ediciones B.

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Lectores de cuerpos: medicina ayurveda
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