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La compasión del actor

Isabel Requena
(Foto: Santi Carregui)


A veces, los actores, en el escenario, sea en un teatro o en la plaza de un pueblo, llegamos a pensar con la piel, con las plantas de los pies, con el pulso de la garganta y el batir de las sienes. En esos momentos, para los actores, las acciones de pensar el mundo, de sentirlo y de imaginarlo, no están separadas. Esa forma de entrar en intimidad inmediata con todo es lo que los griegos llamaban áisthësis, la emoción estética. Áisthësis quiere decir aspirar y quedarse sin aliento ante la belleza de la creación. No tiene nada que ver con arte, museos, parques floridos, senos turgentes o apacibles atardeceres. No, el concepto antiguo de belleza es la incitación de las cosas al manifestarnos su alma escondida, de maravilla y pavor. Afrodita sonríe en los guijarros relucientes y en los huesos calcinados, en la herida y en la rosa. Belleza es el alma de todas las cosas: "Psyché tou kosmou". Hace siglos que el griego está de moda.

En esos momentos, en el escenario, los actores percibimos el alma de lo que nos rodea: el cojín sangra, la silla se escapa. Y nosotros mismos, animados y haciendo alma en el escenario. Que es, al fín y al cabo, a lo que Keats decía que hemos venido al mundo: a hacer ánima. A animar.

En esos momentos, en el escenario, los actores pensamos como el león: con la piel, con las plantas de los pies, con el latir de la garganta y el batir de las sienes. Y sentimos como el león: con coraje. Coraje es el valor del corazón del león.

Y es que hace falta valor. Porque a veces, en el escenario, los actores logramos una proeza terrorífica: la compasión. Más allá de métodos y sistemas, la compasión es la yema de nuestro oficio. Compadecer con el personaje, sin juzgarlo, sin querer ser más listo que él; compadecer con los otros actores, sin juzgarlos, sin querer ser más listos que ellos. Mirarlos a los ojos y saber que ellos también están compadeciendo con su personaje y con nosotros. En esos privilegiados momentos, los actores sabemos que el yo, que la gramática llama primera persona del singular, ni es lo primero, ni es personal, ni, mucho menos, es singular.

Hoy, aquí, en este instante, nos bastaría recorrer unas pocas decenas de metros en cualquier dirección para encontrar miseria, violencia, muerte y desolación (ah, sí, claro, también cantaremos los tiempos obscuros). Pero curiosamente, el mal no es exactamente la crueldad, la tortura, la masacre. Eso son sólo los instrumentos de que se vale para asentarse. El mal profundo radica precisamente en aquello que hace funcionar la maquinaria de los estados: la burocracia ciega, el aparato pétreo de eficiencia programada, la uniformidad obligatoria, la obstinada monotonía, el pensamiento secuestrado, la anestesia de los corazones. Y mientras, la belleza empapadita de desodorante y con los dientes y las uñas arrancados, para que no pueda despertarlos. Anestesia es justamente la negación de áisthësis. El corazón anestesiado no puede, ¡ah!, aspirar y quedarse sin aliento ante el rostro del mundo en su infinita variedad. No puede percibir, y por tanto no puede pensar ni imaginar. No siente la herida ni huele la rosa. Insensible al alma del mundo y de las otras criaturas, se atocina de sentimentalismo subjetivista. La cuestión del mal, como la de la fealdad, hace referencia a la anestesia de los corazones. ¿Los dejaremos dormir su digestión carnívora delante del televisor, que nos adiestra en el desprecio?

Una tradición africana cuenta que los cachorros de león nacen muertos, y que hay que rugir para despertarlos.

En nuestro trabajo, los actores solemos utilizar las experiencias de nuestra vida, que es, como la todo el mundo, cosa de risa y llanto. Las atesoramos como bagaje para esa tarea compasiva que es la interpretación. A menudo se dice que los actores se hacen mejores cuanto más viejos, gracias a las lecciones de la vida.

¿No podríamos, tal vez, hacerlo también al revés: transvasar a la vida cotidiana y social lo aprendido en esos escasos y deseados momentos de intimidad con el alma del cosmos que experimentamos en el escenario? Pensar e imaginar con la piel y los pulsos, y valientemente, con nuestro corazón de león, correr el riesgo de compadecer con las otras criaturas.

La experiencia de las cosas concretas requiere coraje, decía Aristóteles.

Sabéis que encender estos focos ha sido un acto de coraje. Claro que, casi que no tenemos más remedio, porque la cobardía anula el acto creador.

Así que a rugir. Rugir en el desierto para despertar de su estupor a los corazones anestesiados.

Con señorío. Nosotros podemos. Como exhortaba don Juan de Mairena a sus alumnos:

"Dicen que somos hijos de Dios. !Un poco de orgullo, niños, que por parte de padre sois alguien!".

Salud a todos.

Salud y gracia, músicos, sastres, arquitectos, pintores de brocha gorda y de pincel fino, técnicos de luz, físicos, utilleros, filósofos, técnicos de sonido, regidores, directores, marionetistas, coreógrafos, prestidigitadores, químicos, maquilladores, maquinistas, espectadores, tramoyistas, poetas, cantantes, artesanos, mecánicos, escultores, informáticos, fotógrafos, bailarines, impresores, carpinteros, atletas, geómetras, acróbatas, escenógrafos, magos, payasos. Salud y gracia, gentes del teatro.

Coraje. Compasión, y, !ale! a hacer alma. A animar.







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